Calaveritas de azúcar

Capítulo 16: La loma

La luz amarilla era un reflector colgado de un poste de madera, y alumbraba un complejo de bodegas en medio de la nada.

Desde la camioneta, Miguel solo veía formas: un cerco de malla ciclónica con alambre de púas, un portón de metal, galpones largos de lámina oxidada, tanques redondos de acero alineados como huevos de metal. Un olor penetrante, dulzón y químico, entraba por las rendijas de la camioneta y se le pegaba en la garganta. Gasolina. Un olor a gasolina vieja y derramada.

Y debajo de todo, tenue, como un recuerdo, otro olor: a sudor, a encierro, a gente.

—Es huachicol —murmuró la abuela.

No era una pregunta. Miguel ya había oído esa palabra en las noticias: ductos perforados, combustible robado, camiones cisterna que desaparecían en la noche. Había entendido, vagamente, que era dinero. No había entendido que era también esto.

—Aldama tiene tres gasolineras en la ciudad —dijo don Chema, con voz sorda—. Todas se surten de aquí.

La camioneta se detuvo frente al portón. Dos hombres armados, con pasamontañas y rifles, se acercaron. Uno le hizo una seña a don Chema y el portón se abrió despacio con un chirrido largo y metálico.

Miguel sintió el frío antes de verlos.

Era el mismo frío de la cueva, del baño, de la combi. Un frío de manos invisibles. Se volvió hacia la ventanilla y vio que, a lo largo del cerco, a ambos lados del camino, de pie entre los magueyes, estaban los muertos. Los cientos que lo habían guiado por las calles de Puebla, las mujeres de vestidos de flores, el repartidor, la pareja de ancianos, el niño de la mochila. Todos de pie, inmóviles, con la cabeza inclinada.

Ninguno cruzó el cerco.

Hasta aquí, dijo Ulises, junto a la camioneta, con la cara cenicienta y los ojos fijos en las bodegas. No podemos pasar.

—¿Por qué?

Aquí no hay de los nuestros.

Miguel entendió despacio. Los muertos no entraban porque no había muertos. Todos los que estaban dentro de esa cerca respiraban todavía.

La camioneta cruzó el portón.

Se detuvo frente a la bodega más grande. En la puerta, con las manos en los bolsillos y una chamarra de piel que no combinaba con su sonrisa, los esperaba el Licenciado Aldama.

—Doña Guadalupe —dijo—. Qué puntualidad.

La abuela bajó primero. Se enderezó, con el rebozo bien puesto y la lata contra el pecho, y por un segundo Miguel pensó que parecía mucho más joven, mucho más alta, mucho más peligrosa.

—¿Dónde está mi nieto?

—Descansando. Se lo prometí.

—Quiero verlo.

—Primero lo primero.

Extendió la mano. La abuela dudó. Miró a Miguel, bajó la vista a la lata, y se la entregó con las dos manos, despacio, como quien entrega un hijo.

Aldama la sostuvo un momento. La sopesó. Sonrió con satisfacción.

—Pesa menos de lo que esperaba.

—Es papel —dijo la abuela.

—Eso me imaginé.

No la abrió. Se la pasó a un hombre de pasamontañas que esperaba detrás, sin quitar los ojos de la abuela.

—Y ahora —dijo, volviéndose hacia Miguel—, el joven.

El niño bajó de la camioneta. El suelo era de terracería dura, salpicada de charcos aceitosos que reflejaban la luz del reflector. Recordó lo que había dicho don Chema y mantuvo los ojos en el piso. Pero el Licenciado se agachó hasta quedar a su altura y le levantó la barbilla con dos dedos.

—Mírame, muchacho. Quiero ver lo que tienes.

Miguel lo miró.

Los ojos de Aldama eran de un café muy claro, casi amarillo, y no había maldad en ellos, que era lo más terrible. Había curiosidad. Una curiosidad tranquila, de comerciante que examina mercancía.

—Interesante —murmuró—. Dicen que hablas con los difuntos.

—No sé de qué habla.

—Claro que sabes. —Sonrió—. No te voy a lastimar, Miguel. Al contrario. Hay gente muy importante que necesita saber dónde están enterradas ciertas personas. Gente que cometió errores y quiere repararlos. Tú vas a ayudarnos. Y a cambio, tu hermano se va a casa.

—¿Y mis papás?

Un destello cruzó el rostro del Licenciado. Fue breve, casi invisible, pero Miguel lo vio: sorpresa, y después cálculo.

—¿Tus papás?

—Ernesto Salgado y Carmen Ruiz.

Aldama se incorporó despacio. Miró a la abuela, que no se movió, y luego otra vez al niño.

—Vaya —dijo, bajito—. Entonces sí sabías.

—¿Dónde están?

—Eso depende de lo bien que trabajes.

Hizo una seña con la mano. Dos hombres armados abrieron la puerta de la bodega. Dentro había una nave larga, alumbrada con focos amarillos y atravesada de tubos, mangueras y bidones. El olor a gasolina se hizo insoportable.

Y entonces Miguel los vio.

Eran decenas. Hombres en su mayoría, algunos jóvenes, otros ya mayores, con los pantalones sucios, las manos manchadas de aceite y los pies atados con cadenas cortas que les permitían caminar a pasos pequeños. Cargaban bidones, abrían válvulas, vaciaban tanques, sin hablar, con la cabeza agachada y los ojos vacíos de los que han dejado de esperar.

Miguel conocía algunos rostros. Los había visto en las hojas de la lata, en los carteles de la Fiscalía, en las paredes descascaradas.

Estaban vivos.

Todos estaban vivos.

Se le doblaron las rodillas. La abuela lo sostuvo del brazo. Don Chema, parado junto a la camioneta, bajó la cabeza como quien reza.

Y al fondo de la nave, en una de las filas, un hombre flaco de bigote cano y espalda encorvada, con una camisa de cuadros hecha jirones, levantó un bidón sin mirar a nadie.

Miguel lo reconoció por la forma de los hombros. Por el ceño. Por algo más profundo que la memoria, algo que no había podido quitarle ningún muerto.

—Papá —dijo.




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