Calaveritas de azúcar

Capítulo 14: La llamada

Regresaron a La Luz al anochecer.

La abuela cerró la puerta con llave, bajó la cortina metálica y encendió solo la luz de la virgen. El bar, sin clientes ni música, parecía otro lugar: más grande, más frío, con las sillas patas arriba sobre las mesas como animales muertos. Miguel se sentó en la barra, con la fotografía de sus padres entre las manos. La había guardado la madre Teresa en un cuaderno, y él se la había pedido; ella accedió con una condición: que no se la enseñara a nadie más.

Iván no estaba en la silla.

—¿Dónde está? —preguntó la abuela.

Miguel miró hacia el cuarto de atrás. La puerta estaba entreabierta. Cruzó el bar y la empujó. Encontró un colchón deshecho, una mochila abierta, una chamarra tirada en el piso. Y a Iván, de rodillas, metiendo ropa en una bolsa con las manos temblorosas.

—¿Te vas?

Iván se sobresaltó tanto que la bolsa se le cayó.

—Miguel…

—¿A dónde?

—A casa de mi tía, a Tehuacán. Un par de días. Hasta que pase esto.

—No va a pasar.

—Miguel…

—Dime qué sabes.

Iván se puso de pie. Estaba más flaco que el lunes, con los ojos hundidos y una barba de dos días. Se pasó una mano por el pelo, se mordió el labio.

—No puedo.

—Mis papás están en la lista. Los primeros.

La cara de Iván se contrajo. Miguel vio cómo se le movía algo detrás de los ojos, un derrumbe que no alcanzaba a salir.

—Yo no sabía —dijo, con la voz quebrada—. Te lo juro por mi madre, Miguel, yo no sabía eso. Yo… yo solo hice lo que me dijeron. No quería. No tuve opción.

—¿Qué te dijeron?

—Que no me iba a pasar nada. Que a mí me dejaban ir. Que solo tenía que contarles a qué hora salía Nico del bar, qué días iba al baile, con quién. —Se tapó la cara con las manos—. Y que si hacía eso, ellos no me tocaban a mi mamá.

Miguel lo miró. No sintió odio. Sintió algo peor: un cansancio inmenso, de gente muy vieja.

—Ellos sabían que Nicolás iba a estar en el salón.

—Sí.

—Y Roge, el de Daniela…

—Fue casualidad. Un pretexto que les cayó del cielo. —Iván bajó las manos—. Iban por Nico, de todas formas. Pero necesitaban que pareciera una pelea.

—¿Dónde lo tienen?

—No sé. Te lo juro. Yo no sé. Lo único que me dijeron es que lo llevaban a un lugar que yo no conocía.

—Pero sabes cómo se llama el que lo maneja.

—El Licenciado.

—Y sabes si Nicolás está vivo.

Iván no contestó. Y su silencio fue la única respuesta que Miguel necesitaba.

—Si te piden que vayas —dijo Iván por fin, con una voz que ya no era la suya—, no vayas, Miguel. Ese lugar no es de fosas. Es de otra cosa. Ahí no… —Se mordió la lengua. Negó con la cabeza—. No vayas.

Y agarró la bolsa, esquivó a Miguel y salió corriendo por la puerta trasera. Miguel escuchó sus pasos alejarse por el callejón, cada vez más débiles, hasta que se los tragó la noche.

El teléfono del bar sonó a las ocho y diez.

Era un aparato de disco, de los antiguos, empotrado en la pared junto a la barra, con un timbre estridente que hacía vibrar los vasos. Hacía años que casi nadie llamaba a ese número. La abuela se quedó mirándolo, inmóvil, con una mano sobre el mostrador.

Sonó una vez. Dos. Tres.

—No contestes —dijo Miguel.

—Si no contesto, vienen.

Levantó el auricular. No dijo nada. Del otro lado se oyó una respiración tranquila, y después, clara como si estuviera a su lado, una voz amable.

—Buenas noches, doña Guadalupe.

La abuela cerró los ojos.

—¿Dónde está mi nieto?

—Descansando. Está muy bien. Le dimos de cenar. —El Licenciado hizo una pausa, y se oyó tintinear un hielo en un vaso—. Es un muchacho valiente, ¿sabe? Terco, pero valiente. Se parece a su padre.

—No lo nombre.

—Perdone. Una indiscreción. —Otra pausa—. Voy a ser breve, porque sé que usted también es mujer práctica. Esta noche, a las doce. Usted nos trae la lata y nos trae al niño.

El mundo se detuvo.

—¿A cuál niño? —preguntó la abuela, con una voz que a Miguel le heló la sangre por lo tranquila que sonaba.

—A Miguel, doña Lupe. Sabemos lo que pasó anoche en Canoa. Tenemos oídos en todas partes. Sabemos lo que el niño puede hacer. Y créame que hay personas, personas importantes, que pagarían mucho por tener a alguien así de su lado.

—No.

—No es una petición.

—No les voy a dar a mi nieto.

—Entonces no ven al otro. —La voz seguía sin alzarse, con la misma cortesía de siempre—. A las doce, doña Lupe. Le mandamos la dirección con un chofer. Ya conoce al chofer, creo. Tiene la costumbre de llegar puntual.

Colgó.

La abuela se quedó sosteniendo el auricular en la mano, sin moverse, hasta que el tono de la línea muerta se volvió un zumbido largo y monótono. Después lo colocó con cuidado en su sitio, como si pudiera romperse.

—No —dijo, sin volverse—. No vas a ir.

Miguel miró la fotografía que seguía sosteniendo, el rostro de su madre sin nombre, la sonrisa de su padre, el ceño de Nicolás a los catorce años.

Pensó en el abrazo del patio. En la promesa. En el hueco limpio donde antes había una canción. En las treinta y siete caras. En la mano helada que le había rozado la mejilla en la cueva.

Cada vez que nos encuentres, algo tuyo se queda con nosotros.

—Sí voy —dijo.

La abuela se dio la vuelta de golpe.

—Miguel.

—Sí voy.

—Estás loco.

—Si no voy, lo matan. Y si voy, a lo mejor lo salvo. —Levantó la cabeza. Tenía los ojos secos y la voz firme—. Pero no voy a ir como ellos creen.

La abuela lo miró, con el rostro blanco bajo la luz roja de la virgen.

—¿Y cómo vas a ir?

Miguel apretó la fotografía contra el pecho.

—Con ayuda.




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