Aquella noche, mientras sostenía entre mis manos el libro que tanto había esperado, sentí una felicidad difícil de explicar.
Mi papá me había mandado dinero para comprarlo y, desdé que llegó, no había dejado de leerlo.
Se llama Novia, de Ali Hazelwood, y cada página me hacía sentir dentro de un mundo distinto, uno donde por un momento podía olvidarme de todo lo demás.
Leer siempre ha sido mi refugio, aunque mi mente recorra un camino diferente al de muchas personas.
Tengo discapacidad intelectual y motriz. Eso significa que leer no es tan sencillo para mí como abrir un libro y avanzar sin detenerme.
Hay párrafos que debo leer dos, tres o hasta cuatro veces para que las palabras encuentren un lugar dentro de mi cabeza.
A veces tengo que regresar páginas completas porque olvidó un detalle.
Mi memoria deja escapar muchas cosas, pero eso nunca ha significado que no entienda lo que estoy leyendo.
Aquella noche ya iba por la página ciento setenta y cuatro de un libro de más de quinientas páginas. Para cualquiera podría parecer poco.
Para mí era un triunfo inmenso.
Cada página representaba paciencia, esfuerzo y el deseo de no rendirme.
Entonces hablé con mi papá. Desdé que era pequeña, cuando recibí mi diagnóstico, él siempre ha insistido en decirme que soy “normal”. Sé que lo hace porque no quiere que me sienta diferente, porque intenta protegerme a su manera.
Pero hay ocasiones en las que esas palabras pesan más de lo que consuelan porque querer verme como alguien “normal”. También significa que muchas veces no logra comprender todo el esfuerzo que hago para enfrentar cosas que para otros parecen sencillas.
Mientras hablábamos, me preguntó cómo se llamaba la protagonista del libro.
Mi mente quedó completamente en blanco.
Busqué el nombre desesperadamente entre mis recuerdos, como si estuviera escondido detrás de una puerta que no lograba abrir. Sabía que lo había leído muchas veces. Sabía que conocía a ese personaje. Pero el nombre simplemente no apareció.
No supe que responder. Colgamos la llamada y, apenas unos segundos después, la respuesta llegó sóla.
Misery.
Ahí estaba. tan clara, tan sencilla... Pero demasiado tarde.
Sentí un nudo en el pecho. Me dio vergüenza. Por un instante pensé que mi papá creyó que no había leído el libro, que estaba exagerando o que había mentido. Y ninguna de esas cosas eran ciertas.
La realidad era mucho más simple y, al mismo tiempo, mucho más difícil de explicar.
Mi cerebro retiene muy poquito. Olvidó nombres, detalles y conversaciónes con una facilidad que a veces hasta a mí me desespera. Pero nunca olvidó lo que una historia me hace sentir.
Aunque mi memoria deje escapar datos, mi corazón se queda con las emociones. Yo sí entiendo lo que leo. Yo sí vivo cada capítulo. Solo que lo hago a mi manera.
Esa noche pedí que ojalá algún día mi papá pudiera entender que leer no siempre se demuestra recordando nombres o respondiendo preguntas de memoria. A veces leer significa volver a atrás una y otra vez, tener paciencia con uno mismo y seguir pasando páginas aunque todo cueste el triple.
Quizá nunca pueda explicarle exactamente como funciona mi mente.
Pero si puedo seguir escribiendo estás páginas, porque aquí mi verdad no necesita demostrar nada para existir.