Me converti en alguien que ya no reconozco.
En una mujer que se arrastra por atención. Que espera mensajes como si fueran oxígeno. Que acepta Migajas disfrazadas de cariño solo para sentir que todavía significa algo para alguien.
Y todo por él.
Por Nicolás.
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-Te ves horrible.
Levante la mirada lentamente hacía Camila, que estaba recargada en la puerta de mi habitación con los brazos cruzados.
-Gracias- Murmuré con sarcasmo.
-No hablo físicamente, Carolina.
Hablo de cómo estás.
A veces pienso que soy invisible hasta que le convengo. Hasta que se acuerda que existo y entonces aparece... Cómo el humo entrando a mis pulmones: lento, tóxico, imposible de rechazar.
El celular vibro sobre la cama.
Mi corazón reaccionó Antes que yo.
Camila soltó una risa seca apenas vio mi cara.
-No puede ser... Otra vez Nicolás.
Tomé el teléfono demasiado rápido.
“ ¿Que haces? ”
Solo eso.
Dos palabras miserables que bastaban para desordenarme entera.
Lo peor es que yo lo permito.
Sigo dejando la puerta abierta.
Sigo respondiendo rápido. Sigo esperando.
Como una idiota.
No... Peor.
Como una adicta.
-Ni siquiera se esfuerza- Dijo Camila acercándose-. Ni un “ hola ” , ni un “¿Cómo estás? ” , nada.
Carolina... mírame tantito, por favor.
Levante los ojos.
-Èl no te quiere.
Sentí algo romperse dentro de mi aunque ya lo sabía.
Tú y yo sabemos que siempre termina igual.
-Ya sé.
Sabía que Nicolás nunca prometía nada. Nunca decía “ Te extraño ”.
Nunca preguntaba como estaba realmente.
Pero aún así mi cuerpo reaccionaba cada vez que aparecía su nombre.
Era humillante.
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Nicolás:
Nunca entendí porque Carolina seguía ahí.
Cualquier otra persona ya se habría cansado.
Pero ella no.
Ella siempre volvía.
A veces desaparecía unos días intentando hacerse la fuerte, intentando convencerse de que ya no iba a buscarme... Y después terminaba respondiendo igual. Siempre igual.
~
Apoyé el cigarro contra el cenicero Mientras veía su chat abierto.
-¿Que haces?
Ni siquiera tenía que pensar mucho el mensaje.
Con ella nunca hacía falta esforzarme demasiado.
~
Mauricio soltó una carcajada desde el otro lado del sofá.
-Esa morra sigue obsesionada contigo, ¿Verdad?
Rode los ojos.
-Esta intensa.
-Entonces deja de hablarle.
~
No respondí.
Porque la verdad era más complicada.
Carolina me cansaba... Pero también me gustaba saber que seguía ahí.
Que aunque yo desapareciera, ella iba a contestar apenas volviera a buscarla.
Era egoísta.
Lo sabía.
Pero también era cómodo.
Y tal vez por eso seguía escribiéndole de vez en cuando.
Porque hay personas que funcionan como un espejo.
Carolina me hace sentir imposible de olvidar.
Mire la pantalla otra vez.
“Estoy en mi casa “.
Respondió rápido.
Claro que respondió rápido.
Solté humo lentamente mientras una sensación extraña me atravesaba el pecho.
No era amor.
Ni culpa.
Era algo peor.
La costumbre de saber que siempre iba a encontrarla esperándome.
~
Carolina:
-Te trata como si fueras un cigarro.
Solté una risa amarga.
-Lo peor es que yo me dejó fumar completa.
Sentí ganas de gritarle tantas cosas.
Decirle que me estaba haciendo pedazos.
Que cada vez que desaparecía me dejaba vacía.
Pero en lugar de eso solo pregunte:
¿Alguna vez me has tomado enserio?
Él guardo silencio unos segundos.
Demasiados.
Y ahí entendí todo.
Nicolás desvío la mirada.
-No compliques las cosas, Carolina.
Sentí el pecho hundirse.
Claro... Porque para ti nunca significan nada.
-Yo nunca te prometí nada.
Esa frase me atravesó peor que cualquier insulto.
Porque era verdad.
Y aún así dolía.
-Entonces ¿Porque vuelves a buscarme?.