Marcel
La textura oleosa envuelve mi lengua por seis segundos, después de beber el trago de whisky, el tercero en las dos horas de vuelo hasta la Isla. Dejo el vaso en la mesa frente a mi asiento y la azafata lo recoge al instante.
—¿Necesita algo más, señor Halden?
—Otro, más cargado.
No levanto la vista de la pantalla del ordenador frente a mí, ni dejo de darle vueltas al pin en mi mano.
Sus pasos se alejan por el pasillo del jet casi inaudibles. Solicité silencio explícitamente en la orden de vuelo y hasta ahora han cumplido. Al menos saben acatar una simple orden. Alguien le enseñó que el ruido cerca de un Halden tiene consecuencias. No fui yo, pero tampoco pienso corregirlo.
Reviso las líneas finales del reporte de incidencias de los últimos quince años. Lo habría hecho cómodo, con alguna vista relajante, que me distrajera de toda la mierda que hay en estos párrafos, pero el diagnóstico de Isadora aceleró mi regreso.
El estado de deterioro, en especial en las zonas de la uno a la quince, que cubren el centro de control y el área de mantenimiento, sobrepasa en trece puntos el tercer nivel de destrucción, de la escala establecida en los modelos.
Ella dice que lo arreglarán, yo solo veo un gran problema. La buena noticia es que todo problema tiene solución si estás dispuesto a pagar suficiente. Sería más fácil quemar esta maldita isla con todo dentro, pero es una pérdida demasiado cuantiosa, sin contar las explicaciones que exigirán las organizaciones mundiales. No dejarles entrar ya nos ha costado años de diplomacia, mejor mantenerlos callados, aunque las donaciones hacen su trabajo de manera eficiente.
En la última reunión me contuve para no responderles: Es territorio privado, hijos de puta. Pero parte de mi responsabilidad es mantener la compostura. Puedo decir que es lo más difícil, pero en realidad es lo segundo. Lo más complicado, para lo que he entrenado por diez años, es manejar el negocio sin cuestionarlo.
Un nuevo mensaje, de número desconocido, flota en la esquina.
Los hermanos de Wendy llegaron a salvo.
Respondo.
Cerramos los viajes hasta nuevo aviso.
Me aseguro de que después de cinco segundos sin respuesta el chat se autodestruya.
El pin, que seguía girando entre mis dedos, se detiene cuando el fondo del vaso de cristal toca el mármol frente a mi. Capta mi atención el movimiento lento del líquido ámbar al compás de las leves turbulencias.
El portal de la casa vieja se tragaba el atardecer mientras él se mecía en el sillón. Las tablas de madera crujían con el golpe de sus botas de cuero en el suelo. Me sentaba en el banco a su lado para escuchar sus historias inventadas sobre gente que no veía, tardé en saber que no lo eran.
—No puedes controlarlo todo, Marcel —decía mi padre mientras removía el hielo en su vaso de whisky—. El hielo se va a derretir igual, aunque no quieras.
La voz del piloto me saca del absurdo recuerdo cuando anuncia el aterrizaje. Memoria asociativa: el whisky, el hielo, el vaivén del avión. Un estímulo sensorial basta para que el cerebro abra archivos que no pedí. Nada más que eso.
Apago el ordenador, lo cierro y lo guardo en el maletín a mi lado. Podría dejarlo en el jet y que lo recoja mi chofer en Zurich, de todas formas no me servirá para nada en la isla; pero no confío en nadie, mucho menos en la gente a la que le pago.
Engancho el pin en mi solapa y me inclino hacia la ventanilla cuando baja el tren de aterrizaje. La pista tiene el tamaño justo para máximo un Heavy Jet, no hace falta más para la cantidad de clientes que realmente pueden pagar por esta experiencia y los domes no pueden salir. Esa fue mi primera pregunta en el entrenamiento: ¿Cómo saben que no escaparán? El teniente se rio en mi cara y nunca volví a preguntar algo tan estúpido.
La tarea más fácil es mantener a los domes dentro de la isla. Que no puedan ver ni siquiera a los turistas desequilibrados que caminan entre ellos es una gran ventaja, ese mérito es de mis padres y de Aurelia, aunque solo mi madre tuviera el coraje de continuar lo que empezaron.
El golpe de las ruedas contra la pista retumba seco contra mi estómago, como si hiciera falta endurecerlo para lo que me espera. No es necesario.
Avanzamos hasta la torre del aeropuerto, que solo lleva ese nombre por ser la única pista disponible en el territorio. Nuestro hangar en Paris es más grande que el intento de cubo de cristal y hierro que nos recibe. Aquí comienza la experiencia para quienes pagan por entrar y desde el primer minuto debe valer cada maldito dólar. El edificio fue diseñado para ser casi invisible para los clientes, así parece menos absurdo que sea completamente invisible para los domes.
El jet se detiene por completo.
Bebo el trago de whisky de golpe antes de levantarme. Agarro el maletín en una mano y mi abrigo en la otra, aunque sé que no lo voy a necesitar en este infierno.
—Que tenga buen día, señor Halden —dice cordial la azafata con las manos detrás cuando paso por su lado.
Levanto la vista hacia ella.
—Regresen a Zurich, sin desvíos.
Al llegar a la puerta la luz incandescente del sol me obliga a cerrar los ojos y el golpe de calor me recuerda lo que se siente estar tan cerca del ecuador. Podrían haber buscado otra ubicación, como si no hubiera islas más al norte con un clima que no te hiciera querer tirarte al mar.
Bajo por la escalera hasta pisar el asfalto de la pista. A cada lado, como si fueran estatuas, están los guardaespaldas de turno.
—Bienvenido, señor Halden —dicen ambos al unísono.
Los observo un segundo y sigo mi camino, pero escucho sus pasos detrás. La escalera del jet se cierra cuando avanzo unos cincuenta metros y el motor se enciende a mis espaldas. Se aleja mientras avanzo hacia la puerta de entrada.