Casados en caos.

Capítulo 13: Duelo de cocina.

El chef Aurelio renunció un lunes, con una carta de cuatro páginas y un pañuelo de lágrimas.

—Señor, lo he soportado todo —dijo, en el vestíbulo, con el delantal doblado en el brazo como una bandera derrotada—. La gelatina en la piscina. El perro en la despensa. El gato en la sopa. Pero ayer encontré un bigote postizo en mi salsa bearnesa.

—Eso fue un accidente —dijo Brunce.

—Era sueco, señor. Se notaba.

Se fue con la espalda recta y una maleta de cuchillos, dejando tras de sí un silencio solemne. Margot se santiguó. Fabián anotó algo en su libreta. Colmillo, sobre el aparador, bostezó con la indiferencia de quien ha conseguido que despidan a otro.

—Bueno —dijo Brunce, frotándose las manos—, estamos sin cocinero.

—Pediremos comida —sugerí.

—Los restaurantes de la ciudad no nos mandan nada desde lo de la fuente de champán.

—Entonces cocinaremos con el servicio.

—El servicio también está de huelga.

—¿Desde cuándo?

—Desde hace tres minutos —informó Margot, impasible—. Dicen que quieren un aumento y un seguro contra gelatina.

Me quedé pensando. Brunce se quedó pensando. Y entonces, al mismo tiempo, nos giramos el uno hacia el otro con la misma expresión de depredadores que huelen una oportunidad.

—Duelo de cocina —dijimos a coro.

Las reglas las redactó Fabián, con pergamino, pluma y una solemnidad de notario medieval. Cada uno prepararía un plato principal con los mismos ingredientes, que serían elegidos al azar por Lupe en la despensa. Los jueces serían Fabián, Margot y Lupe, y el veredicto sería inapelable.

—¿Y el premio? —pregunté.

—El perdedor lava los platos una semana —dijo Fabián.

—Qué sosería —protestó Brunce—. Yo propongo algo mejor.

—Dime.

Se apoyó en la encimera, con los brazos cruzados y esa sonrisa que ya conocía tan bien.

—Si gano yo, me dejas darte de comer una cucharada de mi plato. Con mi mano. Sin escaparte.

—Ni hablar.

—Es un premio muy modesto.

—Es un premio muy peligroso.

—Es una cucharada.

—Contigo, una cucharada es un tratado de paz con cláusulas ocultas.

—¿Y si ganas tú?

Pensé rápido.

—Si gano yo, duermes una semana en la casita de Tormenta.

Tormenta, que estaba tumbado bajo la mesa, levantó la cabeza y movió la cola con entusiasmo. Había entendido su nombre y la palabra «casita».

—Acepto —dijo Brunce, y me tendió la mano.

—Acepto —respondí, apretándosela con un gesto tan firme que le crujieron los dedos.

—Eres brutal.

—Soy una McGinigar.

Lupe volvió de la despensa con una cesta, la dejó sobre la mesa y la destapó con ceremonia. Dentro había: dos pescados enteros, un puñado de espárragos, tres limones, una cabeza de ajo (Brunce retrocedió un paso), un cuenco de nata, mantequilla, harina, huevos, una botella de brandy y un pimiento morrón que parecía mirarnos con lástima.

—Pescado con salsa —murmuré, estudiando el cesto—. Qué fácil.

—Qué elegante —murmuró Brunce.

Ninguno de los dos sabía cocinar. Lo supe en cuanto lo vi sostener un cuchillo como si fuera un abrecartas. Él lo supo en cuanto me vio abrir la botella de brandy con los dientes.

—Empiecen —ordenó Fabián, haciendo sonar la campana.

Y empezó el caos.

Brunce se puso un delantal blanco que le quedaba como una segunda piel, se arremangó con parsimonia profesional y sacó del cajón un cuchillo enorme. Tomó el pescado con ambas manos, lo contempló como a un viejo enemigo, y empezó a quitarle las escamas con la hoja a contrapelo. Una nevada de escamas plateadas voló por toda la cocina, aterrizó en su pelo, en su camisa, en mis zapatos, en la oreja de Fabián.

—¡Mira lo que haces!

—¡Es un procedimiento técnico!

—¡Es un tornado!

—¡Es mi estilo!

Yo, mientras tanto, había decidido que la mejor estrategia era la ciencia. Busqué una receta en el teléfono, leí «sofreír la mantequilla a fuego medio» y puse el fuego al máximo, porque «medio» me pareció una cifra insuficiente. La mantequilla chisporroteó, humeó, se volvió negra. Eché los espárragos, que se encogieron con un siseo de protesta. Añadí el pescado, entero, sin abrirlo, porque no sabía cómo se abría.

—Gissel —dijo Brunce, desde su rincón, sin levantar la vista—, hay humo.

—Es parte de la técnica.

—Hay mucho humo.

—Se llama «sellado».

—Se llama «incendio».

—¡Es una reducción!

La alarma de humo, por supuesto, saltó en ese preciso instante. Un chillido agudo recorrió la cocina. Tormenta ladró. Colmillo, desde lo alto de la nevera, observaba la escena con una compostura de ejecutivo que presencia la quiebra de una empresa ajena. Margot, sin inmutarse, subió a una silla y desconectó la alarma con un golpe de escoba.

—Sigan —dijo, bajando con la dignidad de un general—. Pero con más cuidado.

Fue en ese momento cuando Brunce cambió de estrategia.

Dejó su pescado a medio escamar, se limpió las manos en el delantal, rodeó la mesa y se detuvo detrás de mí. Yo estaba inclinada sobre la sartén, con una espátula de madera en la mano y la ceja fruncida. Sentí su presencia antes de oírlo: ese calor sutil en la espalda, ese aroma a madera y a noche, ahora mezclado con un ligero olor a pescado.

—Así no se sujeta una espátula —murmuró, junto a mi oreja.

—Claro que sí.

—Se hace así.

Sus manos cubrieron las mías. Grandes, cálidas, firmes, envolvieron mis dedos sobre el mango y guiaron el movimiento con una lentitud exasperante. Mi corazón dio un salto de pez.

—Muñeca suelta —susurró—. Movimiento circular. Con suavidad.

—Sé hacerlo sola.

—Lo estás haciendo fatal.

—Estoy cocinando.

—Estás torturando a un espárrago.

—Brunce...

—Relájate, preciosa. Respira.

—No puedo, si me hablas al oído.

—Entonces me callo.

Se calló. Pero no se apartó. Su pecho rozaba mi espalda, su aliento me acariciaba el cuello, y las puntas de sus dedos trazaban un círculo casi imperceptible sobre el dorso de mi mano. Un escalofrío me recorrió de arriba abajo. Sentí que el calor de la cocina subía diez grados. Sentí que la sartén, el humo, los jueces y el mundo entero se desvanecían.




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