Casados en caos.

Capítulo 6: La cena de socios.

-Regla número uno de la cena -dijo Brunce, ajustándose los gemelos frente al espejo del vestíbulo-: sonríes, callas y haces de florero.

-Regla número uno mía -respondí, alisándome el vestido rojo que había elegido a propósito porque la regla dos del reglamento exigía «colores sobrios»-: hago lo que me da la gana.

Brunce me miró de arriba abajo. Primero con fastidio, después con sorpresa y, por último, con una expresión que me hizo agarrar el bolso con más fuerza de la necesaria. El vestido era rojo como una alarma de incendios, con la espalda descubierta y un escote que, según Lupe, «haría llorar a un monje».

-Ese vestido no está en el reglamento -logró decir.

-Qué casualidad. Yo tampoco.

-Gissel...

-Estás despeinado, por cierto.

Se llevó la mano al cabello. No estaba despeinado, pero aproveché ese segundo de duda para salir al salón con la cabeza en alto, dejándolo atrás, aclarándose la garganta con la mirada clavada en mi espalda desnuda.

La cena era en la mansión, en un comedor que Margot había transformado en un paisaje de ensueño: velas flotantes, cristalería de museo, orquídeas blancas, un cuarteto de cuerda escondido tras un biombo. Doce invitados ocupaban la mesa, todos socios de la fusión, todos con trajes oscuros y sonrisas de tiburón. Mi padre, Oliver, presidía un extremo con la solemnidad de un rey. Augusto Hartwood, el padre de Brunce, presidía el otro con la solemnidad de un rey rival. Entre ambos, una guerra fría de copas y brindis.

-Señores -anunció Augusto con su voz de trueno-, mi nuera.

Doce cabezas se giraron. Doce sonrisas se ensancharon. Yo hice una reverencia teatral que arrancó un murmullo de aprobación, mientras Brunce, a mi lado, murmuraba entre dientes:

-Estás disfrutando esto.

-Muchísimo.

Nos sentaron frente a frente, con una orquídea de por medio, y a mi izquierda, con una sonrisa que de inmediato me cayó bien, se sentó un hombre de unos treinta y cinco años, de cabello rubio ceniza, ojos verdes y una elegancia relajada de quien jamás ha pagado una multa.

-Rafael Montclair -se presentó-. Naviero. Su padre me ha hablado mucho de usted.

-¿Bien o mal?

-«Es una fuerza de la naturaleza». Lo dijo con terror.

Solté una carcajada. Me salió tan espontánea que dos socios giraron a mirarme. Rafael sonrió con una picardía que me recordó a un niño travieso.

-Debo decirle, señora Hartwood, que su vestido ha sido el tema de la noche.

-¿Escandaloso?

-Valiente. Aquí nadie se atreve a desafiar al reglamento.

-¿Conoce el reglamento?

-Es famoso. Lo han filtrado seis veces.

-¡Margot!

-Margot no. Fabián. Cobra caro, pero entrega rápido.

No pude evitarlo. Le sonreí de oreja a oreja. Rafael me guiñó un ojo y, con total solemnidad, me pasó el panecillo de su plato, un gesto absurdo que, por alguna razón, me pareció el colmo del ingenio. Nos reímos los dos, bajito, como dos niños que traman algo en la última fila de una clase.

Del otro lado de la mesa, entre las orquídeas, un cuchillo repiqueteó contra un plato.

Brunce nos miraba.

No con enojo, no exactamente. Con una calma tensa, con la mandíbula apretada, con los dedos jugando con la copa como quien contiene una tormenta. Sus ojos oscuros pasaron de mi sonrisa a la de Rafael, de la de Rafael a mi mano, que justo en ese momento descansaba sobre el mantel muy cerca de la suya.

-Rafael -dijo Brunce con una amabilidad helada-, ¿cómo va el negocio de las navieras?

-De maravilla, Brunce. Aunque me distraje un poco con tu esposa. Es encantadora.

-Lo sé.

-Me ha dicho que el reglamento le parece «una obra maestra de la tiranía».

-No he dicho eso.

-Lo has dicho con los ojos.

Estallé en risas. Rafael también. Brunce, no. Brunce dejó la copa sobre la mesa con un golpecito que sonó a sentencia, y observó cómo yo le arrebataba a Rafael una aceituna del plato mientras él fingía indignación.

-Mi esposa -declaró en voz alta, con una sonrisa que no le llegaba a los ojos- tiene un sentido del humor muy particular.

-Es mi favorita -respondió Rafael.

-Es *mía*.

Silencio. Doce socios dejaron de masticar. Mi padre, desde la cabecera, alzó una ceja con deleite evidente. Augusto Hartwood sonrió tras su servilleta.

-Digo... -Brunce carraspeó-. Que es... mi esposa.

-Claro que sí, hijo -murmuró Augusto.

Yo me llevé la copa a los labios para ocultar la sonrisa. Las orejas de Brunce, lo juro, estaban rojas.

La cena continuó con un ritmo de comedia teatral. Cada vez que yo reía con Rafael, Brunce hacía un ruido: un cubierto, una tos, un golpe de rodilla contra la mesa. Cuando Rafael me ofreció la sal, Brunce, desde el otro lado, extendió el brazo y me acercó el pimentero con una precisión militar. Cuando Rafael me susurró una broma sobre un socio calvo que se había quedado dormido sobre el postre, Brunce derramó el vino. Cuando Rafael me guiñó un ojo por tercera vez, Brunce se levantó de golpe.

-Gissel -dijo con una voz inquietantemente tranquila-. Necesito hablar contigo.

-Estamos en la cena.

-Es urgente.

-¿De qué?

-De... un asunto de familia.

-Estás tú, yo, mi padre y tu padre en esta mesa. Todo es de familia.

-Gissel.

Su mirada era un incendio con modales. Me levanté con una lentitud exasperante, le dediqué a Rafael una sonrisa de despedida y seguí a Brunce por la puerta del jardín, bajo la mirada divertida de todo el comedor.

-¡No tarden mucho, tortolitos! -gritó mi padre, alzando su copa.

Salimos a la noche. El jardín de la mansión Hartwood, bañado por la luna, parecía sacado de un cuento: senderos de grava, setos recortados, un estanque con nenúfares, una fuente de mármol en el centro. El aire olía a jazmín. Los grillos cantaban. Y Brunce caminaba delante de mí, rígido como una tabla, con las manos en los bolsillos.

-¿Se puede saber qué te pasa? -pregunté.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.