Casados en caos.

Capítulo 7: El cuello de Gissel.

Mi estrategia de defensa tenía nombre, método y tres bufandas.

Después de lo del jardín, tuve que aceptar una verdad dolorosa: el problema no eran las manos de Brunce, ni sus ojos, ni esa voz de terciopelo que me erizaba hasta las pestañas. El problema era que, cada vez que se inclinaba hacia mí, sus ojos aterrizaban en el mismo sitio: mi cuello. Lo miraba como Colmillo mira el pescado. Y yo no pensaba dejar que el hombre al que llamaba «vampiro» probara suerte.

Así que me levanté, abrí el armario y empecé a construir una fortaleza.

Primero, un cuello alto de lana color mostaza, de esos que usaba mi abuela para ir a misa. Encima, una bufanda de cuadros, enrollada tres vueltas. Después, un pañuelo de seda azul, atado con un lazo tan elaborado que parecía una escultura. Para rematar, un cuello de piel que Lupe había rescatado de un baúl del desván y que olía a naftalina y a secretos familiares.

Me miré en el espejo. Parecía un muñeco de nieve que hubiera perdido una apuesta.

—Señora —dijo Lupe, asomando la cabeza por la puerta con una bandeja de desayuno—, ¿está usted bien?

—Estoy protegida.

—Se ve... abrigada.

—Es una armadura, Lupe.

—Es julio.

—Las armaduras no entienden de estaciones.

Lupe asintió con una solemnidad conmovedora y dejó la bandeja en la mesa. Yo intenté tomar el café, pero el cuello de piel me tapaba la boca, así que tuve que beberlo con una pajita, como una niña. Al verme sorber, Lupe se tapó la cara con las manos y salió corriendo, con los hombros temblándole.

Bajé las escaleras sudando como un pollo. Cada paso era un esfuerzo. Entre la lana, la seda y la piel, la temperatura de mi cuerpo rozaba la de un horno industrial. Pero no importaba. Mi cuello era territorio inviolable. Un santuario. Una zona desmilitarizada.

Llegué al comedor con la dignidad intacta. Brunce estaba sentado en la cabecera, leyendo un periódico con el ceño fruncido. Al oír mis pasos, levantó la vista. Y se quedó inmóvil.

Primero me miró a los ojos. Después a la bufanda. Después a la piel. Después a la lana. Después otra vez a los ojos, con una ceja alzada tan despacio que me dio tiempo a contar los segundos.

—Buenos días —dijo.

—Buenos días —respondí, con la voz amortiguada por tres capas de tela.

—Te veo... diferente.

—Es moda.

—¿De qué siglo?

—De uno con inviernos largos.

Dejó el periódico. Se levantó. Rodeó la mesa con las manos en los bolsillos, dando vueltas a mi alrededor como un tiburón que estudia un barco de madera.

—Dime, esposa —murmuró—. ¿Estás enferma?

—No.

—¿Tienes frío?

—Un poco.

—Estamos a veintiocho grados.

—Soy friolera por naturaleza.

—Estás sudando.

—Es una... reacción alérgica a la lana.

—Entonces ¿por qué la llevas?

—Por... masoquismo.

Se detuvo detrás de mí. Sentí su presencia en la espalda, el calor de su cuerpo a unos centímetros, su respiración tibia sobre la bufanda. Mi corazón dio un brinco de ardilla. Cerré los ojos.

—Gissel —susurró, con una voz que parecía diseñada para derretir mantequilla—. Si lo que pretendes es esconder el cuello, te advierto que estás consiguiendo lo contrario.

—¿Cómo?

—Porque ahora no puedo dejar de pensar qué hay debajo.

Me giré tan rápido que la bufanda de cuadros me golpeó la cara.

—¡Pervertido!

—Es una observación científica.

—¡Vampiro pervertido!

—Vampiro, si insistes. Pervertido, no. —Sonrió, con un brillo diabólico en los ojos—. Tengo un nivel de decencia aceptable.

—¡Tu nivel de decencia es un chiste!

—Tu nivel de ropa es una amenaza para la salud pública.

Se rio. Se rio con ganas, apoyando una mano en la mesa, y yo, indignada, lo señalé con un panecillo como si fuera una espada.

—Pues no pienso quitarme nada. Ni una prenda. Ni un hilo.

—Entonces, ¿esto es una guerra?

—Esto es una defensa.

—Una defensa muy abrigada.

—¡Brunce!

—¿Sí, mi vida?

—¡Deja de sonreír!

—Imposible. Es mi mejor momento del día.

Desayunamos en una tensión deliciosa. Él untaba su tostada con una calma sospechosa. Yo mordía mi croissant con la boca tapada por la piel, dejando migas por todas partes. En un momento dado, Fabián se acercó con la jarra de zumo, observó mi atuendo con una gravedad conmovedora y murmuró:

—Señora, ¿desea que le traiga un ventilador?

—No, Fabián, gracias.

—¿Un abanico?

—No.

—¿Una pala para cavar su propia tumba térmica?

—¡Fabián!

—Perdón, señora. Es el calor.

La mañana avanzó como una lenta cuenta atrás. Brunce, para mi desgracia, tenía el día libre. Esto significaba que, en cada habitación a la que me escapaba, aparecía él unos minutos después, con una excusa distinta.

En la biblioteca, fingió buscar un libro justo detrás de mí, apoyando un brazo sobre el estante, a la altura de mi cabeza.

—«Poemas de amor» —leyó, con voz grave—. «Para ser leídos en voz baja, a un oído».

—No te atrevas.

—Soy un lector asiduo.

—Eres un acosador asiduo.

Cuando se inclinó para susurrarme un verso, lo esquivé con una pirueta que me hizo chocar con una escalera de mano, que a su vez derribó cuatro tomos de enciclopedia, que a su vez cayeron sobre su pie. Brunce soltó un alarido ahogado. Yo huí a la cocina, con las bufandas ondeando tras de mí como banderas de rendición.

En la cocina, el cocinero me ofreció una manzana. Brunce me la quitó de la mano, la mordió y me la devolvió con una sonrisa.

—Ahora está mejor.

—¡No pienso comerla!

—Regla número cuarenta y siete: la señora Hartwood puede rechazar fruta que haya tocado su esposo.

—¿Esa también la inventaste hoy?

—La invento sobre la marcha. Es parte del encanto.

En el jardín, me siguió con una sombrilla, «para que no se queme». En el salón de música, se sentó al piano y tocó una melodía tan hermosa que estuve a punto de olvidar mi misión. En el invernadero, me ofreció una rosa, tan roja que parecía pintada. Yo la acepté, desconfiada, y descubrí que escondía una nota en el tallo. La abrí con dedos temblorosos:




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