Calla los ojos

14. No esperaba vacío

Marcel

Basura, grietas, derrumbe. El informe de incidencias se quedó corto porque lo que tengo ante mí, mientras camino por el extremo rojo de la acera, es un desastre con pocas posibilidades de reconstrucción. Aún no reviso el estado financiero, pero a la vista está que el presupuesto de mantenimiento no ha sido prioridad. Con razón Isadora tiene tanta prisa por adelantar el plan.

Los domes pasan por mi lado sin salirse de la senda que tienen asignada. A esta hora salen de sus labores. Se desplazan en orden, como han hecho desde que nacieron, porque continúan reproduciéndose con normalidad.

Nadie en su sano juicio traería a niños a este lugar, pero cada cual decide según su realidad y la de ellos parece hermosa, según lo que he visto en los modelos.

Otros, los que ven, son más inteligentes e intentan darles a sus hijos una vida mejor. Lo hacen a ciegas, sin garantías de que eso sea cierto. Una paradoja digna de estudio: los que ven entregan a sus hijos sin idea de qué les espera, los que no ven mantienen a los suyos en este… lugar.

Claro que son pocos los que saben que existe la posibilidad siquiera de ese futuro fuera.

La americana se me pega a la espalda. En Zurich este traje es elegancia; aquí es un castigo que elegí yo.

Detrás me siguen mis escoltas, no conseguí librarme de ellos ni en mi propia isla. No me fío de los domes, pero no necesito niñeras. Sin embargo, tengo guardaespaldas asignados desde el intento de asesinato contra mi madre hace cinco años y me acompañarán hasta que el equipo de seguridad del partido me cubra en el nuevo cargo.

—Señor, en media hora tiene su cita con el Consejo del Partido —murmura uno de ellos, que intenta seguirme el ritmo.

No le respondo.

Necesitaba salir de la oficina. Me asfixia. El mármol brilla más de lo que tolero y las constantes interrupciones para solicitar cita con Isadora no me permiten concentrarme.

—La señora Isadora ordenó que regresáramos antes de las seis —insiste.

Me detengo en seco.

En un movimiento demasiado rápido que controlo de inmediato, me giro hacia ellos. Los miro a ambos. Se quedan inmóviles en posición firme, con los hombros tan tensos que se podría colgar un traje en ellos. No creo que se atrevan a añadir nada más.

De golpe algo choca contra mi espalda, apenas me mueve, pero es suficiente para llamar mi atención. Al girarme me encuentro con una dome tirada en el suelo junto a bolsas del mercado, que quedan regadas y ella se apresura a recogerlas.

Me quedo de pie. No reacciono ante la desastrosa escena hasta que ella levanta la cabeza. Me mira fijo, directo, sin el desvío automático que deberían tener sus ojos. Algo se traba, un segundo de retraso que no debería existir en mí. No parece entender lo que ocurre, y yo tampoco. Un dome no me mira. Un dome no puede mirarme.

Espera. ¿Me ve? ¿Por qué me ve?

Uno de los escoltas me agarra del brazo y me tira hacia atrás.

—Señor, no puede acercarse.

Me zafo con fuerza.

—Ni se te ocurra volver a tocarme.

Debería irme. En cambio doy un paso hacia adelante, y no sé bien por qué lo hago, pero el sistema corrige en segundos. Ella queda paralizada en el lugar, buscando con la mirada a alguien que ya no existe en su percepción.

Mi mano se mueve antes de que yo decida moverla, una fracción de segundo de descontrol que no me permito nunca. La detengo a tiempo, a centímetros de su clavícula, donde un dije de plata y piedras azules con forma de mariposa cuelga de una cadena tan fina que parece a punto de romperse.

He escuchado hablar de los domes toda mi vida, los he visto en cámaras y analizado durante el entrenamiento, pero esperaba ver tristeza, enojo o cualquier otra emoción resultante de una rutina miserable.

No esperaba vacío.

No existo ante sus pupilas y eso es un éxito del sistema, pero el vacío se traga mi reflejo en ellos.

Y por primera vez me pregunto si esos ojos podrían gritar si nadie los hubiera callado.

Me aparto cuando se levanta con las bolsas y sigue su camino, aunque le cuesta mantenerse en el sendero junto a los demás.

—Señor, ¿está bien? —pregunta el escolta, ya no sé cuál, después de dos minutos sin moverme.

No ha pasado nada.

—Vamos.

El Edificio del Partido es digno de un premio de arquitectura, si algo en esta Isla pudiera participar alguna vez de cualquier evento exterior. Subimos en el ascensor del consejo al que se accede desde el área de servicio y lleva directo al piso cuarenta y tres.

Noto que uno de los escoltas analiza mi solapa de reojo.

—¿Qué pasa?

—Señor Halden, no tiene su pin.

Examino el interior de la americana, el exterior de la solapa, el bolsillo, pero no hay ni rastro de la maldita libélula. El repuesto lo tengo en el departamento y no me da tiempo a buscarlo antes de esta reunión.

Tampoco me preocupa. No necesito un pin para que sepan quién soy. Solo espero que nadie lo haya encontrado antes de que pasaran los tres minutos que tarda en apagarse el punto de acceso satelital.

Vuelvo a mirar al frente cuando las puertas metálicas se abren al pasillo que nos lleva hacia la sala de reuniones.

Los ocho miembros del Consejo del Partido, tres mujeres y cinco hombres, esperan sentados alrededor de una mesa central, dentro de una oficina ubicada en una de las esquinas del edificio. El contraste entre el exterior, que se observa a través de las cristaleras, y la sala moderna e impoluta, es insultante.

Los escoltas se quedan afuera, en la puerta.

—Buenas tardes —me dirijo a todos antes de sentarme en la silla que preside la mesa.

—Buenas tardes, señor Halden —responden casi a la vez.

Se quedan en silencio a la espera de indicaciones, mientras cruzo las piernas y me acomodo.

—Empiecen por presentarse —les pido.

Alguien me sirve un café que huele a quemado. Lo dejo intacto. En una isla donde racionan el arroz, el café del Consejo no puede faltar, pero a nadie se le ocurrió que además fuera bueno.




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