Verónica
Mierda, la habíamos cagado; aparentemente el entrenador nos había escuchado.
— A tu casa Verónica —exclamó y yo asentí, empezando a alejarme del pasillo.
No miré hacía atrás en ningún momento, seguía sosteniendo lo que había dicho. Axel y yo habíamos dejado todo en claro está vez.
Cuando salí del gimnasio no le dije nada a Alejandro; solo me subí en la moto y me apoyé de su espalda.
— ¿A dónde te llevo, Vero? —cuestionó, y podía percibir el nivel de preocupación en su voz.
— A mi casa, Ale —exclamé, y cuando me coloque el casco solo dejé que mis lágrimas fluyeran.
Odiaba ser débil, pero a veces mis emociones me controlaban más de lo que a mi me gustaba.
Al llegar a la casa ni siquiera me despedí de Alejandro, solo me bajé de la moto, guarde el casco y entré. Que mi familia estuviera fuera de la ciudad este fin de semana era lo mejor, odio que me vean en mis momentos de debilidad.
Fuí directamente a mi baño, analicé mi reflejo en el espejo notando lo mojadas que estaban mis mejillas; una lágrima siguió a la otra y así formaron todo un camino hasta que grité llena de rabia e ira.
— Centrada Verónica, esa es la clave —me recordé y vi la cicatriz que tenía en el brazo y las de la pierna—. Te prometí que sería la mejor, que nunca me dejaría derrotar por nadie, pero esto está siendo muy difícil —otra lágrima corrió por mi mejilla y me tiré en mi cama, haciéndome bolita entre las sábanas.
Varias notificaciones sonaron en mi teléfono; sonidos característicos como mensajes de Fede llamaron mi atención, pero mi situación emocional lograba restarle importancia a todo lo que sucedía al exterior.
Cuando por fin logré calmarme, me levanté a revisar que todo estuviera cerrado y apagado en casa, así finalmente intentaría conciliar el sueño. Volví a mi habitación y cerré la puerta con una fuerza desmedida, los cuadros que estaban en la pared vibraron ante tal estruendo y vi algo caer al suelo desde la parte superior del armario.
El vidrio quebrado en mil pedazos se había regado por la habitación, convirtiéndose en un problema con el que no quería lidiar a esta hora, pero era mejor evitar el riesgo de cortarme. Así que, tras limpiar el desastre, tome la fotografía que estaba en el suelo.
La fecha de hoy, pero de hace unos seis años, se detallaba en la esquina inferior. Una joven Verónica de trece años, montada sobre la hermosa moto roja recién llegada a la casa; a mi lado, mi madre con unos seis meses de embarazo y, detrás de nosotras, Rubén.
Me recosté nuevamente, analizando la imagen, nuestra inmensa alegría, y cómo todo había cambiado... Dirigí mi vista hacia el calendario pegado en la pared y luego detallé cada una de mis cicatrices en manos y piernas, la próxima semana se cumplirá otro año más de ese fatídico día.
Con ese triste recuerdo en mi mente y la foto pegada en mi pecho, sentí como las lágrimas volvían a empapar mis mejillas y levemente el sueño me vencía. Al paso de unos minutos, ya estaba dormida.
...Pasadas par de horas un donde el cansancio se había apoderado en mí, un radical cambio en el encerrado olor de mi habitación llamó mi atención. Lo que parecía un dulce pero fuerte aroma entro en mi sistema, junto al leve rugido de un motor.
No abrí los ojos de inmediato, sentí un calor acogedor, no sofocante, sino reconfortante, que me hacía sentir segura. Fue entonces, cuando una voz me hizo abrir los ojos por fin.
— ¿Y si te subes y damos una vuelta? —corrí al instante hacia él y me acurruque en su pecho como lo había hecho a lo largo de los años.
Lágrimas caían de mis ojos, y por instantes sentí un par de brazos firmes rodeándome por la espalda. Entendí que el calor acogedor realmente era la sensación de estar protegida en su pecho.
Cuando reaccione, ya íbamos ambos en la moto. Sentía el olor a gasolina, la brisa fresca chocando en mi cara producto de la velocidad y una emoción latente en el pecho por estar con mi papá.
— ¿Por qué tan callada mi niña? —dijo mientras la velocidad crecía, haciendo que mi corazón latiera más rápido— ¿Aún piensas en la discusión que tuviste con Axel?
Miré a mi alrededor, reconocía por momentos partes de la ciudad, el sonido del tráfico, los carros... Abracé a mi papá con fuerza, con el presentimiento de que algo malo estaba por ocurrir.
— Te extrañó tanto, papá... —murmuré, sintiendo cómo el nudo en mi garganta se deshacía.
Él soltó una carcajada suave, esa risa que recordaba a la perfección, y me despeinó el cabello con una mano mientras sostenía el manubrio con la otra.
— Siempre tan dramática, Verónica. Si estoy aquí contigo —dijo con ternura, pero su mirada se fijó en la calle frente a nosotros.
Todo cambió muy rápido. De pronto estaba yo de pie junto a la calle, podía vernos a nosotros en la moto. El cielo se fue oscureciendo y el rugido del motor aumentó a tal punto de ser ensordecedor y opacar mis gritos para que papá frenara. Luego solo había humo, mucho humo que me cegaba la vista.
Escuché el chirrido de los cauchos contra el asfalto y sentí el impacto seco que me sacó el aire, como si me hubieran golpeado, junto al dolor en mis rodillas y palmas, ardiendo como fuego.
Entre el humo, lo vi correr hacia mí. Rubén me cubrió con su cuerpo, rodeándome la cabeza con sus manos.
— Estoy orgulloso de ti, mi guerrera. Estás haciendo las cosas bien —dijo él, como si hubiera peligro, manteniendo la sonrisa, aunque sus ojos reflejaban una tristeza profunda—. No te culpes por lo que pasó. Fue solo un accidente, ¿oíste? Solo un accidente... —exclamó y sentí como su voz y su calor empezaban a perderse entre el humo— Prométeme que no te vas a dejar vencer...
Su figura se volvía borrosa; intenté extender la mano para tocarlo, pero mis dedos solo atraparon aire.
#364 en Joven Adulto
#4987 en Novela romántica
segundas oportunidades amor romance, sport romance, bebe embarazo aborto
Editado: 16.10.2026