Calaveritas de azúcar

Capítulo 17: Ernesto

La palabra se quedó flotando en el aire de la bodega como una chispa sobre un charco de gasolina.

Nadie se movió. Los hombres encadenados siguieron cargando bidones con la cabeza agachada, y solo uno, el flaco del bigote cano, se detuvo con las manos todavía aferradas al asa de lata. Los guardias de pasamontañas giraron hacia Miguel, sin saber si debían callarlo.

—Déjenlo —dijo Aldama, levantando una mano—. Que vea.

Miguel avanzó. Los pies le pesaban como si caminara bajo el agua. El olor a gasolina le raspaba la garganta, y el rumor de las cadenas arrastrándose por el piso le llenaba los oídos con un sonido de campanas rotas. Pasó junto a un muchacho de la edad de Nicolás, con la mirada vacía, y junto a un anciano que murmuraba una oración sin voz. Había visto esas caras en los carteles de la Fiscalía. Ahora tenían vello en la barbilla, rasguños, manchas de aceite en las mejillas.

Se detuvo a dos metros del hombre.

Era muy flaco. Había perdido peso, y la camisa de cuadros colgaba de él como de un perchero. Tenía el bigote casi blanco, las manos agrietadas y los ojos hundidos en cuencas oscuras. Pero el ceño era el mismo de la fotografía, el mismo de Nicolás a los catorce años, ese gesto de hombre serio que cree que no debe sonreír para que lo tomen en serio.

El hombre levantó la vista.

Miró a Miguel con una atención lenta, entrecerrando los ojos, como quien trata de leer en una pantalla muy lejana. Y dijo, con una voz agrietada por años de no usarse:

—¿Nico?

A Miguel se le encogió el pecho.

—No. Soy Miguel.

—Miguel… —repitió el hombre, y la palabra le salió con un sonido de duda—. Miguelito tiene cinco años.

—Tengo diez.

—No. No. —Negó con la cabeza, y las cadenas tintinearon—. Mi niño es chiquito. Mi niño todavía no sabe… —Se detuvo. Miró las manos de Miguel, la sudadera, el pelo revuelto. Algo se movió en su cara: no recuerdo, sino la posibilidad del recuerdo, como una persiana que se levanta una rendija—. Tienes los ojos de tu madre.

—Papá.

—¿Cuánto tiempo…?

—Cinco años.

Ernesto Salgado cerró los ojos. Se le doblaron las rodillas, y habría caído si Miguel no lo hubiera sostenido, a pesar de pesar la mitad. Lo abrazó con los brazos delgados, hundió la cara en el pecho flaco que olía a sudor, a gasolina y a miedo viejo. Sintió las manos del hombre temblando sobre su espalda, torpes, incrédulas, como si no estuvieran seguras de que fuera real.

—Perdóname —susurró Ernesto, sin voz—. Perdóname, hijo. Perdóname.

—No hay nada que perdonar.

—Sí hay. Sí hay. Yo… yo les dije que no se metieran en esto. Que dejaran de hacer preguntas. Y no me hicieron caso, y yo tampoco… —La voz se le quebró—. Tu madre y yo íbamos a avisar. Íbamos a ir a la Fiscalía de la capital. Pero alguien del bar nos vio y…

—Lo sé.

—¿Dónde está tu hermano?

—Aquí. Está aquí.

—¿Y tu mamá? —preguntó Miguel.

Ernesto levantó la cabeza. Miró un momento a Aldama, y luego bajó la voz a un susurro tan bajo que solo Miguel pudo oírlo.

—Se la llevaron hace tres años a otro lado. Dijeron que la iban a poner a trabajar en la otra bodega. La de las mujeres. No sé cuál. No sé dónde.

Miguel sintió un nudo de hielo en el estómago. Una bodega de mujeres. Otra. Y más. No era una cueva ni una fosa: era una red.

—Qué conmovedor —dijo Aldama.

Se había acercado sin que nadie lo notara, con las manos en los bolsillos de la chamarra y esa sonrisa tranquila que no se le quitaba nunca. Miró al niño y al hombre abrazados con la misma curiosidad de siempre, la de quien observa un animal raro en una jaula.

—Ya ve, doña Lupe —dijo, sin volverse—. Es una familia muy unida. Da gusto. Por eso quiero que entienda que lo que le propongo no es una crueldad. Es una oportunidad. Su nieto trabaja para nosotros, y todos los suyos vuelven a casa. Los que aún pueden.

La abuela había avanzado hasta la entrada de la nave, con el rebozo apretado y el rostro de una piedra. No miraba a Aldama. Miraba a Ernesto, a su hijo, al hombre del bigote cano al que no había visto en cinco años y al que le había dicho a sus nietos que estaba muerto.

—Ernesto —dijo, con una voz que no era la de ella.

—Mamá.

Fue todo lo que se dijeron. No necesitaron más.

El hombre del pasamontañas regresó corriendo desde el fondo de la nave, con la lata abierta en una mano y algo pequeño y negro en la otra.

—Licenciado.

Aldama se volvió. El hombre le extendió la lata. Dentro, sobre una pila de hojas en blanco, descansaba la fotografía de los Salgado, y junto a ella, el teléfono viejo con teclas, cuya pantalla azulada parpadeaba suavemente en la penumbra.

El Licenciado tomó el teléfono con dos dedos, lo miró un momento y suspiró, como quien constata un error previsible.

—Localizador —dijo—. Qué ingenuidad.

Miguel sintió que la sangre se le iba de la cara.

—Me sorprende, doña Lupe. De usted no lo esperaba. De la monja, quizás. —Dejó caer el teléfono y lo aplastó con la suela del zapato, con un crujido seco—. Pero me imagino que vienen en camino. Cinco kilómetros, diez. No sé. Unos cuantos minutos.

Se volvió hacia el hombre del pasamontañas. Su voz, por primera vez, se volvió una orden.

—Cierren el portón. Saquen a todos de la nave. Y tráiganme a Nicolás.

—¿A todos, licenciado?

—A todos —repitió Aldama, sin mirarlo—. Y tráiganme los bidones del fondo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.