OK COMPUTER
NO SIGNAL
—¿Estás lista?
Bajo las escaleras para reunirme con César, que me observa atentamente. Está claro que todavía no está convencido de que sea buena idea empezar nuestro viaje hoy, pero no quiero perder más tiempo.
En la espalda llevo una vieja mochila decorada con una multitud de parches adheridos donde metí la ropa que encontré en el armario y cruzada sobre mi hombro una bandolera de un color al que llamar beige es un insulto con un estampado azul sobre el que hay pintados cinco narcisos.
Es curiosa la obsesión de Jude por pintar o decorar todos sus objetos personales.
César me quita la mochila para llevarla él sin parecer molesto al verme con las cosas de su hija.
—¿Podemos llegar hasta la carretera? —pregunto—. ¿Estarán los nekrofágoi en el bosque?
—Los demonios están en todas partes —responde con seriedad—. Iremos en mi vehículo. Todavía quedan suficientes horas del día para que podamos avanzar hasta un refugio para pasar la noche.
Eso significa que lo que dijo Zarek es cierto. Son más peligrosos en la oscuridad.
Vamos hasta la puerta y me preparo. Después de más de dos semanas encerrada en esta cabaña con las persianas de seguridad bajadas, me siento como un vampiro saliendo del ataúd antes de tiempo. Mi piel y mis ojos pican bajo el sol incluso si está cubierto por nubes grises.
Trago saliva intentando ver algo entre la niebla que sigue pegada al bosque. No recordaba lo inquietante que es ese silencio tan antinatural.
César toca mi hombro para llamar mi atención y hace un gesto para que lo siga. Cuidando mis pasos, lo dejo guiarme hasta el garaje cerca de su cabaña. Mientras se abre, caigo en cuenta de que la olvidé de nuevo.
—¿Dónde está Ada? —pregunto en un susurro culpable.
César me enseña el contenido de una de las mochilas que lleva. Envuelta en una manta está la pequeña diva hecha una bola. Roncando como si no tuviera ninguna preocupación en el mundo.
La puerta del garaje termina de abrirse para revelar un vehículo gris de dos plazas estilo camioneta.
César deja nuestro equipaje en el maletero y coloca la lona de protección mientras yo subo al asiento del copiloto y enciendo la pantalla de control. Tecleo la dirección aproximada del puente.
Cuando entra al vehículo, deja la manta donde duerme Ada en mi regazo y conduce por el camino que lleva a la carretera.
Me abrocho el cinturón de seguridad mirando ansiosamente por la ventana. El recuerdo de impactar boca abajo contra el asfalto sigue fresco en mi memoria. Otro trauma.
—Oh sí, tuve que quitarte esto, ya que no dejaba de pitar —dice sacando algo del bolsillo de su cazadora de cuadros.
Extiendo la mano para recibir el Exéli Watch.
Lo enciendo y reviso si he recibido algún mensaje por el dispositivo SOS.
Nada.
Reviso los mensajes normales por si acaso.
Nada.
Me queda claro que Zarek no ha hecho ni el más mínimo esfuerzo por encontrarme.
Tal vez el motivo por el que eso me molesta tanto es porque mis padres murieron creyendo en él. Se sacrificaron pensando que había un lugar seguro y alguien que se aseguraría de que lo encontrara.
—Que Hades te juzgue y te lleve —maldigo en un susurro rabioso mientras ato el Exéli Watch a mi muñeca—. Que conozcas hasta el último tormentoso rincón del Tártaro.
César me mira como si se cuestionara mi cordura, pero no hace comentarios mientras atravesamos la silenciosa carretera rodeada de niebla.
—Es ahí —señalo cuando nos acercamos lo suficiente para ver mi vehículo. Justo en el mismo lugar donde lo dejé. Boca abajo sobre el asfalto—. Detente.
—Tengo armas —informa de pronto—. ¿Sabes usar una?
Es mi turno de mirarlo como si estuviera loco.
—Las armas están prohibidas para cualquiera que no tenga una licencia por trabajo —recito—. Y aunque no lo estuvieran, mis padres no me dejarían estar cerca de una. Me costó incluso convencerlos de que me dejaran aprender tiro con arco.
—Bueno, tus padres estaban en lo correcto. Las armas las carga el diablo. Es mejor no usarlas, especialmente las chicas.
No me molesto en rebatir eso. César detiene el vehículo y, tras bajarse, va hasta el maletero.
Dejo la manta con Ada en el asiento y salgo para
reunirme con él. Justo para verlo cargar un revólver que deja en la funda del cinturón de cuero sintético que lleva. Después carga una escopeta.
Observo las armas con curiosidad. Las he visto antes, pero no aquí. Porque no son de Tasmanti.
—¿Lista? —pregunta por segunda vez en el día.
—Supongo.
Caminamos por el pavimento fotovoltaico de la carretera en silencio. Siento mi corazón latir cada vez más rápido cuanto más nos acercamos al vehículo. Lo que, por supuesto, hace que el Exéli Watch empiece a pitar ruidosamente.
—Apágalo —exige en un susurro urgente.
Qué gran idea, genio.
Lo apago y esperamos. Tras varios segundos conteniendo el aliento sin que aparezcan, seguimos avanzando.
Al llegar con éxito a la altura del vehículo, lo rodeo lentamente hasta ver el interior a través del parabrisas. Por suerte, está vacío.
—¿Intentamos darle la vuelta? —propongo.
César niega con la cabeza.
—No hay manera de darle la vuelta sin hacer un montón de ruido —explica destruyendo mis ilusiones—. Tienes que entrar, encenderlo y anotar las coordenadas de ese lugar.
Lo expone de tal forma que, si insisto, pareceré caprichosa. No es que me importe la opinión del oso Yogui, pero ya que necesito un guardaespaldas y el último probablemente hizo bomba de humo porque ha visto demasiado de mi menos que adorable carácter, decido ceder.
Mientras pueda encontrar a mi theío como si tengo que ir andando. Pero espero no tener que hacerlo.
Pongo mi dedo en el lector y, en cuanto la reconoce, abro la puerta diédrica. Miro el interior del revés y repentinamente tengo la sensación de que hay algo raro, como si alguna acción no cuadrara.
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Editado: 16.10.2026