Calaveritas de azúcar

Capítulo 10: Lo que se queda

Miguel esperó hasta que el reloj de la cocina dio las tres.

La abuela no durmió. Lo supo por la rendija de luz bajo su puerta, por el rumor de las cuentas del rosario, por los pasos que daba de un lado a otro como una sombra con cuerpo. A las dos y media la luz se apagó. A las tres menos diez, Miguel empezó a moverse.

Se vistió en la oscuridad: pantalón, sudadera, los zapatos viejos que no hacían ruido. Bajó la escalera pegado a la pared, aguantando la respiración en cada escalón que crujía. Abajo, el bar estaba hundido en una penumbra roja, iluminada solo por el foco de la virgen.

Y frente a la virgen, sentado en una silla, estaba Iván.

No dormía. Tenía las manos entrelazadas entre las rodillas y los ojos clavados en el vidrio de la imagen, como quien reza sin creer. Cuando escuchó los pasos, levantó la cabeza.

—Miguel.

—No me detengas.

—No voy a detenerte. —Su voz sonaba rasposa—. ¿A dónde vas?

—Tú sabes a dónde.

Iván tragó saliva. En la luz roja, su rostro parecía el de otra persona.

—No sé de qué hablas.

—Sí sabes. —Miguel lo miró directo, con una firmeza que no le correspondía a su edad—. Ulises me lo dijo.

Iván se puso pálido. Se levantó tan rápido que la silla cayó hacia atrás.

—¿Quién es Ulises?

—El que sabe que tú no te escapaste.

Silencio. El foco de la virgen zumbó. Afuera pasó una moto, y la luz de su faro cruzó las ventanas como una cuchilla.

—No sé qué te dijeron —murmuró Iván—, pero si sales a esa calle de noche, no vuelves.

—Entonces ven conmigo.

—Estás loco.

—No estoy loco. Tengo que encontrar a mi hermano antes de que se acaben las dos noches.

Iván cerró los ojos. Por un instante pareció a punto de contarle algo, de soltarlo todo ahí, en medio del bar a oscuras. Pero abrió los ojos y su cara se endureció.

—Yo te llevo —dijo—. Pero no te separes de mí.

La calle de La Luz estaba vacía y sucia de luz naranja. Salieron por la puerta trasera para no cruzar frente a la veladora, que seguía encendida en el escalón con su papel debajo. Miguel evitó mirarla.

Caminaron hacia el norte, entre vecindades dormidas y puestos de tamales cerrados. El aire olía a humedad y a gas. Un perro los siguió una cuadra y se echó a un lado, gimoteando, como si hubiera visto algo que ellos no.

Fue en la esquina de la 12 Oriente cuando Miguel los vio.

Primero fue una. Una mujer de pie en la banqueta, inmóvil, con las manos pegadas a los costados y la cara vuelta hacia él. Llevaba un vestido de flores que alguna vez fue amarillo. No hacía nada. Solo estaba ahí, y su sola presencia hacía que la luz del poste se pusiera más fría.

Luego, al fondo de la calle, otro. Un hombre joven con uniforme de repartidor. Luego una pareja de ancianos tomados de la mano. Luego un niño con una mochila escolar. Estaban a intervalos regulares, como postes. Como flechas.

Todos miraban hacia el mismo sitio: el norte, hacia las colinas oscuras donde las luces de la ciudad se apagaban.

—¿Los ves? —susurró Miguel.

—¿A quiénes?

Miguel miró a Iván. Iván miraba la calle vacía con los ojos muy abiertos, sin ver nada, con una especie de pánico animal.

—A los que nos van a llevar.

Empezaron a caminar. Los muertos no se movían, pero cada vez que Miguel pasaba junto a uno, la figura se disolvía como humo y reaparecía unos metros más adelante, siempre en dirección al norte. Iván lo seguía unos pasos atrás, hablando consigo mismo, mirando a todos lados, a veces tapándose los oídos.

Atravesaron un puente peatonal, un mercado de tianguis desmontado, un terreno baldío lleno de llantas. A lo lejos, las luces azules y rojas de una patrulla los seguían sin acercarse. Se detenía cuando ellos se detenían, avanzaba cuando avanzaban. Era como un ojo.

—Nos siguen —murmuró Iván.

—Lo sé.

—Si nos alcanzan…

—Camina.

Al cruzar las vías del tren, Miguel notó que el aire cambiaba. Se volvió denso, pesado, con un sabor a tierra mojada. Las figuras de los muertos ya no estaban en la calle. Ahora estaban a ambos lados del camino, entre los matorrales, cada vez más cerca, cada vez más numerosas. Eran decenas. Cientos. Hombres, mujeres, niños. Ninguno hablaba. Todos lo miraban.

Y entonces, de entre ellos, salió una figura que Miguel reconoció.

Ulises caminó hacia él con la camiseta azul manchada, la cara cenicienta y esa sonrisa torcida que ya no sonreía. Se detuvo a unos metros. Detrás de él, la multitud de muertos guardaba un silencio absoluto.

Te vamos a llevar, dijo.

Miguel sintió que las piernas le temblaban.

Pero no es gratis.

—¿Qué quieren?

Cada vez que nos encuentres, algo tuyo se queda con nosotros.

—¿Qué cosa?

No lo sabemos. A cada quien le toca diferente. A veces es un recuerdo. A veces, el sueño. A veces, el sabor de la comida. Lo que se queda no vuelve.

Miguel miró a Iván, que seguía parado atrás, con las manos en las orejas y los ojos cerrados. Miró las lucecitas azules de la patrulla en la distancia. Pensó en la veladora con el nombre de su hermano. Pensó en el abrazo del patio, en el olor a café, en la promesa que Nicolás no había podido cumplir.

Quedan dos noches.

—Acepto —dijo.

Los muertos, todos a la vez, inclinaron la cabeza.




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