Calaveritas de azúcar

Capítulo 12: Lo primero que se fue

El agente bajito, que se llamaba Lucero, los llevó de regreso a La Luz en la patrulla.

Nadie habló en el camino. Miguel viajaba en el asiento trasero con la cobija sobre los hombros, mirando por la ventana cómo el sol se levantaba sobre las cúpulas de Puebla, sin sentir el cuerpo. Iván, a su lado, se había quedado dormido con la frente contra el vidrio, o fingía estarlo.

Cuando llegaron a la puerta del bar, la veladora seguía en el escalón, ya casi consumida. Alguien había vuelto a poner el papel debajo. QUEDA UNA NOCHE. Lucero lo vio, abrió la boca y no dijo nada. Luego miró a Miguel con una expresión que Miguel no supo interpretar: respeto, quizá, o culpa.

—Cuídate, niño.

Fue todo lo que dijo antes de irse.

La abuela los esperaba en la cocina.

No lloraba ni gritaba. Estaba sentada en la silla de siempre, con las manos sobre la mesa, mirando la puerta. Había pasado la noche así. Se veía en las ojeras, en el café frío, en la ceniza del rosario que había rezado entero tres veces.

Iván pasó de largo hacia el cuarto de atrás sin atreverse a mirarla.

Miguel se quedó parado frente a su abuela. Esperó el regaño. En cambio, ella se levantó despacio, caminó hasta él, se arrodilló en el piso de linóleo y lo abrazó. Lo apretó con tanta fuerza que le sacó el aire.

—Mi niño —dijo, contra su pelo—. Mi niño, mi niño.

—Estoy bien, abuela.

—No lo estás.

—Sí.

—No lo estás. —Se separó para verlo a los ojos. Tenía el rostro mojado, pero la voz firme—. A mi mamá le pasaba lo mismo.

Miguel parpadeó.

—¿Qué?

—Tu bisabuela. En el rancho le decían la Rezandera, porque los muertos le hablaban y ella les rezaba. Iba a los velorios de los que no eran de su familia, buscaba a los perdidos, les encontraba los restos. Murió a los cuarenta y dos años, y a los treinta ya no se acordaba del nombre de su propio padre. —Hizo una pausa—. Yo la vi apagarse, mijo. Por pedacitos.

Miguel sintió un escalofrío.

—¿Por eso hiciste la lista?

La abuela cerró los ojos.

—Yo no veo nada. Nunca vi nada. Me tocó hacer las cosas con lo único que tengo: la memoria, la letra y la paciencia. Apuntar quién entraba, quién salía, quién se llevaba a quién. Esperaba que algún día alguien pudiera usarlo. —Abrió los ojos—. Nunca pensé que fueras tú.

—¿Por qué no me dijiste?

—Porque quería que tuvieras otra vida.

Miguel bajó la cabeza.

—Nicolás no está en la cueva. Pero mañana en la noche se acaba el plazo.

—Lo sé.

—Voy a seguir buscándolo.

—Lo sé también. —La abuela lo tomó de las manos y se las apretó—. No puedo detenerte. Pero voy a ayudarte. Esta tarde vamos a hablar con la madre Teresa, la del convento de Santa Mónica. Ella tiene la lata.

El niño levantó la cabeza.

—¿La tiene ella?

—Desde el lunes. Es la única persona en Puebla en quien confío. —Se limpió los ojos con el dorso de la mano y se levantó con dificultad—. Anda, siéntate. Te preparo algo de comer. No has probado nada en horas.

Miguel se sentó. La abuela encendió la estufa, sacó una olla, empezó a mover cosas en la cocina con la lentitud que usaba cuando quería disimular lo mucho que le pesaban los brazos. Y mientras trabajaba, sin darse cuenta, se puso a tararear.

Era una melodía suave, sencilla, de tres o cuatro notas que subían y bajaban como un columpio. Miguel levantó la vista.

—¿Qué canción es esa?

La abuela se quedó quieta, con la cuchara en el aire.

—¿Cuál?

—La que estás cantando.

Se dio la vuelta muy despacio. Lo miró con una expresión que a Miguel le heló la sangre, porque la reconoció: era la que había visto en el rostro de Rosario cuando él pronunció el nombre de Ulises.

—Es la que te cantaba tu mamá —dijo la abuela, con la voz hecha trizas—. Todas las noches. Antes de dormir. Siempre.

Miguel buscó en su memoria. Buscó el rostro de su madre, la voz, la sensación de una mano en el pelo. Buscó con todas sus fuerzas, como quien palpa en la oscuridad un interruptor que sabe que está ahí.

Encontró un hueco.

Era un hueco limpio, perfectamente liso, sin bordes. No dolía. No había nada que doliera, porque no quedaba nada. Había sabido, esa mañana, que existía una melodía, que alguna vez la había escuchado, que significaba algo. Y ahora solo quedaba el conocimiento de que había sabido.

—No me acuerdo —dijo Miguel, con asombro, no con tristeza—. Abuela, no me acuerdo.

La cuchara cayó al piso con un estruendo metálico.

La abuela se llevó las manos a la boca. No gritó. Se quedó ahí, de pie en medio de la cocina, mientras el agua de la olla empezaba a hervir sin que nadie la mirara, y Miguel comprendió que ella acababa de ver lo mismo que vio, hacía muchos años, en los ojos de su propia madre.

Lo que se queda no vuelve.

Afuera, el último rastro de la veladora se apagó con un chasquido.

Quedaba una noche.




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