Casados en caos.

Capítulo 14: El rival de negocios.

Brunce se dibujó las cejas con un rotulador.

Lo descubrí a la mañana siguiente del duelo de cocina, cuando bajó al desayuno con dos trazos negros, gruesos y decididamente asimétricos, que le daban un aire de villano de dibujos animados. La ceja derecha subía como un puente levadizo. La izquierda caía hacia la sien con una tristeza admirable.

—Buenos días —dijo, sentándose con toda la dignidad del mundo.

Fabián se quedó con la jarra de zumo en el aire. Margot se giró hacia la ventana, con los hombros temblando. Lupe se escondió detrás de la cafetera.

—Buenos días —respondí, mordiéndome el interior de la mejilla.

—¿Sucede algo?

—Nada.

—Me miras raro.

—Te miro con admiración.

—Es un look natural.

—Se nota.

—Margot dice que me da carácter.

—Margot dice lo que sea con tal de conservar el empleo.

—Señora —murmuró Margot, aún de espaldas—, el señor está espléndido.

Colmillo saltó sobre la mesa, se plantó frente a Brunce, lo estudió con atención y le dio un lametón en la ceja derecha. Se quedó con un gesto de asco, se lamió la lengua y se marchó indignado, con una mancha negra en el hocico.

—Hasta mi gato me traiciona —suspiró Brunce.

—Es un crítico severo.

—Es un vendido.

Estábamos en medio de esa escena doméstica, que ya empezaba a parecerme peligrosamente agradable, cuando sonó el timbre de la puerta principal. No era el timbre normal, ese con la voz grabada de Brunce diciendo «Buenos días, señora Hartwood». Era otro: un sonido grave, de campana de catedral, que solo se activaba con visitas importantes.

Brunce se puso rígido. Dejó la taza sobre el plato con un golpecito seco.

—No puede ser.

—¿Quién es?

—Nadie.

—Es alguien.

—Es... —tragó saliva— un problema con traje.

Damián Vex entró en la mansión como entran los hombres que han pagado por la entrada: con una sonrisa blanquísima, un abrigo de cachemira color camello y un ramo de rosas rojas del tamaño de un neumático. Era alto, rubio, de mandíbula cuadrada, con unos ojos azules de anuncio de colonia y una seguridad tan brillante que casi dolía mirarlo.

Detrás de él, aparcado sobre el césped con una insolencia magistral, relucía un deportivo rojo.

—¡Gissel McGinigar! —exclamó, abriendo los brazos—. ¡Cuánto tiempo!

Lo reconocí al instante. Damián Vex, el heredero de Vex Industries, mi compañero de universidad, el hombre que me había propuesto matrimonio tres veces entre los veinte y los veintidós años, siempre en lugares públicos y con mariachis. Yo había rechazado las tres, la última con un cubo de agua.

—Damián —dije, con una sonrisa educada que me costó un músculo—. ¿Qué haces aquí?

—Vine a felicitarte por la boda. Y a ofrecerte esto.

Me tendió el ramo. Pesaba una tonelada. Casi me caigo de espaldas.

—Gracias... supongo.

—Son rosas de Ecuador. Cuarenta y cuatro. Una por cada vez que pensé en ti.

—¿Cuarenta y cuatro? Eso es poco.

—Las otras están en camino.

Una mano grande y cálida se posó en mi cintura. Brunce, a mi lado, con sus cejas de rotulador y una sonrisa gélida, tendió la otra mano hacia Damián.

—Vex.

—Hartwood.

Se estrecharon las manos durante un tiempo excesivo. Los nudillos de ambos se pusieron blancos. Se oyó un crujido que podría haber sido un hueso o un contrato roto.

—Qué sorpresa —dijo Brunce—. No sabía que tu agenda incluía pasarte por casa ajena.

—Pasaba por aquí.

—Estamos a cuarenta kilómetros de tu oficina.

—Es una carretera muy bonita.

—Es una carretera sin salida.

—Para mí, siempre hay salida.

Se soltaron. Brunce flexionó los dedos con disimulo. Yo, con el ramo en brazos, comprendí que aquello iba a ser un desastre glorioso.

—Entra, por favor —dije, con un hilo de voz—. Margot te servirá un café.

—Descafeinado —precisó Brunce.

—Es lo que tenemos.

—¿Descafeinado? —Damián soltó una risa elegante—. Qué extravagante.

—Es por prescripción conyugal —respondí.

El interrogatorio empezó en el salón. Damián se sentó en el sillón más cómodo, cruzó una pierna sobre la otra y estiró los brazos sobre el respaldo con el aire de quien está en su casa. Brunce, sentado frente a él, se mantenía erguido como un halcón. Yo me acomodé entre ambos, con las rosas aún en brazos, preguntándome qué mal había hecho en otra vida.

—Dime, Gissel —empezó Damián—, ¿cómo llevas lo de ser una Hartwood?

—Soy una McGinigar-Hartwood.

—Qué compleja.

—Me gusta la complejidad.

—Siempre te gustó. Recuerdo que en la facultad solías discutir con los profesores sobre las comas.

—Tenían razón en las comas.

—Tenías razón en todo.

Brunce carraspeó con un sonido de motor ahogado.

—Gissel tiene razón con frecuencia, sí.

—Lo sé. Una mujer así merece un hombre que la valore.

—Y ya lo tiene.

—¿Seguro?

—Seguro.

—¿Y a ti qué te pasó en las cejas?

Hubo un silencio épico. Brunce se llevó una mano a la frente, con una lentitud trágica. Margot, de pie junto a la puerta, tuvo una súbita necesidad de revisar una maceta. Fabián anotó algo en su libreta.

—Fue un accidente culinario —dije, salvándolo, por una vez.

—Fue un incendio doméstico —corrigió él, con la voz de un hombre orgulloso de sus heridas.

—Qué heroico.

—Gracias.

—No lo decía en serio.

—Lo sé.

Colmillo, que había estado observando desde lo alto de un armario, bajó de un salto, se sentó frente a Damián y le clavó una mirada de desprecio tan limpia, tan afilada, que el visitante se removió en el sillón.

—¿Es... un gato?

—Es Colmillo.

—Tiene una mirada intensa.

—Es un cazador de impostores.

—¿Perdón?

—Nada.

Tormenta, para completar la escena, entró al salón en ese momento con una zapatilla en el hocico. No era una zapatilla de Brunce. Era un mocasín de cuero italiano, color caramelo, impecable, que había sacado del vestíbulo. Reconocí el modelo: el de Damián.




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