Carolina

Luz Amarilla.

Los sueños siempre fueron mucho más que simples imagenes para mí.

Nunca los ví como una sucesión de escenas sin sentido, sino como pequeñas ventanas abiertas hacia un lugar que nadie podía explicar.

Eran puentes tendidos sobre el misterio, fragmentos de un lenguaje que solo existía cuando cerraba los ojos. Desde niña aprendí a prestarles atención, porque, una y otra vez, terminaban mezclándose con mi realidad de formas imposibles de ignorar.

El sueño que tuve antes de conocer a Nicolás fue diferente a todos los anteriores. Había algo en él que lo hacía sentirse vivo, como si no estuviera soñando, sino recordando un momento que todavía no había ocurrido.

Estaba flotando en medio de una rueda infinita. No sabía dónde terminaba el cielo ni donde comenzaba el universo. Todo giraba lentamente a mi al rededor mientras una luz amarilla me envolvía por completo. No era una luz que cegara; era calida, tranquila, casi familiar. Sentía que nacía de mí y, al mismo tiempo, que provenía de un lugar mucho más antiguo que cualquier recuerdo.

Entonces apareció él.

Nicolás.

En ese momento ni siquiera sabía que existía. Nunca había escuchado su nombre ni visto su rostro, pero, de alguna manera, lo reconocí de inmediato. Era como si mi corazón supiera quién era antes que mi propia memoria.

Cada rasgo de su cara, la expresión de sus ojos, la forma en que permanecía de pie frente a mí...

Todo estaba grabado con una precisión imposible. Cuando tiempo después lo conocí en la vida real, comprendí que era exactamente el mismo hombre que había visto en aquel sueño.

No era la primera vez que algo así ocurría.

Antes de conocer a Carlos y a Naty.

(Viejos Amigos)

También los había visto mientras dormía.

Sus rostros aparecieron mucho antes de que nuestras vidas se cruzarán, y cuando finalmente llegaron, no existía ninguna duda.

Eran ellos. Siempre eran ellos. Los sueños nunca cambiaban un detalle. Las personas aparecían completas, como si el tiempo ya las hubiera conocido antes que yo.

Con Nicolás sucedió lo mismo.

En el sueño caminábamos por senderos distintos, separados por una distancia que ninguno de los dos intentaba romper. Sin embargo, ambos caminos avanzaban a la misma dirección. Nos mirábamos sin hablar, sin hacer un solo gesto, mientras la luz amarilla trazaba entre nosotros un hilo dorado que parecía unir nuestras vidas. No hacían falta palabras. Bastaba aquella presencia silenciosa para comprender que, tarde o temprano, nuestros caminos terminarían encontrándose.

Recuerdo incluso como iba vestido.

Llevaba una camisa azul de cuadros, pantalones de mezclilla y botas vaqueras. Cada detalle era tan claro que todavía hoy puedo recordarlo sin esfuerzo. En ese momento no entendía por qué mi mente era capaz de construir una imagen tan específica de alguien que jamás había visto, pero después, cuando la realidad alcanzó al sueño, sentí un escalofrío imposible de explicar. Con el paso del tiempo descubrí que todos esos sueños compartían la misma extraña coreografía.

Siempre existían dos caminos, siempre aparecía aquella luz amarilla y siempre había una sensación de encuentro inevitable. Era como si el universo repitiera una misma historia con distintos rostros.

La última vez volvió a suceder.

Frente a mi apareció un muchacho completamente desconocido. Tenía el cabello negro y ondulado, la piel clara y unos ojos azul muy claro que parecían reflejar toda la luz del lugar. Vestía una camisa blanca con una corbata azul marino, pantalón de vestir y zapatos obscuros. Su presencia era tan nítida que por un instante tuve la sensación de poder acercarme, extender la mano y tocarlo. Sin embargo, permanecía al otro lado del camino, igual que todos los anteriores, como un misterio que todavía no encontraba su momento para hacerse realidad.

A veces me preguntó que significa todo esto.

No sé cómo ocurre ni porque sucede conmigo. Tal vez sea solo la forma en que mi mente intenta darle sentido al futuro.

Tal vez exista algo más que todavía no logro comprender. Pero cada vez que recuerdo aquellos sueños, no puedo evitar sentir que hay una conexión invisible entre las personas y los momentos que están destinados a encontrarse.

Para mí, la luz amarilla se ha convertido en una brújula silenciosa. No responde preguntas ni revela fechas. Solo aparece cuando alguien está apunto de entrar en mi vida, como si quisiera prepararme para un encuentro que todavía no entiendo. Nunca me obliga a seguir un camino;

Simplemente ilumina el lugar donde, tarde o temprano, mis pasos terminarán cruzándose con los de alguien más.

Por eso, cada noche vuelvo a cerrar los ojos con la misma curiosidad de siempre.

Quizá la luz amarilla vuelva a aparecer. Quizá, al otro lado del camino, haya un rostro nuevo esperándome. Y mientras el universo siga dibujando esas figuras en el silencio de mis sueños, seguiré sintiendo que existe un hilo dorado atravesando el tiempo, la distancia y la memoria, recordándome que algunas personas llegan a nuestra vida de maneras que todavía no sabemos explicar.




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