23-11-2025
Madrid.
Querida Louise:
Hoy me acordé de una tarde contigo.
No sé por qué precisamente esa.
Hay recuerdos que aparecen sin avisar y otros que uno tiene que esforzarse por recuperar. Este fue de los primeros.
Estaba haciendo algunas cosas en casa cuando me acordé de aquella vez que insististe en que saliéramos porque, según tú, yo llevaba demasiados días encerrado.
Te dije que tenía cosas que hacer.
Tú respondiste que siempre tenía cosas que hacer.
Y, aunque me molestó un poco que tuvieras razón, terminé aceptando.
No recuerdo adónde fuimos exactamente. Creo que ni siquiera llegamos al lugar al que querías ir al principio. Nos entretuvimos por el camino y acabamos sentados en una cafetería, hablando de cualquier cosa.
Bueno, tú hablabas más que yo.
Eso tampoco ha cambiado en mis recuerdos.
Me contaste algo que te había pasado durante el día. No recuerdo los detalles, pero sí recuerdo que estabas enfadada con alguien y que, mientras me lo contabas, cambiabas de opinión sobre lo que deberías haber respondido.
Primero decías que tendrías que haberle dicho una cosa.
Después que no, que habría sido mejor decir otra.
Al final terminaste riéndote de ti misma.
Yo también me reí.
Y me acuerdo de que me miraste y me preguntaste de qué me reía.
Te dije que de nada.
No me creíste, por supuesto.
Nunca se te dio demasiado bien aceptar mis respuestas cuando sabías que estaba escondiendo algo.
A veces me pregunto si todavía haces eso con los demás. Si sigues mirando a las personas de esa manera cuando sospechas que no te están contando toda la verdad.
Supongo que algunas costumbres no desaparecen tan fácilmente.
Aunque quizá sí.
Ha pasado tiempo.
No sé por qué sigo sorprendiéndome al pensar en eso. Como si una parte de mí esperara que todo permaneciera exactamente igual, aunque yo ya no esté ahí para verlo.
Es bastante egoísta, si lo pienso.
Querer que alguien siga siendo la persona que recuerdas, incluso cuando ya no formas parte de su vida.
Pero supongo que todos tenemos un poco de eso.
O al menos yo sí.
Hoy también recordé algo más.
Cuando salimos de aquella cafetería, hacía frío. Tú no habías llevado suficiente abrigo y empezaste a quejarte mientras caminábamos.
Te ofrecí el mío.
Dijiste que no lo necesitabas.
Unos minutos después volviste a quejarte del frío.
No voy a mentir: me hizo gracia.
Al final terminaste aceptándolo y pasaste el resto del camino con las mangas cubriéndote las manos.
Es una tontería, lo sé.
Pero recuerdo haber pensado que me gustaba caminar contigo sin tener que ir a ningún sitio en particular.
No necesitábamos hacer nada especial.
A veces bastaba con salir, hablar un rato y regresar cuando empezaba a hacerse tarde.
Nunca te dije que aquellas tardes eran de mis favoritas.
No porque fueran extraordinarias, sino porque podía estar contigo sin sentir que tenía que demostrarte nada.
Creo que eso era lo que más me gustaba de nosotros.
Contigo podía dejar de pensar durante un rato.
No tenía que preocuparme por lo que vendría después ni por todas las cosas que todavía no sabía cómo resolver.
Éramos tú y yo, caminando por alguna calle de Madrid, discutiendo por cosas sin importancia.
Y yo no pensaba en perderte.
Qué curioso, ¿verdad?
Uno nunca se sienta a pensar en todas las cosas que algún día va a extrañar mientras todavía las tiene.
O quizá sí, pero decide no hacerlo porque parece absurdo preocuparse por algo que todavía no ha ocurrido.
Yo nunca imaginé que llegaría un día en el que recordaría nuestras conversaciones de esa manera.
Como algo que ya no puedo tener.
Esta tarde encontré el abrigo que llevaba aquella época. No sé si lo recuerdas. Es uno oscuro que casi nunca me ponía porque decía que no me gustaba cómo me quedaba.
Tú decías que exageraba.
No tiene nada de especial, pero me quedé mirándolo un momento antes de guardarlo.
Me pregunté si alguna vez te acordarías de aquella tarde.
Probablemente no.
Y está bien.
No todos los recuerdos tienen que significar lo mismo para las dos personas que los vivieron.
Quizá para ti solo fue una tarde cualquiera.
Para mí también lo era entonces.
No sabía que algún día iba a echar de menos algo tan sencillo.
Últimamente me pasa mucho eso contigo, Louise.
Empiezo recordando una cosa pequeña y termino preguntándome cómo habría sido todo si las cosas no hubieran acabado como acabaron.
Estoy intentando no hacerlo tanto.
No siempre lo consigo.
Pero hoy no quiero pensar en aquella noche.
Hoy prefiero quedarme con la cafetería, con tus quejas por el frío y con la manera en que te reías cuando algo te hacía gracia de verdad.
Por una vez, quiero recordar algo sin buscarle un final diferente.
Solo eso.
No sé si mañana volveré a escribirte sobre otra tarde que probablemente tú ya hayas olvidado.
Seguramente sí.
Parece que últimamente tengo demasiadas cosas guardadas en la memoria.
Y muy pocas personas a las que contárselas.
Buenas noches, Louise.
Cuídate mucho.
Jobe.