Caricias falsas

Prólogo.

Prólogo.

El corazón de Laura latía tan fuerte que lo sintió en su garganta cada que respiraba. Trató de no hacer mucho ruido mientras daba pasos en puntillas por su habitación; sin embargo, la cama sonó y Laura se paralizó. Esperó por si su marido le preguntaba qué hacía, o quizás que la insultaría, pero hubo un silencio apacible. Ladeó su rostro hacia Dylan y soltó un suspiro de alivio al ver que seguía dormido. Miró el vaso vacío y se permitió llenar sus pulmones de aire puro.

Su cuerpo tembló por la adrenalina, pero siguió avanzando hasta la puerta. Debía huir lo antes posible.

Una vez fuera, caminó con el mismo sigilo, aunque tampoco es que podía hacerlo más rápido. Los golpes esta vez fueron mucho más duros, incluso ella creía que tenía una o dos costillas rotas porque el dolor era casi insoportable.

A medida que avanzaba a la habitación de su hijo, miles de recuerdos de ella y Dylan al inicio de su relación rondaron su memoria. Aún no concebía cómo es que ese gran amor que le solía profesar, aparentemente se había esfumado.

¿Le dolía esa pérdida? Por supuesto.

¿Se arrepentía de lo que estaba haciendo? En lo absoluto.

Su vida en esos momentos no era vida. No se creía capaz de soportarlo un día más.

El inicio de su relación, había sido una pareja que todos habían envidiado. Dylan siempre fue cariñoso y cuidadoso de ella. Su cerebro no halló qué momento cambió todo, pero sí por quién. Los cariños y caricias se convirtieron en golpes y humillaciones. Su vida se volvió un infierno junto al hombre que juró amarla por siempre. Qué poco le había durado aquellas promesas. Siete años, para ser específicos. Todas esas palabras el viento se las había llevado el viento.

Una sonrisa triste adornó sus labios cuando se veía ella misma junto a su esposo en aquellos pasillos. Unas veces apasionados y otras, simplemente intercambiando miradas cómplices.

Sacudió su cabeza, con la esperanza de apartar todos sus viejos recuerdos. Entró en la habitación de Karen, su pequeña princesa, después de reunir la suficiente valentía que necesitaba en ese momento.

Su hija dormía abrazada a su unicornio de peluche; tan apacible y llena de pureza que su pecho dolió, sin embargo, se repitió que estaba haciendo todo por el bien de ambas. Sus ojos se nublaron porque a partir se ese momento sus vidas cambiarían por completo; incluso, aunque era incierto, por por ahora era eso, o esperar a que no hubiera otra oportunidad para ella de salir ilesa de aquella relación tóxica.

Movió con suavidad a su hija y murmuró su nombre, rogando que el somnífero que la puso a Dylan siguiera surtiendo efectos.

—Karen, cariño, abre tus ojos.

Los ojos de su pequeña adoración temblaron ante el esfuerzo que supuso Laura, hacía su hija para abrir sus ojos.

—Mmm. ¿Mami?

—Mi amor, abre tus ojos. Vamos a dar un paseo.

Laura tragó unas cuantas veces para desenredar el nudo que se había formado en su garganta. La culpabilidad acechaba su pecho e iba a acompañarla hasta cuando logre al menos lograr que su hija se sintiera segura.

Cargó a su hija en sus brazos junto a su manta y unicornio de peluche, antes de abandonar la habitación. No miró atrás y siguió avanzando. Pestañeó varias veces para que las lágrimas no nublaran su visión.

Antes de ir al garage, miró poe última vez la que fue un día su hogar.

—Hasta nunca, Dylan.

Asintió, segura de continuar. Fue al garage y dejó a su hija dormida en su sillita y se colocó los zapatos deportivos que había dejado esa noche en su auto.

Después de abrir la puerta, puso en marcha su auto y salió. Una vez que tomó la decisión de abandonar a su esposo, con antelación ya había guardado las cosas necesarias de su hija y ella en la cajuela para no demorarse mucho. No negaría que sollozó esa mañana mientras empacaba, pero se repitió que no podía seguir así.

Una vez fuera de la casa, cerró el portón y se marchó con rapidez. Esperaba de verdad que los somníferos siguieran haciendo efecto y también esperaba, no volver a ver a Dylan en su vida.

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Cuando Laura pensó que su huída había sido exitosa, tarde se dio cuenta de lo equivocada que estaba. Su móvil comenzó a sonar con la melodía que tenía de su marido, pero ante su negativa de acoger el teléfono, el aviso de mensajes de texto la puso nerviosa.

Un sudor frío bajó por el escote de su blusa mientras meditó cuál había sido su falla. Ella misma se había encargado de asegurarse de que Dylan se tomará el vaso de agua, incluso cuando quedó totalmente noqueado.

Sintió un vuelco en su estómago y sus manos que se aferraban con fuerza en el volante, temblaron, por lo que ejerció más fuerza para no desviarse del camino. De la fuerza que ejercía, sus nudillos estaban blancos.

—¿Mami?

La dulce voz de su hija de tres años, le hizo obligarse a controlarse. No deseaba que su pequeña se alterara.

—Sigue durmiendo, pequeña que cuando despiertes, estaremos en otro sitio. —dijo en su susurro, tratando de ignorar el dolor de sus costillas.




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