Carolina

Cicatrices Que Aprendieron A Caminar.

A los tres años descubrí que algo en mi era diferente, aunque todavía era demasiado pequeña para entenderlo.

Mientras otros niños aprendían a correr detrás de una pelota o perseguían mariposas sin pensar en sus propios pasos, yo caminaba de puntitas. Mi pie izquierdo se doblaba hacia adentro como si quisiera regresar sobre si mismo, y no tardo en llegar el diagnóstico:

Pie equinovaro.

Los médicos dijeron que debían operarme cuánto antes. Si esperaban demasiado, las secuelas podrían acompañarme durante toda la vida. Nadie le explica a una niña de tres años lo que significa una cirugía. Solo la cargan, la llevan de la mano y esperan que no tenga miedo. Pero el miedo llega de todas formas.

Todavía puedo cerrar los ojos y regresar al Hospital Hidalgo. Hay recuerdos que el tiempo desgasta, pero ese lugar permanece intacto en mi memoria.

El olor penetrante del medicamento parecía quedarse pegado a la ropa, a la piel y hasta la respiración.

Las máquinas no dejaban de emitir esos pequeños sonidos repetitivos que vigilaban la vida de cada paciente.

Desde entonces aprendí a temer a esos pitidos. Cada vez que los escucho, algo dentro de mi vuelve a sentirse atrapado en aquella habitación.

No estaba sola, pero tampoco me sentía acompañada.

Había dos filas de camas enfrentadas. Mujeres enfermas ocupaban casi todas. Algunas lloraban en silencio. Otras se quejaban del dolor. Algunas respiraban con tanta dificultad que incluso de niña entendía que estaban luchando por seguir viviendo.

Sobre cada cama había una placa blanca con el nombre y los apellidos del paciente, como si aquel pedazo de plástico fuera suficiente para resumir toda una vida.

Mi pierna permanecía inmóvil bajo un yeso pesado que la aprisionaba por completo.

Apenas podía moverme. La cama era dura, sostenida por resortes sujetos a unos barrotes azul marino que rechinaban cada vez que intentaba cambiar de posición.

Ese sonido termino grabándose junto con todos los demás.

Las noches eran las peores.

Cuando necesitaba ir al baño, el pasillo permanecía obscuro y silencioso. Todos dormían mientras yo permanecía despierta, abrazando el miedo con la misma fuerza que abrazaba mi almohada. Extrañaba mi casa. Extrañaba dormirme en mi cama. Extrañaba sentirme segura.

A veces llegaban mis primos para visitarme. Me hacían reír un rato y llenaban mi yeso de dibujos y firmas. Eran pequeños momentos de luz En medio de un lugar que para mí siempre estuvo lleno de sombras.

Cuando finalmente me retiraron el yeso, no recuerdo el procedimiento. Lo único que permanece vivo en mi memoria fue la primera vez que mire mi pie.

Las cicatrices estaban cerradas con gruesos puntos de hilo negro.

Permaneci varios días evitando verlas. Sabía que estaban ahí, pero me daba miedo enfrentarlas.

Cuando por fin reuní el valor suficiente para observarlas, sentí que el corazón se me rompía. Aquel pie ya no era igual al de antes. Los hilos fueron cayéndose poco a poco con el paso de los días, pero las marcas permanecieron.

Después llegaron las férulas. Una estructura rígida sostenía ambas piernas y mantenía alineadas mis caderas. Además, llevaba otra férula especial que, según decían, era muy cara porque estaba decorada para niños.

Era de color azul cielo. Tenía un panda cargando bambú, un león sonriente y otros animalitos que intentaban hacer más amable algo que para mí seguía siendo una prisión.

Cuando entré al prescolar, descubri que también podía sentirse tristeza viendo jugar a otros.

Había un enorme arenero donde todos los niños construían castillos, inventaban aventuras y reían mientras llenaban sus zapatos de arena.

Yo permanecía sentada observandolos desde lejos. Me repetía una y otra vez que cuando me quitarán el yeso jugaría todo lo que quisiera.

Pero el tiempo siguió avanzando.

Cuando finalmente pude caminar sin el, ya tenía seis años.

Y el arenero había desaparecido.

Aquella promesa infantil nunca pudo cumplirse.

La primaria trajo heridas distintas.

Mis padres ya no tenían dinero para seguir pagando las terapias de rehabilitación, así que mi pie comenzó a perder movilidad.

Al caminar lo arrastraba ligeramente y mis compañeros lo imitaban entre risas. Cada paso parecía convertirse en un motivo para burlarse de mi.

Sin embargo, aquello no fue lo más difícil.

Durante casi cuatro años sufri problemas para controlar la orina.

No importaba cuanto lo intentará. Muchas veces llegaba a casa con el uniforme mojado.

Mi papá creía que todo era un acto de desobediencia.

Cada vez que ocurría, se quitaba el cinturón convencido de que los golpes solucionarían el problema.

Nunca entendió que el miedo no cura, solo deja cicatrices nuevas.

Con el tiempo bastaba verlo acercarse para que mi cuerpo reaccionará solo.

Temblaba tanto que volvía a orinarme incluso antes de que levantará la mano.

Mi mamá hacia todo lo posible para protegerme.

Intentaba ocultarlo, inventar explicaciones y evitar que me golpearan. Pero llego un momento en que ya no supo que hacer.

Recuerdo verla sacar una silla del comedor y sentarse sola en la cochera mientras mi papá descargaba su enojo contra mi dentro de la casa. Eligió no escuchar los golpes porque escucharlos también le rompía el alma.

Durante mucho tiempo odié mi pie.

Decía que quería cortarmelo.

Llegaba de la escuela llena de coraje y lo mordía como si pudiera arrancarme junto con el todo el dolor que cargaba.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.