Calaveritas de azúcar

Capítulo 18: Fuego

Lo trajeron arrastrando.

Dos guardias lo sostenían por los brazos, y las puntas de los zapatos de Nicolás rozaban el suelo a cada paso. Llevaba la camisa blanca del salón de baile manchada de rojo oscuro, el labio partido, un ojo casi cerrado por un moretón violáceo y las muñecas en carne viva. Pero cuando la luz del reflector le dio en la cara, levantó la cabeza, y el primer rostro que vio fue el de su hermano.

—¿Miguel?

—Nico.

—¿Qué haces aquí? ¿Qué demonios haces aquí?

—Vine por ti.

Nicolás intentó soltarse. Los guardias lo sujetaron. Sus ojos recorrieron el patio, la abuela inmóvil en la entrada, el reflejo de las bodegas, los hombres encadenados siendo sacados de la nave en fila y alineados contra el cerco, y finalmente, al lado de Miguel, la figura del hombre flaco de bigote cano que había soltado el cinturón de la chamarra de Aldama para sostenerse de la pared.

Nicolás dejó de forcejear.

—¿Papá?

El silencio duró un instante. Luego Ernesto, con un sonido que no era un sollozo ni una palabra, abrió los brazos, y los guardias, no se sabe por qué, aflojaron las manos.

Nicolás cayó de rodillas. Se arrastró con las piernas flojas hasta su padre y lo abrazó por la cintura, enterrando la cara en esa camisa de cuadros hecha jirones. Ernesto se agachó, lo envolvió con los brazos delgados, y los dos lloraron en voz alta, sin vergüenza, con los hombros sacudiéndose, mientras Miguel miraba con los ojos secos y el pecho lleno de algo demasiado grande para llorar.

—Dijeron que te habías muerto —murmuró Nicolás.

—Lo sé.

—Yo te enterré… yo les puse una veladora…

—Lo sé, hijo.

Aldama, de pie junto al reflector, miraba la escena con las manos en los bolsillos, paciente, como quien espera que una película termine antes de levantarse. Cuando por fin pareció que los hombres habían terminado, carraspeó.

—Bien. Ya vieron. Ahora a trabajar. Miguel.

El niño levantó la cabeza.

—Quiero que me digas dónde están los cuerpos de tres hombres. Nombres que te voy a dar. Gente que se equivocó conmigo y que, por desgracia, ya no puede explicar por qué. —Hizo una pausa—. Cuando lo hagas, tu padre y tu hermano se van a casa.

—¿Y los demás?

—Los demás no son tu problema.

—Son treinta y siete.

—Son cuatrocientos —corrigió Aldama, con una sonrisa fina—. Y no son tu problema.

Miguel miró el cerco. Más allá de la malla ciclónica, entre los magueyes, los muertos seguían de pie, inmóviles, mirando hacia adentro. Ulises, entre ellos, con la camiseta azul y dorada, tenía los puños apretados contra los costados.

No les digas nada.

—No —dijo Miguel.

Aldama inclinó la cabeza, como quien no ha oído bien.

—¿Perdón?

—Que no.

—Miguel —susurró Nicolás, desde el piso—. Haz lo que te dice.

—No.

—Miguel, por favor…

—No voy a decirle dónde están los muertos para que los use. —Levantó la barbilla, con la voz firme, con una dignidad que no le correspondía a sus diez años—. Los muertos son de ellos. De sus familias. Yo solo los ayudo a volver.

El Licenciado lo miró un largo rato. Luego suspiró, sin enojo, y sacó de la chamarra una pequeña pistola plateada. La levantó con calma, sin apuntar a nadie en particular.

—Qué lástima. Me caías bien.

Y apuntó a Nicolás.

Todo pasó a la vez.

La abuela gritó. Ernesto se echó sobre su hijo mayor, cubriéndolo con el cuerpo. Miguel dio un paso al frente sin saber qué iba a hacer. Y desde lejos, muy lejos, por encima del zumbido de las moscas y el rumor de las cadenas, se oyó un sonido nuevo, un sonido que lo cambió todo.

Claxon.

Muchos. Muy fuertes. Venían del camino de terracería, desde la oscuridad, un coro de bocinas rugiendo sin parar, acompañadas de luces que se acercaban a toda velocidad, faros bailando contra los magueyes.

—¡Licenciado! —gritó el hombre del pasamontañas—. ¡Son las camionetas! ¡Vienen cinco, seis!

Aldama bajó la pistola un segundo, un parpadeo. En su rostro, por primera vez desde que Miguel lo conocía, algo se rompió. No fue miedo. Fue cálculo, una operación rápida, el movimiento de un hombre que ya había pensado este momento.

—Está bien —dijo, con una calma que dio frío—. Que no quede nada.

—¿Licenciado?

—Nada. Ni bidones, ni nave, ni gente. Prendan las bodegas.

—Pero hay…

—Prendan.

Los guardias se miraron. Uno de ellos sacó de la chamarra una botella con un trapo. Otro corrió hacia los tanques. Los hombres encadenados, alineados contra el cerco, empezaron a gritar, a tirar de las cadenas, y el olor a gasolina, que hasta ese momento había sido solo un olor, se volvió una promesa.

Miguel vio el primer destello. Una llama pequeña, amarilla, trepando por el borde de un bidón. Luego otra. Luego un rugido sordo, como el de una bestia que despierta, y una ola de calor que le golpeó el rostro y le arrancó el aire de los pulmones.

La nave explotó en una cortina de fuego.

—¡Abuela! —gritó Miguel.

La abuela corría hacia ellos con el rebozo ondeando, con una fuerza de hierro. Aldama había desaparecido en el humo. Los guardias huían hacia el portón, que ya empezaba a abrirse con los faros de las camionetas rugiendo del otro lado. Y a su alrededor, los cuatrocientos hombres encadenados gritaban sin que nadie pudiera quitarles las cadenas.

Ernesto levantó a Nicolás del piso. Los dos, abrazados, buscaban una salida entre las llamas.

Miguel miró hacia el cerco.

Detrás de la malla ciclónica, de pie entre los magueyes iluminados por el fuego, los muertos lo miraban. Cientos de rostros inmóviles, con la luz anaranjada bailándoles en los ojos. Ulises, en primera fila, levantó la mano.

No podemos pasar, dijo. Aquí no hay de los nuestros. Pero…

Una explosión sacudió el suelo. Miguel cayó de rodillas. Una lluvia de chispas le quemó las manos.

Pero si tú nos abres…




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