Calaveritas de azúcar

Capítulo 7: La pregunta

Cuando le quitaron la bolsa de la cabeza, Nicolás no vio nada.

Después de la oscuridad de la tela, la luz de un foco desnudo le atravesó los ojos como una aguja. Parpadeó, con lágrimas que no eran de miedo sino de ardor, y poco a poco el cuarto empezó a tomar forma: paredes de block sin repellar, un piso de cemento manchado, una silla de metal a la que lo habían atado por las muñecas y los tobillos. En una esquina, una cubeta. En otra, una mesa plegable con una jarra de agua y una caja de herramientas que él prefirió no mirar.

No había ventanas. Solo una puerta de lámina y un olor a humedad y a tierra mojada.

El hombre del bigote estaba sentado frente a él, en una silla igual, con las piernas cruzadas y las manos sobre la rodilla, como quien espera un camión. Habían pasado, calculó Nicolás, unas dos horas desde el salón. O diez. El tiempo se estiraba en ese cuarto como una tela mojada.

—¿Cómodo? —preguntó el hombre.

—¿Quién eres?

—Aquí me dicen el Licenciado. No se lo pregunte a nadie más, que no le van a contestar. —Sonrió con esa sonrisa ordenada y sin humor—. Voy a ser breve, joven Nicolás, porque soy un hombre práctico y usted es un muchacho con familia. Su abuela tiene algo que nos pertenece. Una lata. Dentro hay unas hojas.

—Son fotos —dijo Nicolás, antes de poder callarse—. De gente desaparecida.

—Son fotos —concedió el Licenciado—. Y atrás de cada una, de su puño y letra, doña Guadalupe anotó cosas. Una fecha. Una hora. Una placa. Un apodo. Nombres de gente que pasó por su bar la misma noche que cada uno de esos muchachos. Treinta y siete expedientes, para ser precisos, y tengo entendido que un día de estos iba a entregarlos a quien no debe.

Nicolás sintió que el estómago se le hundía.

Su abuela, la que fregaba el piso cada madrugada, la que rezaba el rosario con los labios apretados, la que le había dicho aquí no, señora a una madre que lloraba. Su abuela no escondía las fotos por miedo. Las escondía porque estaba armando algo.

Una prueba.

—No sé dónde está —dijo.

—Claro que sabe.

—No sé, yo apenas me enteré anoche…

El primer golpe fue en el estómago. No fue tan fuerte como el de Roge, pero sí más preciso. Nicolás se dobló contra las cuerdas, sin aire, con la visión llena de puntos blancos. Cuando por fin pudo respirar, el Licenciado seguía exactamente igual, con las manos en la rodilla.

—Se lo pregunto otra vez. ¿A dónde la llevó?

La madre Teresa, la del convento de Santa Mónica, y ella sabe qué hacer.

La voz de la abuela le resonó en la cabeza, tan clara que por un instante pensó que la había dicho en voz alta. Apretó los dientes. Apretó los ojos. Y pensó en Miguel, pequeño, con la sudadera en pleno calor, con las mangas estiradas sobre las muñecas.

Prométeme que no te vas a ir.

—No sé —repitió.

El Licenciado suspiró, con cansancio.

—Mire, joven. Yo no soy el peor de los que andan por aquí. Hay otros que no preguntan tanto. Pero ya que es tan terco, le voy a dar una noche para pensarlo. Mañana volvemos a platicar. Y mañana, le advierto, no vengo yo. Viene otro.

Se levantó, se acomodó la camisa y salió por la puerta de lámina sin mirar atrás. La puerta se cerró con un golpe sordo. Nicolás escuchó un candado, pasos que se alejaban, el eco de una voz en el pasillo. Luego, silencio.

Se quedó solo con el foco, la cubeta y la caja de herramientas.

Habría podido llorar, pero no lo hizo. En cambio, empezó a contar. Contó los blocks de la pared, las manchas del techo, los segundos entre una gota y otra de una tubería que goteaba en alguna parte. Se dijo que su abuela había hecho todo eso sola, durante años, sin decirle una palabra, para que sus nietos pudieran dormir. Y que ahora le tocaba a él resistir sin saber por qué.

Pasó un tiempo indefinido. Después se oyó otra vez el candado.

La puerta se abrió con un chirrido. Entró alguien con una bandeja: una botella de agua, un pan duro, un vaso de plástico. No era el Licenciado. Era un hombre más viejo, de hombros caídos, con una gorra de visera y la cara escondida en la sombra.

Dejó la bandeja en la mesa. Se acercó, le acercó la botella a los labios y lo dejó beber.

—Despacio, muchacho —murmuró.

Nicolás se quedó helado.

Conocía esa voz. La había oído mil veces, pero siempre después de la segunda cerveza, desde la misma mesa, mientras alguien levantaba el pulgar sin decir palabra.

—¿Don Chema?

El hombre no contestó. Retiró la botella y bajó todavía más la gorra.

—Yo nomás manejo —susurró, con voz rota—. Perdóname, muchacho. Yo nomás manejo.




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