Carolina

Coincidencias Que Duelen ( Y Enseñan)..

23 Enero 2026.

11:41 p.m.

Hay días que parecen completamente normales... hasta que la vida decide ponerte frente a ti aquello que creias haber dejado atrás.

Ayer por la tarde fui al cine con mis hermanos para ver Zootopia 2. Tenía ganas de distraerme, de pasar un buen rato y olvidarme, aunque fuera por un par de horas, de todo lo que llevaba cargando. Pensé que seria una salida tranquila.

Me equivoqué.

Cuando estábamos apunto de entrar a la sala, un chico llegó acompañado de un adulto. No les preste demasiada atención. Les asignaron los asientos justo detrás de nosotros y todo parecia ir bien, hasta que sentí como el chico apoyaba uno de sus pies sobre el respaldo de mi asiento.

Estuve apunto de voltearme para pedirle que lo quitará. Ya tenía las palabras listas cuando gire ligeramente la cabeza y, por un instante, mi mirada se encontró con unos ojos que conocía demasiado bien.

Eran los de un amigo de mi infancia.

Sentí que el tiempo se detenía. De todas las personas que podían estar ahí, tenía que ser él. Mi primera salida al cine en mucho tiempo, intentando estar tranquila, y el destino decidió ponerlo justo detrás de mí.

Durante el resto de la película intenté concentrarme, pero mi mente ya estaba en otra parte.

Sin embargo, la noche todavía guardaba una sorpresa más.

Al salir del cine, mientras caminaba hacia la salida, lo vi.

Era Nicolás Lome.

Llevaba una chamarra azul marino, una gorra y caminaba acompañado de alguien que ni siquiera alcance a distinguir. En cuanto lo reconocí, sentí que el aire desaparecía de mis pulmones.

Todo ocurrió en cuestión de segundos.

Pasé a su lado y estoy casi segura de que me reconoció. Al cruzarnos, levantó apenas la vista y me dedico una sonrisa. No era una sonrisa amable ni de sorpresa. Era esa clase de sonrisa que parece esconder una burla, una satisfacción silenciosa, como si supiera exactamente el efecto que todavía podía provocar en mi.

Y lo consiguió.

Odió admitir que aún es capaz de mover algo dentro de mi.

Que ironía. En una sola noche me encontré con dos personas que, en distintos momentos de mi vida, dejaron marca.

Cuando por fin llegué a casa, me invadieron emociones que ni siquiera sabía como nombrar.

Coraje. Tristeza. Nostalgia. Una presión incómoda en el pecho.

Y, aún así, entre todo esté desorden emocional, entendí algo.

Para Nicolás, probablemente nunca fui más que un juego. Tal vez esa sonrisa solo existió en mi cabeza, o tal vez realmente significó lo que yo intérprete. Nunca lo sabré.

Pero si sé que, al recordarlo, comprendí que seguir buscando respuestas ya no cambiaría nada.

Sentí ganas de llorar.

Muchas ganas.

Pero no llore.

Respiré hondo y seguí caminando. Porque, aunque una parte de mi todavía quisiera aferrarse al pasado, mi mente ya tomó una decisión hace tiempo: La historia terminó.

Y punto.

Hoy, mientras recordaba todo lo ocurrido ayer, pensé en algo que mi tía Sindy me enseñó hace tiempo:

Las afirmaciones de energía.

Al principio me parecían una tontería. Me costaba creer que repetir palabras pudiera cambiar algo.

Pero, cada vez que las hago, noto una pequeña diferencia. No porque los problemas desaparezcan, sino porque ya me siento un poco más fuerte para enfrentarlos.

Quizá nunca fue cuestión de creer o no creer.

Quizá siempre fue cuestión de ser constante.

Tal vez ahí está la pequeña diferencia.

Aún siento un pequeño dolor en el pecho cuando recuerdo todo lo que pasó ayer, pero ya no es un dolor que me paralice.

Es uno de esos dolores que, poco a poco, empiezan a convertirse en aprendizaje.

Y eso, aunque todavía cueste aceptarlo, también forma parte de seguir adelante.




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