Calaveritas de azúcar

Capítulo 13: Santa Mónica

El convento de Santa Mónica tenía muros tan gruesos que el ruido de la ciudad moría al cruzar el zaguán.

Era un edificio antiguo, de cantera ennegrecida, con patios sembrados de helechos y corredores donde las pisadas sonaban a siglos. La abuela caminaba delante, con el bolso apretado contra el costado, y Miguel la seguía de la mano. Habían salido de La Luz a las cuatro de la tarde, sin decirle a nadie adónde iban. Iván se quedó en el bar, sentado frente a la virgen del foco rojo, mirando el piso.

Una novicia los condujo por un pasillo hasta una puerta de madera labrada.

—La madre Teresa los espera.

La habitación era pequeña y austera: un escritorio, un crucifijo, estantes con libros viejos y una ventana que daba a un jardín. Detrás del escritorio había una mujer de unos setenta años, delgada como una vela, con el hábito gris y los ojos más vivos que Miguel había visto en una persona mayor. No sonrió al verlos. Se levantó, rodeó el escritorio y tomó las manos de la abuela entre las suyas.

—Lupe.

—Teresa.

—Llegas tarde. Te esperaba el martes.

—Me trajeron otras prisas.

La monja miró a Miguel. Lo estudió con una atención serena, sin prisa, como quien lee una página que ya conoce.

—Este es el niño.

—Este es.

—Ven acá, hijo.

Miguel se acercó. La monja se agachó hasta quedar a su altura y le tocó la frente con dos dedos, como si midiera la fiebre.

—Estás pagando caro —murmuró—. Se te nota.

—¿Cómo sabe?

—Porque yo también tuve una abuela que veía. —Se enderezó—. Pasen, siéntense. No tenemos mucho tiempo.

Abrió un cajón con llave, lo giró dos veces y sacó la lata de galletas. Estaba oxidada, mellada en las esquinas, con una imagen descolorida de unos niños jugando. Miguel la reconoció: era la que había visto la abuela esconder detrás de la caja registradora. La depositó en el escritorio con un golpe seco.

—Treinta y siete expedientes —dijo la madre Teresa—. Los he leído todos. Y he copiado cada uno a mano, porque los fotocopiadores de la ciudad son oídos con patas. Cada hoja tiene un nombre, una fecha, una placa, un apodo. Con eso se pueden reconstruir rutas, horarios, vehículos. Hay una persona que aparece en veintinueve de los treinta y siete. Un hombre al que tu abuela anotaba como "el de la camisa planchada".

—El Licenciado —dijo Miguel.

—Aldama. Licenciado Raymundo Aldama. Asesor del municipio, dueño de dos gasolineras, compadre de tres comandantes. —La monja pronunció cada título como quien enumera heridas—. Y hay otro nombre que se repite: Barrientos.

—Ya lo conocimos —dijo la abuela, con la voz seca.

—Entonces ya sabes lo que significa. Si esto sale a la luz, se cae un edificio entero. Y por eso no se puede sacar por cualquier puerta. Hay una periodista en la capital, una fiscal federal que no tiene precio… pero necesito tiempo para llevárselo en persona.

—No tenemos tiempo —dijo Miguel.

Las dos mujeres lo miraron.

—Tienen a mi hermano. Se acaba hoy.

La madre Teresa asintió despacio.

—Por eso quería enseñarte esto. —Abrió la lata y sacó, de entre las hojas, una fotografía que no era como las otras. Estaba doblada por la mitad, desteñida, con un borde quemado. Estaba guardada en una bolsita de plástico aparte, como una reliquia—. Esta fue la primera.

Se la puso en la mano.

Era una foto familiar tomada en un parque. Un hombre alto, de bigote, con una camisa de cuadros y una sonrisa de oreja a oreja, cargaba en brazos a un bebé. A su lado, una mujer joven de pelo largo y ojos muy grandes, riéndose, con la mano apoyada en el hombro de un niño de unos catorce años, serio, con los ojos fijos en la cámara y el ceño fruncido de quien se siente demasiado mayor para posar.

Miguel conocía al niño. Era Nicolás.

—Ese bebé soy yo —dijo.

Nadie le contestó.

Miró otra vez el rostro de la mujer. Buscó, con todas sus fuerzas, un recuerdo, una voz, un olor. Encontró lo mismo que en la cocina: un hueco limpio, perfecto, sin nada que lo llenara. Era la cara de su madre y no la reconocía. Pero a la vez, con una claridad que le dolió, sentía que tendría que haberla reconocido.

—Dijiste que se murieron —susurró, sin mirar a su abuela—. Dijiste que fue un accidente en la carretera.

La abuela tenía los ojos llenos de lágrimas.

—Dime que es verdad.

Ella no contestó. Miguel dio la vuelta a la foto. Atrás, con la letra de su abuela, firme como un clavo, estaba escrito:

Ernesto Salgado y Carmen Ruiz. Bar La Luz, 14 de marzo. Hace cinco años. Se los llevó el de la camisa planchada.

—Eran mis papás —dijo Miguel.

—Eran tus papás.

—¿Por qué dijiste…?

—Porque era más fácil que decirte que no sabía dónde estaban —dijo la abuela, con la voz hecha pedazos—. Porque tenías cinco años y Nicolás catorce, y alguien tenía que sobrevivir. Porque yo sola no podía con la verdad ni con ustedes.

Miguel sintió que algo se le rompía por dentro. No era enojo. Era el vértigo de ver que todo lo que había creído sobre su vida se movía un poco, como una casa que se asienta.

Pensó en la canción que ya no recordaba, la que su madre le cantaba cada noche. Pensó en que quizá no era solo una melodía, sino un hilo entre él y alguien que quizá todavía estaba en algún lugar.

—Voy a encontrarlos —dijo—. A los tres.




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