Calaveritas de azúcar

Capítulo 11: La cueva de San Miguel Canoa

Las faldas de La Malinche se levantaban en la oscuridad como un animal dormido.

Caminaron durante una hora más. Las casas se espaciaron, el pavimento se volvió terracería, y las luces de la ciudad quedaron atrás, convertidas en un resplandor anaranjado sobre el horizonte. San Miguel Canoa dormía con las puertas cerradas y los perros callados, y en el aire flotaba un olor a leña vieja y tierra recién removida.

Iván iba cada vez más lento. Se detenía a mirar atrás, volvía a andar, murmuraba algo que Miguel no alcanzaba a oír. Detrás de ellos, a trescientos metros, las luces azules y rojas de la patrulla seguían girando sin sirena.

—Aquí no hay nada —dijo Iván—. Es puro monte.

—Sí hay.

—Miguel, regresemos.

—Ya falta poco.

Los muertos lo guiaban sin tocarlo. Habían dejado de ser una multitud para convertirse en un pasillo: a ambos lados del camino, de pie entre los matorrales, cientos de figuras con la cabeza inclinada, como en una procesión. Ninguna hablaba. Pero cuando Miguel pasaba, un viento frío le rozaba la nuca y alguien susurraba, apenas, por aquí.

Subieron una loma de piedras sueltas. Cruzaron una cerca de alambre caída. Al otro lado se abría un terreno baldío lleno de hierba seca, cascajo y basura: botellas, llantas, pañales, una silla rota. Al fondo, medio escondida por un montículo de tierra, había una boca oscura en la ladera.

Una cueva.

Los muertos se detuvieron todos a la vez. Miguel sintió que el silencio se le metía en los oídos.

—Es aquí —dijo.

Iván negó con la cabeza.

—No. No, no, no. Aquí no. Vámonos.

—Tú sabes qué es esto.

—No sé nada.

—Estás temblando.

—¡Porque tengo frío!

Miguel lo miró. Había algo en la voz de Iván que no era miedo a lo desconocido, sino miedo a lo que ya conocía. Pero no tuvo tiempo de preguntar. Dio un paso hacia la cueva. Luego otro.

El suelo crujía bajo sus zapatos. Al principio pensó que eran ramas. Después, al agacharse, vio que eran retazos de tela, una agujeta, un tenis infantil sin suela, una pulsera de hilo rojo. Y más abajo, mezclados con la tierra como semillas, dientes. Huesos pequeños. Una costilla con un trozo de tela adherido.

Se le cerró la garganta.

Los muertos empezaron a hablar.

No en voz alta, sino todos juntos, un murmullo bajo que lo envolvía como el rumor de una iglesia llena. Aquí. Aquí. Aquí. Miguel se arrodilló y, sin saber por qué, empezó a escarbar con las manos. La tierra estaba húmeda y blanda, y a los pocos centímetros sus dedos tocaron algo liso. Plástico negro.

Una bolsa.

Retiró la tierra con cuidado, y luego otra bolsa apareció debajo, y otra más. El hedor le llegó de golpe, dulzón y espeso, y tuvo que taparse la nariz con la sudadera. Detrás de él, Iván vomitó en la hierba.

—¡Alto! ¡Policía!

Dos linternas los cegaron. Dos agentes jóvenes, uno flaco y otro bajito, con las armas a medio levantar y los ojos desencajados, entraron al terreno baldío. Habían venido siguiéndolos desde La Luz después de que una vecina avisó de un niño caminando solo de noche, y ahora no sabían si sentir alivio o espanto.

—¿Qué hacen aquí? —ladró el flaco.

—Buscando a mi hermano —dijo Miguel, sin levantar la cabeza.

El bajito bajó la linterna. Su luz cayó sobre la bolsa abierta a los pies del niño, sobre lo que había dentro, sobre las manos de Miguel cubiertas de tierra.

—Dios santo —susurró.

El flaco se quedó paralizado. Después, con la voz hecha un hilo, tomó el radio.

Para el amanecer, aquel terreno estaba lleno de gente.

Habían llegado patrullas, una camioneta de Servicios Periciales, un par de reporteros y, sobre todo, mujeres. Venían de colonias lejanas con gorras, palas y varillas, con la ropa de quien lleva años buscando. Se corrió la voz por mensajes. Una mujer con una playera blanca que decía Madres Buscando organizó a las demás con la voz firme de quien ha repetido muchas veces los mismos gestos: formar un cordón, no tocar nada, marcar con banderines.

Miguel estaba sentado en una piedra, envuelto en una cobija que alguien le había dado. Iván, a su lado, se mordía las uñas hasta sangrar.

Los peritos sacaron bolsa tras bolsa. Contaron once. Luego quince. Luego, bajo la capa más profunda, vieron que la cueva se abría a una segunda cámara y contaron hasta que dejaron de decirlo en voz alta.

Entre las mujeres, una muchacha de unos veinticinco años se había quedado de pie junto a una de las bolsas abiertas. Llevaba una trenza gruesa y el rostro hinchado de no dormir. Miraba un trozo de tela: una camisa a cuadros verdes, desteñida, con un botón distinto de los demás.

—Esa camisa —dijo, y su voz se quebró—. Esa camisa la remendé yo.

Nadie le contestó. Se arrodilló en la tierra, con los dedos temblando, y tocó la tela con tanta delicadeza como si fuera piel.

—Era de Mario. Mi esposo. Hace seis meses salió a trabajar y ya no… —Se llevó una mano a la boca y lloró sin ruido, sacudiéndose entera—. Gracias —alcanzó a decir, mirando a ninguna parte—. Gracias.

Miguel sintió un roce helado sobre la mejilla.

Giró la cabeza. Junto a la mujer, tan tenue que casi se confundía con la luz del amanecer, había un hombre joven con una camisa a cuadros verdes sin remendar. Tenía la mano levantada, con los dedos extendidos, a un centímetro de la cara de Miguel. Sonreía.

Gracias, pequeño, le dijo. Suerte buscando a Nicolás.

La mano se deshizo en el aire. El hombre miró a su esposa por última vez y desapareció.

Miguel se quedó muy quieto, con el corazón lleno de algo cálido y enorme, algo que no sabía nombrar. Así que esto era, pensó. Dar descanso. Y entendió, sin saber de dónde, que iba a hacerlo otra vez y otra vez, hasta que ya no le quedara nada.

—Miguel —susurró Iván.

Estaba mirando el terreno, no al niño, con una expresión extraña. Ya no estaba asustado. Estaba derrotado.




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