can you touch me? • larry stylinson (omegaverse)

Capítulo 3.

Yo podría ser panadero —le dijo con un guiño en su ojo—. Podría crear un pan que nunca termine como una roca; es tan fastidioso. 
 


 

Él hizo un sonido, como si le entendiera, y el castaño asintió con fingida concentración. 
 


 

—Exacto —dijo con seriedad, partiendo en pan en sus manos para poder meterlo en su boca. Pese a que no prestó atención a lo que comía, pudo notar como sus dientes dolieron ante la mordida de la masa—. Sí... Sabe a piedra. 
 


 

El pan llevaba casi dos semanas dentro del refrigerador, a la espera de que alguien acabara con su existencia. Louis no quería hacerlo, muy aparte de que odia el pan, pero tuvo que cuando su hambre superó límites. Se había hecho un vaso de leche con la leche en polvo de su cachorro, llorando cuando se dio cuenta que no quedaba más y que tendría que darle solo el pecho. 
 


 

El dinero seguía en el banco, donde era seguro que le robarían la mitad del dinero por ser omega y porque podían. Sin embargo, no podía salir. El cachorro había estado llorando todo el día y cuando por fin se calmó, había capturado una tos que asustó a Louis; no habían hospitales que lo atendieran a menos de que tuviera un alfa. 
 


 

Tirando el pan a la basura, suspiró y miró a su hijo sobre una silla, dentro del viejo portabebés que alguien cuando dio a luz le regaló con una amable sonrisa. También le habían regalado ropa, chupones y juguetes que Louis nunca podría haberle comprado. 
 


 

—No tengo tanta hambre, sabes —mintió con una sonrisa y el bebé ladeó su cabeza, uno de sus dedos babeado y en su boca—. No tanta como para volver a llorar... 
 


 

El cachorro rió. Louis no lo hizo. 
 


 

—Sí, ríete —le dijo con cansancio—, tú no tienes que preocuparte por nada. 
 


 

El cachorro hizo pucheros con una sonrisa, estirando sus manos para que Louis lo cargara. 
 


 

—Yo lo tenía todo —susurró, en cambio. Sus ojos se llenaron de lágrimas con facilidad—. Tenía un gran hogar y todo lo que deseara, y lo dejé por ti... Solo por ti. 
 


 

La mamá de Louis le había extendido un cheque la última vez que le dio, diciéndole que regresara a casa cuando saliera de la clínica abortiva. Y el omega se negó, no pensándolo demasiado y negándose, soñando y creyendo que estaba formando una nueva familia. Pero el alfa que lo embarazó huyó antes de que pudiera decirle la noticia y Louis quedó tirado en la calle cuando las puertas de su casa se cerraron en sus narices, literalmente. 
 


 

El bebé ahora sí que comenzó a llorar cuando sus manos seguían extendidas y nadie respondía a su llamado. No tenía hambre, Louis le había dado el pecho justo antes de que cayera dormido. El bebé no se movió del nido cuando despertó, solo estaba extendido en la cama con uno de sus piecitos en su boca, y comenzó a llorar sin parar cuando Louis lo apartó. Posteriormente, Louis lloró con él por la frustración. 
 


 

—Lo tenía todo —susurró con mirada fija a su hijo, viéndolo sacudirse sobre su silla con fuerza. Las lágrimas bajaban por sus mejillas, casi a la par con las de Louis—... Por ti. 
 


 

El niño pateó para ser tomado en brazos. Y Louis solo podía pensar en lo malo que estaba siendo, en lo egoísta que era por quererlo todo el tiempo cuando no lo necesitaba. Pero era su bebé... El bebé que había decidido tener pese a todo y también lo necesitaba para seguir adelante, para levantarse del nido y tratar de conseguir algo de comer. 
 


 

—Mami lo siente —le exclamó, agachándose y tomándolo por fin—. Mami lo siente mucho, bebé. Mucho, cachorro...
 


 

Su estómago gruñendo era lo de menos para entonces. 


 


 

(...)
 


 


—¿Necesitas condones? —Harry se sonrojó—. Puedo comprarte condones. 
 


 

—No necesito condones, mamá... 
 


 

La mujer suspiró desde la otra línea y su amigo se rió desde su cama. Harry solo rodó los ojos con sus mejillas entendiéndose más. 
 


 

—¿Entonces...? —La mujer balbuceó algo que Harry no logró entender por la rapidez de sus palabras—... No me hagas rastrear la cuenta de banco, Harry. 
 


 

El alfa rizado mordió su labio, pensado en unos ojos azules que lo ahogaban con facilidad. 
 


 

—He comprado algunos libros —se excusó y Finn bufó, haciéndose notar otra vez—. He salido de fiesta y compre alcohol... Mucho alcohol. 
 


 

—Mentiroso —Finn rodó sus ojos. 
 


 

—¡Oh! —la mujer exclamó por su teléfono—. ¡Eso es bueno, cariño! Que te distraigas un poco de tus estudios y... ¿Ya encontraste algún omega por ahí? 
 


 

Su cabeza respondió de forma afirmativa, su lobo también. 
 


 

—No —Casi lloró—. Las instalaciones* de omegas tienen prohibido el ingreso de alfas, a menos que estén ya emparejados con alguien. Además, no he tenido tiempo para esas cosas, mamá. 
 


 

—Oh... —No era una exclamación, era decepción—. Deberías salir, amor. Buscar a alguien... 
 


 

—Lo haré, madre. Lo prometo... 
 


 

Quería gruñir, correr y encontrar a su omega. Ahogarse a voluntad propia en el infinito océano azul. 

 




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