Brunce declaró la guerra oficial un domingo por la mañana, con una carta lacrada.
Me la entregó Fabián en el desayuno, sobre una bandeja de plata, con la solemnidad de un heraldo medieval. El sobre era de papel grueso, color crema, con el sello de los Hartwood en cera negra. Lo abrí delante de Brunce, que bebía su café descafeinado (ya se había resignado) con una calma sospechosa.
*«Por la presente, el señor Brunce Hartwood declara el estado de sitio en la mansión. Quedan prohibidas las emboscadas con globos, las cuerdas de nailon, las bolsas de aire, el soborno de mayordomos y el uso de animales como armas. Las infracciones serán castigadas con extrema elegancia.»*
-¿Extrema elegancia? -pregunté.
-Es mi especialidad.
-Esto es una amenaza.
-Es una advertencia cordial.
-Tiene sello de cera.
-Siempre hay que ponerle estilo a la derrota ajena.
Doblé la carta con un gesto lento y la guardé en el escote, que es donde una mujer de carácter guarda los documentos que piensa responder. A mis pies, Colmillo bostezó. Tormenta, bajo la mesa, apoyó la cabeza en mi rodilla y soltó un suspiro de aburrimiento. Fabián, desde el aparador, carraspeó con la dignidad de quien acaba de cobrar de ambos bandos.
-Acepto la guerra -dije al fin.
-Lo sabía.
-Pero que conste que tú empezaste.
-Tú me cambiaste el café por descafeinado.
-Tú me escribiste cuarenta reglas.
-Cuarenta y nueve.
-¿Cuarenta y nueve? Creí que eran cuarenta y ocho.
-Escribí una anoche. Bajo tu almohada.
-Esa la leí.
-Entonces ya sabes lo que quiero.
-Un hueco en mi cama.
-Un hueco *en el sofá*, Gissel. Estaba hablando de gatos.
-No lo parecía.
-Qué mala interpretación. -Sonrió, con unos ojos que decían exactamente lo contrario-. Yo, en cambio, hablaba de gatos con total inocencia.
Me levanté con un golpe de servilleta. Colmillo saltó de mi regazo con un maullido ofendido. Salí del comedor con la barbilla alta y un plan que ya germinaba en mi cabeza como una semilla diabólica.
Lo primero que hizo Brunce fue instalar alarmas.
Cuando me desperté el lunes, descubrí un hilo muy fino, casi invisible, tendido a la altura de mi tobillo en la puerta del dormitorio. Lo atravesé sin darme cuenta y, de inmediato, sonó una sirena capaz de despertar a los muertos. Dos jardineros entraron corriendo con rastrillos. Lupe cayó de su litera con un grito. Fabián apareció en bata, con un gorro de dormir y un candelabro encendido, como un fantasma victoriano.
-¡Intruso! -gritó-. ¡Intruso en la habitación de la señora!
-Soy yo, Fabián.
-¡Ah! -Se llevó la mano al pecho-. Perdone, señora. Es que el señor cobró doble por la guardia nocturna.
Brunce apareció al final del pasillo, apoyado en la pared con los brazos cruzados, vestido con una camiseta negra y unos pantalones de pijama de seda gris. Despeinado, descalzo, con un destello de satisfacción en la sonrisa.
-Buenos días, esposa.
-Es de madrugada.
-Lo sé. Quería comprobar si funcionaba.
-¡Me has instalado una alarma!
-Es una medida de seguridad doméstica.
-¡Es una invasión de la intimidad!
-Es una declaración de guerra con estilo.
-¿Qué más has puesto?
Su sonrisa se ensanchó con una crueldad deliciosa.
-Descúbrelo.
Descubrí, en las horas siguientes, que Brunce había convertido la mansión en un parque de atracciones de la paranoia. Sensores de movimiento en la cocina. Un detector de gatos en el salón (que, por suerte, Colmillo desactivó sentándose encima). Un sistema de luces que se encendía cuando yo pasaba cerca de su despacho. Un timbre en cada puerta que sonaba con una voz grabada del propio Brunce diciendo: «Buenos días, señora Hartwood». Y en la escalera principal, un escalón con una trampa que, al pisarlo, soltaba una ráfaga de aire tibio con aroma a lavanda.
-¡Esto es acoso olfativo! -me quejé, mientras Fabián me abanicaba con un pañuelo.
-Es aromaterapia, señora.
-¡Es una conspiración!
-Es una conspiración *relajante*.
Pero yo no era de las que se rendían. Esa misma tarde, convoqué un consejo de guerra en el desván. A la mesa: Lupe, con un cuaderno; Rosario, la lavandera, con los brazos en jarras; Colmillo, sobre un baúl; Tormenta, tumbado a mis pies; y una pizarra donde dibujé, con tiza, un plano de la mansión.
-Hay una zona que no ha tocado -dije, señalando un rectángulo en la parte trasera-. La piscina.
-¿Qué piensa hacer, señora? -preguntó Lupe.
-Mi mejor idea hasta ahora.
-¿Y es...?
-Gelatina.
Silencio absoluto. Rosario, la lavandera, se persignó.
-¿Cuánta gelatina, señora?
-La piscina entera.
-Eso son... diecisiete mil litros.
-Lo sé. Lo calculé esta mañana.
-Señora, esa gelatina no existe.
-Existirá. Tengo contactos.
Conseguir diecisiete mil litros de gelatina fue más fácil de lo que pensaba. El proveedor de la mansión, un hombre menudo con bigote de morsa, se negó al principio.
-Señora, es una locura.
-Es una inversión en el matrimonio.
-¿Cómo?
-Es un regalo sorpresa para mi esposo.
Hubo un silencio largo. Luego, el hombre se quitó el sombrero.
-En ese caso, señora, le haré precio de mayorista.
Esa noche, mientras Brunce asistía a una reunión virtual con Singapur, un camión cisterna rosa fosforito entró por la puerta trasera de la mansión. Los jardineros, sobornados con vales de comida, acarrearon mangueras, removieron cubas gigantescas y esparcieron colorante alimentario por todo el borde de la piscina. Fabián, con una linterna en la boca, supervisaba. Lupe vigilaba la entrada. Rosario aportaba su experiencia en manchas.
Al amanecer, la piscina de los Hartwood era un lago de gelatina de fresa, brillante, temblorosa, de un rojo traslúcido que casi daba miedo. En la superficie, perfectamente centrada, flotaba una nota: *«Dive in, vampiro.»*
Editado: 08.10.2026