Carolina

El Refugio Que Inventé.

10 febrero 2026 -01:47 a.m.

Hay personas que encuentran refugio en una casa, en una familia o en un lugar al que siempre pueden volver. Yo encontré el mío dentro de mi cabeza.

Desdé muy joven aprendí a vivir hacia adentro. Mientras los días pasaban iguales, mientras la rutina se repetía una y otra vez, dentro de mi existía un mundo.

Completamente distinto. Ahí todo era intenso, profundo, lleno de emociones que nadie podía ver. En ese entonces no entendía lo que estaba haciendo. Solo sabía que, cuando la realidad me dolía demasiado, mi imaginación me abría una puerta por dónde podía escapar.

Sin darme cuenta, estaba construyendo un refugio.

En ese refugio también vivía Santiago.

Él fue una de las personas más importantes de mi infancia.

Crecimos juntos. Éramos mejores amigos y, durante mucho tiempo, sentí que mientras él estuviera cerca nada malo podía pasarme. Siempre me defendía. Nunca parecía tener miedo de enfrentarse a quien fuera sí era para cuidarme.

Yo nunca tuve que pedirle que me protegiera; simplemente lo hacía.

Su forma de quererme era silenciosa, natural, como si protegerme fuera algo que nacía de él.

Con Santiago me sentía segura. Tal vez por eso su ausencia dolió tanto.

No dejamos de hablar porque quisiéramos hacerlo. Nuestra amistad termino por problemas que pertenecían a los adultos, no a nosotros. Pero aunque la decisión no fue nuestra, la herida sí terminó siendo mía.

La última vez que lo vi fue en 2019. Todavía puedo recordar aquella sonrisa con la que me saludó. Fue un instante pequeño, apenas unos segundos, pero esa sonrisa permaneció conmigo durante años, como si mi memoria se hubiera negado a dejarla ir.

Mucho tiempo después logré encontrarlo en redes sociales.

Sentía que tenía una deuda pendiente con él, así que le escribí para agradecerle todo lo que había hecho por mi cuando éramos niños.

Su respuesta fue exactamente como lo recordaba: respetuosa, tranquila y amable.

Ese mensaje todavía lo guardo con mucho cariño, porque me confirmó algo que durante años había querido creer: nunca imaginé su bondad. Era real.

Con el tiempo entendí otra verdad que me costó aceptar.

Santiago fue mi primer amor. Aunque nunca fuimos pareja.

Nunca hubo una historia romántica entre nosotros.

Nunca hubo promesas, ni besos, ni un “ nosotros ”. Me enamoré desdé otro lugar: desde la administración, desde el agradecimiento, desde la seguridad que me hacía sentir su presencia.

Hoy sé que no estaba enamorada de él hombre que él podía llegar a ser como pareja.

Estaba profundamente agradecida con el niño que un día decidió cuidarme sin esperar nada a cambio.

Lo admiro por la persona en la que se convirtió y deseo, de corazón, que la vida le sonria siempre.

Pero cuando era más joven todavía no entendía todo eso.

Solo sabía que no podía dejar de pensar en él.

Entonces mi mente empezó a hacer lo único que sabía hacer: inventar. Construía historias completas. Escenas enteras. Conversaciónes que jamás ocurrieron. Imaginaba un futuro donde los dos éramos algo que nunca existió fuera de mi cabeza.

Vivía esas historias con tanta intensidad que, por momentos, se sentían más reales que mi propia vida.

Hasta que llegó un momento en el que comprendí que necesitaba soltarlo.

Pero no sabía cómo. Y tomé una decisión de la que solo yo conozco toda la verdad.

Empecé a convertirlo en el villano de mi propia historia.

Le conté cosas falsas a mi mamá. No porque quisiera destruir la imagen de Santiago ni hacerle daño. Él nunca lo mereció.

Lo hice porque pensé que, si lograba convencerme de que era una mala persona, sería más fácil dejar de quererlo.

Transforme el cariño en rechazo porque era la única forma que conocía para intentar cerrar una herida.

Fue una estrategia desesperada de una niña que todavía no sabía despedirse.

Solo yo sé lo que realmente pasó. Durante mucho tiempo también creí que el amor funcionaba como un remplazo.

Pensé que para olvidar a alguien tenía que aferrarme a otra persona.

No sustituía el amor.

Sustituía el vacío.

Con Santiago estuve enganchada durante mucho tiempo.

Con Nicolás fue diferente. Menos intenso. Más confuso.

Y fue precisamente ahí donde entendí que el problema no eran ellos.

Era el patrón que yo repetía sin darme cuenta.

Mientras mi vida seguía siendo silenciosa, mi imaginación seguía creciendo.

No tenía amigos.

No convivía con personas de mi edad.

No tenía con quién compartir todo lo que sentía.

Así que empecé a crearme otra vida.

Desde los catorce años pasaba horas imaginando. Ponía música, cerraba los ojos y desaparecía del mundo. Hablaba sola. Inventaba diálogos. Creaba escenas. A veces hasta bailaba mientras vivía esas historias que solo existían para mí. Algunas personas podrían llamarlo locura.

Yo hoy sé que tenía otro nombre.

Supervivencia.

Porque cuando una realidad duele demasiado, la mente hace todo lo posible para construir un lugar donde uno pueda respirar. Aunque ese lugar solo exista en la imaginación.

Hubo días en los que imaginar tanto me dejaba agotada.




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