Carolina

Refugio Entre Páginas.

21 Enero 2026.

Hay cosas de mi que nunca había contado, y una de ellas es la relación tan especial que tengo con los libros. Desde que era muy pequeña, la lectura se convirtió en un refugio silencioso al que siempre podía volver. Era una niña timida, callada y bastante solitaria.

Casi no tenía amigos, así que, sin darme cuenta, encontré en las páginas de los libros una compañía que nunca me juzgaba.

Mientras otras personas encontraban refugio en alguien más, yo lo encontraba entre historias, personajes y mundos que me hacían sentir menos sola.

Todavía recuerdo el primer libro que leí. Debía tener entre tres y seis años, aunque no logro precisar la edad. Estaba en preescolar y aquel libro se llamaba El chupón de Gina.

Tal vez para muchos sólo era un cuento infantil pero para mí fue la puerta de entrada a un mundo del que nunca volvería a salir. Sin saberlo, ese pequeño libro sembró una pasión que con los años terminaría convirtiéndose en una parte muy importante de mi vida.

Conforme fuí creciendo, los libros siguieron acompañándome. En sexto de primaria teníamos un libro de español lecturas que me encantaba. Disfrutaba casi todas las historias, pero había dos que ocupaban un lugar especial en mi corazón.

Una era El trailero de la carretera, de Rubén Fitcher.

La otra era El fantasma de Canterville, de Óscar Wilde, en la adaptación de José.

Esa historia me fascinaba de una manera difícil de explicar. Llegué a leerla una, dos y hasta tres veces en un mismo día. La repetía tanto que termine aprendiendola casi de memoria.

En aquella época, ir a la escuela era algo que muchas veces me hacía sentir triste. Había días que parecían eternos y pesados, pero siempre encontraba un poco de paz al abrir un libro. Era como si las palabras me tomaran de la mano y me llevarán lejos de todo aquello que me dolía.

Los libros no resolvían mis problemas, pero si hacían que el peso fuera más fácil de soportar. Se convirtieron en mi lugar seguro cuando el mundo parecía demasiado grande para mí.

Curiosamente, en estos días he estado de muy buen humor, y gran parte de la culpa la tienen los vampiros. Suena un poco gracioso decirlo, pero es verdad. Desde hace un tiempo despertó en mi una enorme fascinación por esas criaturas. Hay algo en sus historias que me atrapa por completo, así que decidí leer novelas sobre ellos.

La primera fue Una melodía mortal, de Jessica Rivas.

La historia habla de una chica destinada a un vampiro que necesita de su sangre para sobrevivir.

Sin embargo, él se niega a beber de ella porque teme perder el control y terminar matándola.

Apenas voy comenzando el libro, pero ya consiguió atraparme por completo. Todas las noches, antes de dormir, pienso en lo que sucederá en el siguiente capítulo, imaginando los giros de la historia y deseando que llegue el momento de volver a leer.

Lo mejor de todo es que, cuando termine ese libro ya tengo otros esperándome. Me emociona pensar en todas las historias que aún me faltan por descubrir.

Hacia mucho tiempo que algo no despertaba en mi esa ilusión tan sencilla de querer terminar un día solo para empezar otro capítulo.

Al final comprendí que, aunque los años pasen y muchas cosas cambien, hay algo que permanece igual. Los libros siguen siendo para mí lo que siempre fueron para mí desdé que era una niña:

Un refugio entre páginas, una compañía fiel y un recordatorio de que, incluso en los momentos más solitarios, siempre existe una historia dispuesta a abrazarte.




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