Casados en caos.

Capítulo 4: El reglamento esposa florero.

Desperté con el sonido de una campana.

No una campana cualquiera: una campana de bronce, del tamaño de un perro mediano, que alguien hacía sonar al pie del sofá con una vocación militar. Abrí un ojo. Fabián, el mayordomo, me observaba con una bandeja de plata y una sonrisa de monje.

-Buenos días, señora. El señor la espera para el desayuno. Y para la lectura del reglamento.

-¿Qué reglamento?

-El de la señora Hartwood.

Me incorporé tan rápido que el cojín con forma de cisne salió disparado y decapitó un busto de mármol. Fabián ni parpadeó.

-Ese busto era de un bisabuelo.

-Dígale que murió con honor.

Me vestí a toda prisa, con una bata prestada, y seguí a Fabián por un pasillo de cuarenta metros hasta el comedor, una sala del tamaño de un hangar con una mesa de roble tan larga que Brunce, sentado en la cabecera, parecía una figura de pastel de bodas. Llevaba una camisa blanca remangada hasta los codos, el cabello revuelto y una taza de café negro. Al verme, sonrió como quien contempla su postre favorito.

-Buenos días, esposa.

-Buenos días, vampiro.

-Siéntate. Tengo algo para ti.

Me señaló el extremo opuesto de la mesa, a quince metros de distancia. Allí me esperaba un plato de huevos, un croissant y, en el centro, una carpeta de cuero negro con mi nombre grabado en letras doradas: *Reglamento de la Señora Hartwood*.

-¿Esto es una broma?

-Es una guía de convivencia. Léela en voz alta, por favor.

-No.

-Gissel.

-No.

-Gissel, preciosa, hay un croissant en juego.

Abrí la carpeta con el desprecio de quien abre una citación judicial. Había cuarenta reglas, escritas con una caligrafía tan elegante que dolía. Las leí en voz alta, con todo el veneno que pude juntar:

-«Uno: la señora Hartwood sonreirá en toda fotografía. Dos: la señora Hartwood vestirá colores sobrios, preferentemente aquellos que combinen con la decoración. Tres: la señora Hartwood no alzará la voz en presencia de socios, servicio o jarrones. Cuatro: la señora Hartwood asistirá a las cenas con una actitud decorativa y agradable».

-Me parece razonable -dijo Brunce, bebiendo su café.

-«Siete: la señora Hartwood no opinará sobre negocios, política ni sobre el color de las cortinas». ¿Las cortinas?

-Las eligió mi madre.

-«Doce: la señora Hartwood se abstendrá de cualquier intento de fuga». ¿Intento de fuga? ¡Hay una regla específica para esto!

-Tu historial me obligó.

-«Treinta y ocho: la señora Hartwood permitirá que su esposo, de vez en cuando, la bese». -Levanté la vista, escandalizada-. ¡«De vez en cuando»!

-Fui generoso. Podría haber puesto «a diario».

-«Cuarenta: la señora Hartwood será, en todo momento, una esposa florero.»

Cerré la carpeta con un golpe que hizo vibrar los cubiertos. En el silencio posterior, escuché a Margot ahogando un jadeo en la puerta y a Fabián haciéndose el sordo con mucha dedicación.

-Una esposa florero -repetí, con una calma peligrosa.

-Hermosa, elegante, discreta. -Brunce se encogió de hombros con la tranquilidad de un hombre que no ha visto venir el tsunami-. Quedarías perfecta junto al piano.

-Entonces me quedaré junto al piano.

-Excelente.

-Y también me sentaré en el piano. Y encima del piano. Y tocaré el piano con los pies.

-No sabes tocar el piano.

-Por eso será una experiencia memorable.

Se rio. Con la cabeza echada hacia atrás, mostrando una dentadura perfecta (y, sí, unos caninos algo prominentes) y llenando el comedor de una alegría tan contagiosa que me dieron ganas de arrojarle el croissant en plena cara. Lo hice. Le acerté entre las cejas. Margot soltó un grito. Fabián se apoyó en la pared, temblando de risa contenida.

Brunce se quitó migas del rostro, impasible, y sonrió con una lentitud letal.

-Eso, esposa mía, va en el reglamento como infracción número cuarenta y uno.

-Redáctala con tinta roja.

El resto del día fue una guerra de guerrillas.

Primero, mandé comprar cuarenta globos de helio y los hice atar, uno por uno, a todos los candelabros de la mansión. A las diez de la mañana, el salón principal parecía una fiesta infantil organizada por un loco. A las diez y cuarto, Brunce entró en el salón, vio los globos, me vio a mí, sentada en el sofá con un libro invertido, y sin decir una palabra tomó un alfiler del escritorio.

-No te atreverías -dije.

-Soy un hombre de recursos.

Hubo una explosión, luego otra, luego una cascada de estallidos. Corrí por la sala esquivando globos reventados, y Brunce me persiguió con una sonrisa y el alfiler en alto, como un duelista del siglo diecinueve. Esquivé un sillón, salté sobre una mesa baja, derribé un candelabro (de cartón, por suerte) y terminé acorralada contra una columna.

Él se detuvo a un palmo. Respiraba agitado, con el cabello revuelto, los ojos oscuros brillando de entusiasmo. Dejó caer el alfiler. Apoyó la mano en la columna, junto a mi cabeza, y bajó la voz hasta un susurro peligroso.

-Estás sonrojada.

-Es el esfuerzo físico.

-Y tu pulso...

-Es el esfuerzo físico, Brunce.

-Y tus labios...

-¡Tienen frío!

-Entonces permíteme calentarlos.

Se inclinó. Yo, con el instinto de supervivencia de una gacela, me agaché, giré bajo su brazo y salí corriendo hacia la escalera. Él se quedó junto a la columna, con la boca a medio camino de nada, riendo a carcajadas.

-¡Huye todo lo que quieras, señora Hartwood! -gritó a mis espaldas-. ¡La casa es grande, pero mi paciencia es infinita!

Subí las escaleras de tres en tres, con el corazón desbocado y la mente repitiendo un mantra: *no es atractivo, no es atractivo, no es atractivo*.

Era atractivo. Qué fastidio.

La tarde fue peor. Descubrí que el servicio estaba dividido en dos bandos: los leales a Brunce, encabezados por Margot, y los leales a mí, que se reducían a una criada novata llamada Lupe, que me miraba con adoración desde que se enteró de que le había lanzado un croissant a su jefe. Lupe me entregó, con sigilo de espía, un mapa de la mansión dibujado a mano.




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