Calima Roja

7

—Todo lo que ves algún día será tuyo

—No veo nada

—Exacto

Foxley, la ciudad del zorro, vibra con una miríada de colores, tecnología y lujo que forman un bello paisaje de grandiosidad.

O así era. La última vez que la vi.

Una vez más me planteo haber sido teletransportada por el túnel a otro lugar.

Este no puede ser el mismo sitio en el que estuve apenas dos días atrás.

¿Puede nuestro mundo ser borrado y destruido con tanta facilidad?

Al parecer, sí. Porque en esta ciudad ya no hay nada vibrante. No hay ni siquiera un pequeño pulso. Todo está muerto.

Los árboles de hoja naranja han desaparecido.

Algunos edificios arden, mientras que otros parecen medio carbonizados. Todo es oscuro.

Un espeso humo negro oscurece el cielo, mezclándose con la niebla.

Montañas de cenizas y escombros se amontonan a ambos lados de las desoladas calles.

En modo automático, el vehículo atraviesa la larga carretera vacía. Ada posa sus patitas en el cristal, inclinándose como si también quisiera ser testigo del horror.

Sobre las cenizas y escombros hay pequeños fuegos que parecen hogueras. Gracias a eso puedo fijarme en que los edificios ennegrecidos están cubiertos de raíces oxidadas.

Finalmente, el vehículo se detiene en una calle que no reconozco. Frente a un edificio que tampoco tengo ni idea de qué es.

Abro la puerta diédrica y tras meter a Ada dentro de la seguridad de mi chaqueta acolchada, salgo acunándola como a un bebé.

Emocionada por haber conseguido llegar sana y salva y con la idea de reunirme con mi theío y dejar que él se encargue de todo, ni siquiera me preocupo de darle a mi alrededor más que un vistazo.

ERROR.

Una mano sale disparada de entre las cenizas y me sujeta con fuerza el tobillo. Una mano con garras en vez de dedos.

Y simplemente no puedo contenerlo.

—¡¡¡¡AHHHHHH!!!!

Mi grito, que sale de lo más profundo de mis entrañas, hace que mis propios oídos duelan.

Debe ser molesto también para eso, porque salen como ratas de entre las montañas de cenizas de toda la calle. Por supuesto, todos con su atención puesta en mí.

La idiota con olor a vainilla que grita.

Ada suelta un chillido cuando mis intentos de que eso me suelte la pierna acaban conmigo cayendo con fuerza de espaldas al suelo.

Y esa cosa no me da ni un segundo de tregua antes de prácticamente reptar sobre mí.

Su boca se abre más de lo que debería ser posible cuando me ruge en la cara, soltándome todo su aliento fétido. Con la clara intención de noquearme para que no pueda huir.

Su apestosa baba negra me cae encima. Casi en cámara lenta, veo cómo sus dientes se dirigen a la única parte de piel que llevo descubierta. La cara.

La cacofonía de rugidos de los otros al acercarse para unirse al festín no es precisamente la banda sonora que hubiera elegido para mi muerte.

¿Dónde está Simi cuando la necesito?

Cierro los ojos y meto las manos dentro de mi chaqueta. Lista para dejar a Ada huir mientras me rindo a lo inevitable.

Y hasta aquí llega mi historia. Ha sido un placer.

Zzzip.

¡Plof!

Chap, chap.

Escucho todo tipo de sonidos húmedos y extraños a mi alrededor.

Mantengo mis ojos cerrados, negándome a ver qué está haciendo ahora eso. Estoy atrapada, cansada y traumatizada. Incluso si por un milagro consiguiera escapar de los monstruos que me rodean, si sigo viendo más, sobreviviré para terminar en una celda acolchada.

—Levántate.

Mi mente se queda en blanco.

Literalmente, se vacía y se va en un viaje astral digno del Doctor Strange.

Por un segundo pienso que quien me habla es eso.

Todavía dudando de mi cordura, abro los ojos apenas una rendija. Lo que veo frente a mí causa que los abra de golpe al máximo.

La verdad, hubiese estado menos sorprendida si eso me hubiera sazonado antes de comerme.

Él viste ropa negra de estilo táctico.

Su pelo rubio ceniza, del mismo tono que sus cejas, está rapado. Su expresión es seria y distante, casi inexpresiva.

Una máscara-respirador esconde la mitad inferior de su cara, dejando solo visibles sus fríos ojos que evocan el hielo.

Guantes sin dedos cubren sus manos. En una de ellas sujeta el mango de una peculiar espada corta y curva.

Y lo más importante, no está muerto.

O por lo menos no está muerto por fuera. No estoy segura de que no lo esté por dentro.

—¿Cómo llegaste aquí?

Tal vez eso no es lo primero que debería preguntarle, teniendo en cuenta la situación. Pero si hubiese estado jugando a ¿Quién es la última persona que vas a ver hoy? Su nombre podría haber sido el elegido.

Si lo recordara.

Él vive en otro continente. Concretamente en Europa.

—Levántate —dice otra vez en el mismo tono monótono, observándome desde arriba con esos ojos glaciales.

Seguramente porque sigo en shock, obedezco. Me pongo de pie con Ada todavía acunada bajo la chaqueta.

Mi uno setenta y tres me hace sentir bastante alta y es raro que me sienta pequeña al lado de los hombres. Excepto por mi padre y mi theío.

Este idiota también es una excepción, siendo más alto que ambos.

El sonido de un chapoteo me hace mirar al suelo.

Resulta que estoy de pie en un charco de sangre que burbujea. Puaj. Doy un paso atrás y mi pie choca con algo que rueda lejos.

Algo que resulta ser la cabeza de lo que estuvo a punto de convertirme en su almuerzo.

A pesar de que es solo una cabeza sin cuerpo, todavía está viva o ¿no muerta? Lo que sea.

Intenta moverse como si no fuese consciente de que le falta el cuerpo o como si no lo necesitase.

Los otros, sin embargo, están todos muertos. O sea, muy muertos. Parece.




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