—Muerto el perro, se acaba la rabia.
¿Quién dijo esa chorrada?
Mi sueño con Pandora y su caja de los males termina con la aparición del monstruoso Tifón.
Parpadeo para acostumbrarme a la oscuridad de la habitación, donde solo se oye la violenta tormenta de rayos junto al feroz aullido del viento que golpea con saña la ventana.
Un lastimero sonido hace que me fije en el tembloroso bulto bajo las mantas.
Algo se mueve a mi lado y por el rabillo del ojo veo un pálido brazo adentrarse en las mantas. Me quedo paralizada un segundo hasta que recuerdo quién es.
Zarek agarra a la aterrorizada Ada para acostarla sobre su pecho, donde ella se hace una bolita, protegiéndose con su cola mientras sus orejas retraídas tienen espasmos con cada rayo. Él recoge de la mesilla su chaqueta impermeable para taparla con ella y, acunándola como a un bebé, empieza a tararear una melodía que no reconozco. Su serena voz consigue que poco a poco el pequeño cuerpo de Ada deje de temblar.
Y no pasa mucho hasta que oigo sus familiares ronquidos.
Alguna vez escuché que puedes saber cómo es realmente una persona por la manera en que trata a los niños y los animales. Después de la conversación que tuvimos, me pregunto si es una buena persona o solo se sintió identificado con su sufrimiento.
Cierro los ojos y, dejándome llevar por la calmante melodía, decido dormir un poco más.
☄️
La siguiente vez que abro los ojos, me siento curiosamente más cansada que antes.
La habitación está aún más oscura y la tormenta ruge en pleno apogeo. Giro la cabeza y observo el perfil de Zarek, que está despierto.
—No pensé que estuvieras todavía aquí.
—Dijiste que no podías dormir sin sentir mi presencia, así que estaba esperando a que despertaras.
No sé si llamarlo obediencia o amabilidad.
—¿Ada?
Zarek levanta su chaqueta para dejar ver a la pequeña diva acurrucada sobre su pecho que bosteza y se estira para después mirarme con lo que me parece una sonrisa en su pequeña cara.
—¿Tienes hambre?
Como si me entendiera, baja de la cama de un salto para dirigirse a la puerta y rasguñarla.
Una pequeña risa se me escapa, pero se corta en cuanto noto los ojos de Zarek sobre mí. Cuando lo miro, veo algo indescifrable en su mirada.
—Bajemos a por comida.
Mientras aparto las mantas y salgo de la cama, me pregunto qué habrán estado haciendo los demás en las horas en que he estado durmiendo. Si querían tiempo para conspirar, se los he dado.
Me detengo en el oscuro pasillo al notar una repentina urgencia.
—Tengo que ir al baño.
—Está ahí —dice Zarek señalando una puerta.
Tras atender mis necesidades y echarme el spray dentífrico que encuentro en el estante junto al espejo, salgo del baño para reunirme con Zarek y Ada, que me esperan pacientemente en el pasillo y, por alguna razón, me siento avergonzada, así que paso de largo hacia las escaleras.
En cuanto llego al primer piso, noto dos cosas: la primera, que han hecho una barricada en la puerta, y la segunda, que han dormido todos apelotonados en el salón junto al comedor.
—¿No pudisteis encontrar las habitaciones? —le pregunto a César cuando entro en la cocina iluminada por velas y me siento en una silla; es el único que está despierto.
—Hay solo tres y somos doce —responde mientras corta el pan de pita en doce trozos perfectamente iguales.
—¿Y tan difícil os resultó llegar a un acuerdo o simplemente sortearlas?
—Decidimos que, ya que todos hemos pasado por lo mismo y estamos igual de agotados, no era justo que unos tuvieran comodidad y otros no, así que nos quedamos todos en el salón; es más seguro de esa forma de cualquier manera.
Dioses, qué gente más idiota.
—Pues la cama es muy cómoda.
César se gira para mirarme y sonrío hasta que vuelve a dedicarse a preparar el desayuno o almuerzo o cena; no tengo ni idea de qué hora es.
—¿Dormisteis juntos?
—Da.
Cesar y yo nos giramos para ver a Zarek entrar con Ada en brazos.
—No es correcto que...
—Ahórratelo —lo corto rápidamente porque quiero que le quede claro—. No eres mi padre y nuestro trato no incluye que actúes como uno. Con quién duerma no es asunto tuyo.
Mis tajantes palabras lo dejan en silencio y, tras suspirar, sigue con su tarea.
—Deja a Ada en el suelo y vete a buscar a tu hermano —ordeno a Zarek todavía con tono molesto. No tengo buen despertar y estar alrededor de otros solo me vuelve más irritable—. No ha dormido en el salón y no quiero que esté suelto por ahí.
Zarek me obedece sin decir nada y César nos observa a ambos.
—¿Cómo es que no le molesta que le hables como a un perro?
Levanto una ceja mientras una pequeña sonrisa curva mis labios.
—Yo le hablo así a todo el mundo y nadie se queja.
César se sonroja ligeramente por lo que implican mis palabras, pero una incómoda verdad se abre paso en mi mente.
Zarek está adiestrado como un perro para seguir órdenes de su amo.
—Eras sheriff y después dueño de una tienda —comento, observando sus bronceadas y toscas manos exprimir un limón—. ¿Cómo es que tienes conocimientos médicos?
—Mi padre era doctor y mi madre enfermera; aprendí mucho de ellos.
—¿Dónde?
César se gira para mirarme como si no entendiese mi pregunta.
—¿En dónde naciste y fuiste sheriff?
Sus ojos se abren con sorpresa, pero contesta sin dudar.
—Luisiana.
Venga ya.
—Como Eric Northman.
—¿Quién?
—Un vampiro vikingo que me gusta.
—¿Conoces a un vampiro? —pregunta arrugando el entrecejo.
Si conociese a un vampiro, iba a estar perdiendo el tiempo contigo, viejo.
—No, y por desgracia, si existen, no creo que sean como los que me gustan.
César frunce más el ceño, como si toda la conversación le resultase confusa, y yo observo sus rasgos. Facciones duras y bronceadas, pelo negro con algunas canas, ojos marrones y barba de candado.