-Regla número uno de la gala -dijo Brunce, dándose el último toque a la corbata frente al espejo del vestíbulo-: no huyas.
-Regla número uno mía -respondí, bajando la escalera con un vestido azul medianoche que Lupe había rescatado de una tienda de lujo y de una discusión con una dependienta-: ya veremos.
Brunce se giró. Y se quedó mudo.
No fue un silencio normal. Fue un silencio de los que se oyen: el tictac del reloj, la respiración de Fabián, el roce de la cola de Colmillo contra la pata de una silla. Brunce, el hombre que había cerrado fusiones de cuatrocientos millones sin pestañear, abrió la boca, la cerró, volvió a abrirla y soltó:
-Estás...
-¿Sí?
-Vestida.
-Sí, ese era el plan.
-Es decir... -Carraspeó-. Estás muy bien vestida.
-Gracias.
-Demasiado.
-¿Demasiado?
-Es una observación objetiva. Me preocupa la seguridad de los invitados.
Fabián, al fondo, anotó algo en su libreta. Margot se llevó un pañuelo a los ojos. Lupe, con las manos juntas, me miraba como si acabara de ver nacer una estrella. Yo, por mi parte, me alisé el vestido con una calma envidiable, porque por dentro me temblaban hasta las uñas.
Brunce llevaba un esmoquin negro, camisa blanca, el cabello peinado hacia atrás con una disciplina que ya empezaba a deshacerse en un mechón rebelde sobre la frente. Estaba, siendo honesta, devastador. Pero me habría arrancado la lengua antes de admitirlo.
-Estás despeinado -dije.
-No lo estoy.
-Te falta un mechón.
-Me sobra.
-Tienes razón. Te sobra. Te lo arreglo.
Antes de que reaccionara, estiré el brazo y le revolví el pelo con las dos manos. Brunce se quedó inmóvil, con los ojos cerrados y los labios apretados, como si le hubiera clavado una daga. Cuando abrió los ojos, tenía el cabello hecho un nido de pájaros y la mirada de un hombre que acaba de jurar venganza.
-Eso -dijo, muy bajito- lo vas a pagar bailando.
-No pienso bailar.
-Es una gala benéfica.
-Dono dinero.
-Hay un baile de apertura. Los anfitriones abren el vals.
-Tengo un pie roto.
-Lo vi saltar la fuente ayer.
-Es una lesión muy discreta.
Me tomó la mano, la acercó a sus labios y depositó un beso corto, caliente, deliberado, que me recorrió el brazo hasta la nuca.
-Gissel Hartwood -susurró-, esta noche vamos a bailar. Y vas a aprender que bailar conmigo es un deporte extremo.
-Qué ambicioso.
-Soy un hombre de metas.
La gala se celebraba en el Gran Salón del Museo de la Ciudad, una sala de techos altísimos, arañas de cristal y columnas de mármol, repleta de invitados que sostenían copas de champán y sonrisas de tiburón. Había orquesta en vivo, un cuarteto de cuerdas, un buffet de esculturas comestibles y una subasta de arte a beneficio de un orfanato. Todo era elegante, pulcro y tremendamente peligroso para alguien como yo.
Mi padre, Oliver, nos esperaba en la entrada con una sonrisa de oreja a oreja.
-¡Mis hijos! -exclamó, abriendo los brazos-. ¡La pareja de la noche!
-Papá, no seas dramático.
-Hija, tienes un vestido precioso.
-Gracias.
-Pagado por tu marido.
-¿Qué?
-Eso me dijo Lupe.
Me giré hacia Brunce. Él contemplaba el techo con una inocencia monumental.
-Fue un gesto de buena voluntad -dijo.
-Era un vestido de siete mil dólares.
-Los vestidos de siete mil dólares son los más buenos.
-¡Te lo devuelvo!
-No acepto devoluciones.
Mi padre levantó una ceja, sonrió, nos dio una palmadita a cada uno y se perdió entre los invitados canturreando.
Durante la primera hora, logré sobrevivir. Estreché manos, sonreí a fotógrafos, escuché a una señora que me describió con detalle su operación de cadera y respondí con evasivas a un socio que quería hablar «de la fusión, ya sabe, de la fusión». Brunce no se separó de mí en ningún momento. Su mano me rozaba la espalda desnuda cada vez que alguien se acercaba, su aliento me acariciaba la oreja cuando susurraba chismes, y su sonrisa se volvía más peligrosa a cada minuto que pasaba.
-Estás pegado a mí como una lapa -le murmuré, mientras fingía admirar una escultura de mantequilla.
-Soy un esposo atento.
-Eres un esposo asfixiante.
-Es una forma de afecto.
-Es una forma de cárcel.
-Una cárcel con vistas.
Hubo un instante de calma. Fue el último.
El maestro de ceremonias subió al escenario y golpeó el micrófono con un dedo.
-Damas y caballeros, ¡el baile de apertura!
Las luces se atenuaron. Un foco blanco me iluminó el rostro como a una presa. Seiscientos pares de ojos se giraron hacia Brunce y hacia mí. La orquesta empezó a tocar un vals lento, melodioso, traicionero.
-Gissel -susurró Brunce, tendiéndome la mano-. ¿Me concedes este baile?
-No.
-Hay cámaras.
-Odio las cámaras.
-Hay periodistas.
-Odio a los periodistas.
-Hay un gato escondido bajo tu falda.
-¿Qué?
Bajé la vista. Efectivamente, entre los pliegues del vestido, algo se movía. Un bultito peludo y gris asomó el hocico, me miró con unos ojos verdes llenos de dignidad y soltó un maullido apenas audible.
-¡Colmillo! -susurré, horrorizada-. ¿Cómo has...?
-Se coló en el coche -explicó Brunce, conteniendo la risa-. Y tu perro, también.
-¿Mi perro?
Un ladrido ahogado resonó bajo la mesa del buffet. Dos señoras se sobresaltaron. Un camarero dejó caer una bandeja de canapés. Y de entre las faldas del mantel emergió, con la lengua fuera y una trufa de chocolate en el hocico, Tormenta.
-¡Dios mío!
-Ya sabes lo que significa esto -dijo Brunce, tomándome la mano con firmeza.
-Que estamos perdidos.
-Que tenemos que bailar. Ahora. Antes de que causen una catástrofe.
-Pero Colmillo...
-Que se quede donde está. Está en la zona segura.
Me arrastró hacia el centro de la pista, mientras el gato, bajo mi falda, se acurrucaba con aire de huésped distinguido. Un murmullo de admiración recorrió la sala. Con una mano en mi cintura y la otra sosteniendo la mía, Brunce comenzó a guiarme en el vals, y yo, con el corazón desbocado, me dispuse a pisarle con puntería.
Editado: 08.10.2026