Carolina

Y Aún Así, Escribiré.

El día de hoy, 11 de septiembre de 2026, tuve una cita con mi psiquiatra, Jairo Beltrán.

Como siempre, llegué pensando que sería una consulta más. Una de esas visitas que comienzan con una sala de espera, unos minutos de silencio y después mi nombre pronunciado desde alguna puerta.

Pero esta vez algo fue diferente desde el principio.

Cuando llegue, no quisieron registrarme para mí cita. No entendía porque.

Por un momento pensé que quizá había algún problema con mi cita o que simplemente se trataba de un error. No sabía que aquella pequeña confusión pronto tendría una explicación que cambiaría el tono de mi día.

Finalmente, me llamaron. Entre al consultorio y ahí estaba él, como siempre, con esa amabilidad que ya conocía.

¿Cómo te has sentido?

Sonreí.

Muy bien. La verdad, la estoy pasando super bien.

Y era cierto. Había cosas que estaban saliendo bien. Había momentos que disfrutaba, cosas que me ilusionaban y una parte de mi que se sentía contenta.

Pero había algo que no estaba funcionando del todo.

El antidepresivo.

Le expliqué lo que me estaba pasando con la sertralina. Le conté que me tumbaba demasiado, que me mareaba y que había momentos en los que sentía como si todo se moviera a mi alrededor.

Él me escuchó con atención. Después de hablarlo, decidió cambiarme el medicamento. Esta vez sería fluoxetina.

Quizá era lo mejor.

Quizá mi cuerpo necesita otra opción.

Y entonces llego una noticia que no esperaba.

Jairo se va.

No sé exactamente como describir lo que sentí en ese momento.

Solo sé que me puse triste.

Muy triste.

Porque aunque una consulta pueda parecer algo cotidiano para otras personas, para mí él ya formaba parte de una etapa importante de mi vida. Había conversaciónes, tratamientos, preguntas, respuestas y momentos que se habían quedado guardados en mi memoria.

Y ahora me estaba diciendo que se iba.

Debió notarseme en la cara. Me tomo de la mano.

-No estés triste.

Pero era difícil no estarlo.

A veces una despedida no necesita ser definitiva para doler.

Y entonces hice algo que llevaba tiempo guardando.

Le conté mi pequeño secreto.

Le dije que había estado publicando mi libro.

Mi libro.

Ese proyecto que comenzó siendo solamente mío, escrito entre pensamientos, recuerdos y emociones, y que poco a poco había empezado a salir de mis cuadernos para llegar a otras personas.

No sabía exactamente que pensaría.

Pero sonrió.

Y entonces hizo algo que jamás voy a olvidar.

Tomó un bolígrafo y me lo regaló. 🖋️

Para que escribas. Para que sigas explotando esa imaginación de la mejor manera.

No pude contenerme.

Lloré.

Simplemente lloré.

Porque quizá para él solamente fue un bolígrafo.

Pero para mí no.

Era un pequeño recordatorio de que alguien había visto esa parte de mi que muchas veces permanece escondida,

La escritora.

La chica que imagina historias.

La que llena páginas cuando no sabe como acomodar todo lo que lleva dentro.

Ese bolígrafo significaba mucho más de lo que probablemente podía imaginar.

Pensé que lo conservaría.

Que algún día lo tendría entre mis cosas y podría verlo y recordar aquel consultorio, aquella conversación y aquel momento.

Pero la vida decidió hacerme una pequeña jugarreta.

De regreso a casa, olvide el bolígrafo en el taxi.

Cuando me di cuenta, ya no podía hacer nada.

Y me sentí mal.

Muy mal.

Sé que era solamente un objeto. Pero era el único recuerdo físico que iba a quedarme de aquel momento.

Y ahora ya no estaba.

Tal vez nunca vuelva a encontrarlo.

Tal vez aquel pequeño bolígrafo ya pertenece a otro lugar, a otra persona, a otro día.

Pero quiero pensar que lo importante no era el objeto.

Era lo que significaba.

Las palabras que acompañaron aquel regalo todavía están conmigo.

Y esas nadie puede quitármelas.

Después fuimos a surtir la medicina.

Todo salió bien.

Pero al regresar a casa, había otra cosa que me dolía.

Mi mamá lloraba.

Y yo sentía una impotencia enorme.

Quería ayudarla económicamente.

Quería poder decirle:

(No te preocupes, yo puedo ayudarte).

Pero todavía no puedo.

Quizá sea cuestión de tiempo.

Eso quiero creer.

Actualmente encontrar trabajo es complicado y, para mí, encontrar un lugar en el que pueda desenvolverme y sentirme respetada también puede ser un desafío.

He recibido propuestas que simplemente no van de acuerdo con la persona que soy ni con mis valores.

No tengo nada en contra de las mujeres que deciden trabajar de esa manera. Es su vida, sus decisiones y sus circunstancias. Pero para mí no es un camino que quiera tomar.

Por mi religión.

Por mis valores.

Por mí.

Y decir que no a algo que va en contra de lo que creó no debería hacerme sentir culpable.

Aunque a veces duela necesitar dinero y no encontrar todavía la oportunidad que estoy buscando.

Lo que más me duele es sentir que quizá mi condición me hace las cosas más difíciles.

A veces me preguntó porque tuve que nacer así.

¿Por qué algunas cosas que para otras personas parecen sencillas para mí pueden convertirse en verdaderos obstáculos?

Y si...

Hay momentos en los que siento impotencia.




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