Casados en caos.

Capítulo 10: Spa de la tentación.

Después de la gelatina, mi cuerpo exigió un armisticio.

Tenía agujetas en lugares que ignoraba que existían. Me dolían los hombros de reír, las piernas de correr y el orgullo de haber estado a un suspiro de perder una guerra que yo misma había declarado. Por eso, cuando Margot me anunció que la mansión tenía un spa privado en el ala este, abierto solo para mí por orden del señor, mi primer instinto fue desconfiar.

-¿Por orden del señor? -repetí, con una ceja levantada.

-Dijo que era un gesto de paz, señora.

-Brunce no conoce la paz. Conoce el sabotaje con buenos modales.

-Me pidió que le dijera que no hay trampas.

-Eso es exactamente lo que diría alguien que ha puesto una.

-Señora -Margot suspiró con la paciencia de una santa-, hay una sala de vapor, una bañera de hidromasaje, un jacuzzi con luces de colores y un masajista profesional que viene recomendado. Los jardineros dicen que es lo mejor de la casa.

-¿Los jardineros han estado en el spa?

-Con permiso del señor, los viernes.

-Menudo imperio de lujos tienes, Brunce Hartwood -murmuré.

Dudé. Pero mi espalda emitió un crujido tan lamentable que tomé la decisión por mí. Me puse una bata blanca, unas zapatillas de felpa y una mascarilla de pepino que Lupe me aplicó con una solemnidad de cirujana. Colmillo y Tormenta, mis fieles escoltas, me acompañaron hasta la puerta, donde se sentaron a vigilar con aire de guardaespaldas profesionales.

-Si hay problemas -les susurré-, aúllen.

Tormenta ladró una vez, con convicción. Colmillo cerró los ojos y se puso a dormir.

-Gracias por el apoyo, colega.

El spa era un paraíso. Paredes de mármol claro, velas flotando en cuencos de agua, música de arpa saliendo de altavoces invisibles, plantas exóticas que goteaban humedad con elegancia. Un aroma a eucalipto y lavanda me envolvió de inmediato, y por primera vez en semanas, mis hombros bajaron dos centímetros.

-Qué maravilla -suspiré.

Una voz grave, ronca, con un acento extraño y evidentemente falso, respondió desde las sombras:

-Bienvenida, señora. Soy Sven.

Me giré. Frente a mí, junto a una camilla cubierta de toallas blancas, había un hombre alto, corpulento, con una bata de masajista tan ajustada que parecía a punto de estallar. Llevaba el cabello cubierto con un gorro blanco, unas gafas oscuras que le tapaban media cara, una barba postiza de un rubio imposible y un bigote que se le había despegado un poco de un lado.

-¿Sven? -repetí.

-Sven. De Suecia.

-¿De Suecia?

-De... la parte sueca de Suecia.

-Ya veo.

-Soy el mejor masajista del hemisferio norte.

-¿Y cómo llegó a esta mansión?

-Por... recomendación del viento.

-Ah, ya.

Lo estudié con calma. Le miré los hombros anchos, las manos grandes, la forma de inclinar ligeramente la cabeza al hablar, el brillo diabólico que se le escapaba por debajo de las gafas. Y sobre todo, miré esa boca, esa curva torcida que reconocería en cualquier parte del mundo.

-Sven -dije, con la mayor inocencia del universo-, ¿tiene usted una cicatriz en la ceja izquierda?

-...No.

-¿Un lunar bajo la oreja?

-Soy un hombre sin marcas.

-¿Y una risa grave, como de terciopelo?

-Soy sueco. Nos reímos poco.

-Ya.

Me tumbé boca abajo en la camilla, con la cara hundida en el agujero acolchado, y sonreí contra la toalla. Sven, que sin duda era Brunce Hartwood con barba de carnaval, carraspeó, se frotó las manos y acercó un frasco de aceite aromático.

-¿Alguna zona en especial, señora?

-Los hombros. Me duelen mucho.

-Yo me encargo.

-Y las piernas.

-Haré lo que pueda.

-Pero nada de cuellos.

Hubo un silencio ligeramente alarmado.

-...¿Nada de cuellos?

-Tengo una alergia terrible al contacto en el cuello.

-Qué lástima. Es mi zona favorita.

-Lo imaginaba.

Sus manos cayeron sobre mis hombros y estuve a punto de olvidar cada una de mis precauciones. Eran cálidas, fuertes, increíblemente hábiles. Los dedos presionaron justo donde dolía, y un suspiro que no pude contener se me escapó de los labios.

-Ahí -murmuré-. Sí. Ahí.

-Aquí.

-Más abajo.

-¿Así?

-Un poco a la izquierda.

-A la orden, señora.

Debo reconocer que el hombre tenía talento. Cada nudo de mi espalda se deshizo bajo su toque, cada músculo contraído se rindió. Pasaron cinco minutos. Diez. Mi mente comenzó a flotar. Pensé que quizá la guerra no era tan importante. Pensé que la paz tenía cierto encanto. Pensé que Sven era un genio. Y entonces, con una voz que apenas fue un susurro sobre mi oreja, escuché:

-¿Le gusta, señora?

-Mmm...

-¿Cómodo?

-Mmm.

-Precioso.

-Mmm...

-Esta noche, ¿le gustaría repetir?

Abrí los ojos de golpe.

-Brunce.

-...Soy Sven.

-Eres Brunce.

-Soy un hombre con acento.

-Lo tienes mal. El acento sueco no se mezcla con el de Madrid.

-¡Es un acento escandinavo-mediterráneo!

-¡Es tu barba, que se te cae!

Me incorporé, girando sobre la camilla. En ese momento, el bigote postizo decidió abandonar el barco y aterrizó, con una ligereza trágica, en mi frente. Nos quedamos mirándonos, él con una barba a medio despegar, yo con un bigote adherido a la mascarilla de pepino. Hubo un silencio de tres segundos.

Y entonces estallamos en carcajadas.

-¡Eres un genio del disfraz! -lloré de risa.

-¡Era una obra maestra!

-¡Sven de Suecia!

-¡Tenía un currículum completo!

-¡Te recomendó el viento!

-¡Fue mi mejor idea!

Se arrancó las gafas, el gorro y media barba, y me miró con el rostro encendido, el cabello revuelto, los ojos brillantes de felicidad. Lo tenía a escasos centímetros, de pie junto a la camilla, con aceite aromático goteándole de las manos y la bata abierta de forma peligrosa sobre el pecho.

-Te dije que no había trampas -dijo, entre risas.




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