Carolina

Empezar Aunque Duela.

3 de enero 2026

10:02 p.m.

El 2026 apenas comienza y, aunque hice todo lo posible por recibirlo con esperanza, todavía siento que estoy aprendiendo a caminar dentro de este año nuevo.

Hay días en los que avanzar significa celebrar grandes logros, pero también existen otros en los que simplemente levantarse de la cama ya cuenta como una victoria. Creo que esté año empezó siendo un poco de ambas cosas.

Hace unos días retomé mis terapias físicas. Nací con pie equinovaro y, después de dejar los ejercicios durante un tiempo, mi pie perdió parte de la movilidad que tanto me había costado recuperar. Volver no ha sido sencillo. Cada sesión exige paciencia, disciplina y aceptar que sanar también implica empezar desde atrás. Aún así, decidí regresar porque quiero darle a mi cuerpo la oportunidad de seguir avanzando.

Al mismo tiempo sigo con mi tratamiento para el TDAH. Mi rutina ya tiene horarios muy marcados:

Las terapias físicas comienzan a las ocho de la mañana y el tradea lo tomo a la una y cinco de la tarde.

Durante las primeras semanas el medicamento me hizo sentir muy bien. Lograba concentrarme, mi mente estaba mas tranquila y por primera vez sentía que podía seguir el ritmo de mis propios pensamientos. Sin embargo, desde que retome las terapias algo cambió. Cada vez que tomó la medicación aparece un sueño inmenso que antes no existía. Es una sensación extraña, porque no sé si está relacionada con el esfuerzo físico o con otra cosa.

También siento que mi TDAH

(Trastorno de Atención e Hiperactividad).

Sigue siendo muy intenso.

La hiperactividad continua apareciendo con frecuencia y, considerando además mis dificultades de motricidad, pienso hablar con mi psiquiatra en la próxima consulta. Tal vez sea momento de revisar el tratamiento.

No quiero sacar conclusiones antes de tiempo, pero si quiero entender que está pasando.

Aunque todo eso ocupa gran parte de mis pensamientos, hay algo que pesa todavía más.

Mi relación con mi papá.

Nunca fue sencilla.

Durante años prácticamente dejamos de existir el uno para el otro. Si no recuerdo mal, dejamos de hablar en 2023 y pasaron muchos meses sin una sola llamada ni un solo mensaje. Fue hasta el 24 de septiembre del 2025 cuando volvimos a tener contacto.

Ese mismo día hablamos por teléfono.

El estaba en Texas, donde vive desde 2023.

Recuerdo durante esa llamada me confesó que estaba enfermo.

Le pregunté que tenía, pero no quiso decirme.

Solo respondió que los hombres no tenían que dar explicaciones, mucho menos a las mujeres.

Me quedé con la duda, pensando si simplemente era su forma de ser o si había algo más detrás de ese silencio.

El último día del 2025 volvimos a hablar.

Mientras escuchaba su voz comenzaron a llegar recuerdos de mi infancia. Desde que yo tenía apenas tres años, él viajaba constantemente por trabajo.

Pasaba semanas o meses fuera de casa y, cuando regresaba, apenas convivíamos un par de semanas antes de que volviera a irse.

La mayoría de esos encuentros terminaban en discusiones. Él era muy estricto; yo era una adolescente impulsiva que sentía muchas cosas y no sabía como expresarlas.

Con el paso de los años entendí que durante mucho tiempo cargue un enojo enorme.

Era un resentimiento construido por las ausencias, por las heridas familiares, por las discusiones y por todo aquello que, siendo niña, nunca supe cómo acomodar dentro de mi.

Hoy miro hacia atrás y entiendo que aquella Carolina estaba llena de dolor, de confusión y de emociones que la rebasaban.

Afortunadamente, el tiempo me permitió cambiar.

Hoy ya no soy esa adolescente.

Esa tarde escuché una conversación entre mi mamá y mi papá.

Él le confesó que su estado de salud era mucho más delicado de lo que yo imaginaba. Le explico que le había aparecido una gran protuberancia en el abdomen, que la situación estaba empeorando y que probablemente necesitaría una cirugía. Incluso dijo que todavía no sabía si regresaría a Aguascalientes o si tendría que permanecer en Texas para atenderse.

También dijo que no había querido contarme nada porque no quería preocuparme.

Escuchar esas palabras fue como si alguien hubiera vaciado un balde de agua helada sobre mí.

Por un instante recordé a la Carolina de catorce años, aquella que creía que nunca podría perdonar a su papá.

Pero hoy tengo diecinueve. Y entendí que el tiempo cambia muchas cosas.

No borra el pasado ni hace desaparecer las heridas, pero si puede transformar la manera en que miramos a las personas.

Mi papá sigue siendo mi papá.

Con todos nuestros errores, nuestras diferencias y nuestra historia complicada, es una de las personas que ha formado parte de mi vida desde el principio.

Hace años pensé que no me importaría si algún día dejará de verlo.

Hoy sé que estaba equivocada.

No quiero que le pase nada.

Quiero que salga adelante.

Quiero volver a verlo.

Este es, hasta ahora, mi comienzo de 2026.

Un año que empezó con terapias, medicamentos, incertidumbre y una noticia que me sacudió por completo.

Pero también comenzó con una decisión.

No voy a dejar que el miedo borre todo lo que he avanzado.

Porque, aunque empezar de nuevo duela, sigo caminando.




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