La culpa fue de la gelatina.
Diecisiete mil litros de gelatina de fresa no desaparecen por arte de magia. Se enfrían, se solidifican y, si los jardineros (sobornados con vales de comida) tienen la brillante idea de vaciar la piscina por el desagüe, terminan atascando tuberías centenarias que nadie ha revisado desde la época del bisabuelo del bigote espeluznante.
Lo descubrí a la mañana siguiente de la gala, cuando bajé a desayunar y encontré a Fabián en el vestíbulo, con una bata de pescador, unas botas de goma y una expresión de dignidad herida.
—Señora, la planta baja del ala este se ha inundado.
—¿Inundado de qué?
—De fresa.
—¿Cómo de fresa?
—Hasta los tobillos.
Me asomé al pasillo. Efectivamente, una masa rosada, temblorosa y brillante avanzaba por el mármol como una criatura de película de serie B. Tormenta chapoteaba en ella con una felicidad escandalosa. Colmillo, en lo alto de una cómoda, la observaba con asco aristocrático. Lupe, con un remo, intentaba empujarla hacia la puerta del jardín.
—¡Señora, es un desastre natural! —gritó.
—Es un desastre artificial —corregí.
—Es un desastre *delicioso* —añadió Rosario, que había probado un poco.
Brunce apareció en lo alto de la escalera, con el cabello revuelto, una camisa a medio abotonar y una expresión que oscilaba entre el horror y una ternura sospechosa. Contempló el panorama. Contempló la gelatina, el remo, el gato, el perro y a mí, con las manos en la cintura y la inocencia pintada en la cara.
—Gissel.
—No fui yo.
—No he dicho nada.
—Lo ibas a decir.
—Iba a preguntar si el servicio de limpieza tiene seguro.
—Ah.
—Y también si estabas pensando en dormir en el ala este esta noche.
—¿Por qué?
—Porque ya no existe.
Fabián tosió con discreción.
—Señora, las habitaciones del ala este, incluido el despacho del sofá, el cuarto de invitados y su dormitorio provisional, están inhabitables hasta nuevo aviso. Los obreros dicen que tardarán una semana.
—¿Una semana?
—Diez días, si la gelatina se pone terca.
Miré a Brunce. Brunce me miró a mí. En sus labios se dibujó una sonrisa lenta, brillante, tan feliz que hasta Colmillo, desde la cómoda, soltó un bufido de advertencia.
—Qué lástima —murmuró—. Solo queda una habitación.
—Duermo en el jardín.
—Hay mosquitos.
—Duermo en el coche.
—Está en el taller.
—Duermo en la bañera.
—La bañera está llena de gelatina.
—Duermo en... —me detuve, derrotada—. ¿Cuál es la habitación?
—La nuestra.
—Ni hablar.
—Es la única con techo seco.
—Mi padre tiene una casa a veinte minutos.
—Tu padre está de viaje en Ginebra.
—Pues me alojo en un hotel.
—Todos los hoteles de la ciudad pertenecen a los Hartwood.
—¡Es un monopolio!
—Es una fusión, mi vida.
Esa tarde comprendí que el problema real no era la cama. La cama era enorme: había espacio para cuatro personas, tres perros y un elefante. El problema era la puerta.
La puerta del dormitorio principal, una joya de roble tallado con herrajes de bronce, tenía un defecto de fábrica que nadie había mencionado en la noche de bodas: no cerraba. O, para ser exactos, cerraba, pero el pestillo no encajaba, la llave se había perdido hacía décadas y el pomo, con vida propia, se abría solo cada vez que alguien pasaba por el pasillo.
—Se cierra con un golpecito —explicó Brunce, con total naturalidad.
—Se abre con un soplo.
—Cierto. Es una puerta con carácter.
—Es una puerta con traición.
—Mi abuela decía que las puertas que no cierran son las que dejan entrar la felicidad.
—Tu abuela estaba loca.
—Mi abuela estuvo casada sesenta años.
—Eso confirma mi teoría.
Decidí actuar. A las cuatro de la tarde, llamé a un cerrajero. Me atendió una voz temblorosa, de anciano emotivo, que me aseguró que llegaría en media hora. Llegó en veinte minutos, con una caja de herramientas a rayas, un bigote blanco de morsa jubilada y una gorra de lana. Se presentó como Don Anselmo, cerrajero de tercera generación, viudo, abuelo y, según me contó en el primer minuto, «gran admirador de las historias de amor».
—Señora —me dijo, estrechándome la mano con los ojos húmedos—, es un honor trabajar en una mansión Hartwood.
—Gracias.
—Mi padre cerró las puertas del bisabuelo. Mi abuelo, las del abuelo. Y yo... —se secó una lágrima con un pañuelo de cuadros— ...yo, las suyas.
—Todavía no ha hecho nada.
—Es la emoción, señora.
Lo conduje al dormitorio. Don Anselmo abrió la puerta, entró con la caja en la mano, dio dos pasos, levantó la vista y se detuvo en seco.
Tengo que explicar lo que vio, porque el cuarto no tenía el aspecto de un dormitorio normal. Tenía el aspecto de un campo de batalla que ha sobrevivido a tres guerras. Sobre la cómoda, una pila de notas de Brunce, cada una con una regla del reglamento, ya numeradas hasta la cincuenta y tres. Contra la pared, seis cerrojos oxidados que yo había instalado en la puerta del despacho y que, por un descuido heroico, había trasladado con un destornillador. En la mesita, una trenza de ajos de cuarenta dientes, una bufanda blanca de seda y una pantufla de cuero negro. Junto a la ventana, dos camas para animales: una de terciopelo gris con una etiqueta que decía «Colmillo», otra de mantas viejas con un cartel de cartón: «Tormenta, ni se te ocurra». En el techo, una guirnalda de globos reventados. En el suelo, una huella de gelatina con forma de pata de husky.
Y en el centro, la cama gigante, deshecha, con un cojín en forma de cisne decapitado.
Don Anselmo se llevó la mano al corazón.
—Dios mío...
—Es solo desorden —dije.
—Es... es... —se le quebró la voz—. Es el amor, señora.
—Es la guerra.
—Es lo mismo, a veces.
Y rompió a llorar.
Lloró con un sollozo grande, honesto, que le sacudía los hombros y le empapaba el bigote. Brunce, que había aparecido en el umbral con una taza de café, se quedó paralizado. Colmillo, desde la cama, levantó una ceja. Tormenta, a mis pies, ladeó la cabeza con preocupación.
Editado: 08.10.2026