Miguel encontró la tarjeta en el bolsillo de la cobija que le habían dado en Canoa.
Era un pedazo de cartón arrancado de una caja de cereal, con un número escrito a mano con bolígrafo azul y una sola palabra debajo: Lucero. La había guardado sin darse cuenta, entre los dedos fríos, y ahora la sostenía bajo la luz roja del bar mientras la abuela, de espaldas, apretaba el borde de la barra hasta que se le pusieron blancos los nudillos.
—No —repitió ella por tercera vez.
—Abuela.
—Que no.
—Si voy solo, me llevan y se acabó. Si voy con gente que sabe dónde voy, a lo mejor no. —Miguel levantó la tarjeta—. Yo no puedo hacerlo solo. Tú misma lo dijiste esta mañana.
La abuela cerró los ojos. Fueron tres segundos largos. Cuando los abrió, miró el teléfono de disco, la lata vacía de la madre Teresa que habían dejado sobre una mesa, la fotografía de los padres que Miguel no soltaba.
—Llama —dijo.
A las nueve y media, el bar de La Luz tenía cinco personas dentro, con la cortina metálica abajo y las luces apagadas salvo la de la virgen.
La madre Teresa había llegado primero, sin hábito, con un abrigo gris y una maleta de cuero que no se separaba de las manos. Detrás vino Lucero, el policía bajito, vestido con jeans y chamarra, tan nervioso que se sentó en la orilla de la silla y no la soltó hasta el final. Luego entraron dos mujeres: la de la playera blanca, que se presentó como Aurora y se quedó de pie junto a la puerta con los brazos cruzados, y Rosario, en su chamarra de mezclilla, con los ojos hinchados y una calma extraña.
Rosario se sentó junto a Miguel sin decir palabra y le puso la mano sobre la rodilla.
—Tú me dijiste lo de mi niño —murmuró, bajito—. Y yo te creí.
—Lo voy a encontrar.
—Ya sé.
La abuela expuso la situación en cuatro frases. Cuando terminó, el silencio se hizo espeso.
—Es una trampa —dijo Lucero, al fin—. Los tienen a todos metidos hasta el cuello. Si el comandante se entera de que yo estoy aquí…
—No se va a enterar —dijo Aurora.
—Pero…
—Joven, yo llevo ocho años buscando a mi hija. Ya me han amenazado con todo lo que tenían. —Lo miró de frente—. Lo que usted decida esta noche no me asusta. Pero va a ser lo que diga quién es.
Lucero tragó saliva. Luego, despacio, sacó de la chamarra un teléfono viejo, de esos con teclas, y lo dejó sobre la mesa.
—Este es mío de antes. Tiene localizador. Si lo meto en la lata, nos va a decir dónde se detienen. A una distancia.
—¿Cuánta?
—Cinco kilómetros. Quizás diez.
—Suficiente —dijo Aurora—. Mi gente tiene dos camionetas y una radio. Los seguimos de lejos, sin luces.
La madre Teresa abrió su maleta. Dentro, ordenados con una limpieza casi monacal, había treinta y siete fólderes de papel manila.
—Estas son las copias —dijo—. Las originales viajan esta noche a las once con la hermana Concepción, en un autobús a la capital. La fiscal la espera en la terminal. Si todo sale mal con ustedes, al menos esto llega.
—¿Y qué le vamos a dar nosotros al Licenciado? —preguntó Miguel.
La monja sonrió por primera vez en toda la tarde.
—Una lata de galletas vieja, con la fotografía de tus padres arriba y debajo papeles en blanco. Aldama no va a abrirla delante de ti. Va a esperar a estar a solas con ella. Y cuando lo haga, ya estaremos lejos.
Miguel se levantó. Miró a cada una de las personas que lo rodeaban, y pensó en lo extraño que era verlas ahí, a esa hora, en ese bar de paredes quemadas por cigarros: una monja, una policía asustada, dos madres de desaparecidos, una abuela con los hombros hundidos.
—¿Y si no funciona?
Nadie contestó. Rosario le apretó la rodilla.
—Entonces —dijo Aurora— por lo menos no te dejamos solo.
A las once y veinte, la abuela ya tenía el rebozo puesto y la lata en el regazo.
Miguel esperaba junto a la puerta, con la sudadera puesta y las manos metidas en los bolsillos. Había comido algo, por insistencia de Rosario, y no lo había sentido bajar. Se miró en el espejo detrás de la barra. Vio a un niño de diez años con los ojos oscuros y la cara pálida, y en un rincón del cristal, apenas, el reflejo de un muchacho con una camiseta azul y dorada.
Estoy contigo, dijo Ulises.
—¿Y los otros?
Todos.
—¿Van a venir?
Hasta donde podamos.
Miguel asintió. No entendió el alcance de aquella frase, pero la guardó.
A las once y media, un motor rugió afuera.
La abuela se levantó. Aurora, escondida en la cocina con los demás, hizo una seña: cinco kilómetros, diez, sin luces. Lucero metió el teléfono dentro de la lata, entre las hojas en blanco, y cerró la tapa.
La cortina metálica se alzó con un chirrido.
Frente a la puerta, con el motor en marcha y los faros apagados, había una camioneta blanca. Detrás del volante, con la gorra de visera bajada sobre los ojos y los hombros caídos, estaba don Chema.
No los miró. Se quedó con las manos en el volante, mirando al frente.
—Suban —dijo, con una voz que parecía la de un hombre de ochenta años.
La abuela subió primero. Miguel la siguió, sentándose a su lado con la lata sobre las rodillas. Cuando cerraron la puerta, don Chema arrancó sin esperar.
Pasaron varias calles en silencio. La ciudad iba quedando atrás, las luces cambiaban de amarillo a gris, de gris a nada. Miguel miraba por la ventanilla y reconocía los barrios a medias: la 14 Poniente, el puente peatonal, las vías del tren.
—Les dije que el niño es un niño —dijo don Chema de pronto, sin volverse.
Nadie contestó.
—Les dije que no tiene que ser así. Pero no me oyen. Nunca me han oído. —Apretó el volante—. Yo manejo desde los dieciocho años, doña Lupe. Camiones, combis, lo que fuera. Manejé para ellos porque me debían una deuda que nunca acabé de pagar. Y cuando quise salirme ya sabían dónde vivía mi hija.
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Editado: 20.10.2026