El viaje de negocios fue idea de mi padre.
Lo anunció por videollamada, desde Ginebra, con un fondo de montañas nevadas y la sonrisa de quien acaba de cerrar una jugada de ajedrez.
—Hijos míos, la fusión necesita una firma presencial en Venecia. Un notario, un palacio del siglo dieciséis y una cena con los socios italianos.
—¿Tiene que ser en Venecia? —pregunté.
—Es tradición.
—¿De quién?
—Mía. Desde hoy.
—Papá, tengo una guerra pendiente aquí.
—Llévatela contigo.
—¿Y los animales?
—Los animales no viajan.
—Entonces no voy.
—Hija, es la ciudad más romántica del mundo.
—Por eso mismo.
Brunce, sentado a mi lado en el sofá, con las cejas ya recuperadas (le habían crecido a medias, con un aire sorprendido que le sentaba escandalosamente bien), se limitó a sonreír hacia la pantalla.
—Oliver, será un honor.
—¡Ese es mi yerno!
—Tres días.
—¡Cinco!
—Cuatro.
—¡Hecho!
Cortó la llamada antes de que pudiera protestar. Me quedé mirando la pantalla negra, con la sensación de haber sido vendida por segunda vez. Y por el mismo comprador.
—Cuatro días —murmuré.
—Cuatro días de Venecia —corrigió Brunce, con la voz más suave del mundo.
—Contigo.
—Contigo.
—Qué horror.
—Lo sé. —Sonrió—. Estoy temblando de miedo.
Preparé la maleta con la disciplina de una soldado que se prepara para el frente. Dentro metí: cuatro bufandas, una trenza de ajos (de reserva, en una bolsa de plástico etiquetada como «medicinal»), seis candados de viaje, tres pares de zapatos cómodos para huir y un camisón de franela con estampado de patitos.
Lupe, que me ayudaba, contemplaba el equipaje con una mezcla de admiración y espanto.
—Señora, es un arsenal.
—Es previsión.
—¿Para qué sirven los candados?
—Para la puerta del hotel.
—Las puertas de hotel ya tienen cerradura.
—Las puertas de hotel las abre el personal.
—¿Y el personal ha sido sobornado?
—Todo el personal del mundo ha sido sobornado por Brunce Hartwood. Es una ley natural.
Colmillo, tumbado dentro de la maleta, abierta de par en par, me miró con unos ojos enormes y suplicantes.
—No, Colmillo.
Un maullido lastimero.
—No puedes venir.
Otro maullido, más largo, más dramático.
—Vamos a una ciudad llena de canales, gondolas y palomas. Te volverías loco.
Se hizo una bolita, ronroneó y cerró los ojos con determinación.
—Margot, ayúdame —dije.
—Señora, yo me lavo las manos.
—Eres una cobarde.
—Soy un ama de llaves con jubilación asegurada.
Al final lo saqué de la maleta con dos dedos, como se saca una prenda mojada. Lo dejé en brazos de Margot, que lo acunó con una ternura sospechosa. Tormenta, desde la puerta, soltó un aullido de despedida tan trágico que dos criadas se echaron a llorar.
—Volveremos pronto —les prometí.
El husky me miró con sus ojos azules, bajó la cabeza y se tumbó en el suelo con un suspiro de abandono. Brunce, que acababa de bajar la escalera con una maleta de cuero, se agachó junto a él y le rascó detrás de las orejas.
—Cuida la casa, amigo.
Tormenta le lamió la mano.
—Y no te comas el sofá.
Tormenta, evidentemente, ya lo estaba planeando.
El jet privado de los Hartwood tenía dos pisos, una sala de reuniones, un bar, un dormitorio y una azafata con sonrisa de maniquí. Subí la escalerilla con la barbilla en alto y una mirada de asombro mal disimulada.
—Esto es excesivo —dije.
—Es práctico.
—Tiene una sala de cine.
—Es muy práctico.
—Hay un sofá de piel.
—Para trabajar.
—Hay una cama.
—Para trabajar tarde.
—Brunce.
—Dime.
—No voy a dormir en esa cama.
—Claro que no. —Se llevó una mano al pecho con solemnidad—. Dormirás en el asiento 4B.
—¿Y tú?
—En el 4A.
—Hay un pasillo entre medio.
—Ya lo vi. Es muy ancho.
—Perfecto.
—Perfecto.
Nos sentamos. Yo, con el cinturón apretado hasta la tráquea, la bufanda enrollada al cuello y los ojos fijos en la ventanilla. Él, con las piernas cruzadas, una taza de café descafeinado y un periódico que no leía. Cada vez que yo giraba la cabeza, lo sorprendía mirándome. Cada vez que él me sorprendía mirándolo, yo fingía interés en una nube.
—Gissel.
—Mm.
—Estás nerviosa.
—No lo estoy.
—Te tiemblan las manos.
—Es el motor.
—Los motores no hacen eso.
—Los motores del jet privado, sí.
—¿Tienes miedo a volar?
—Tengo miedo a *ti volando*.
—No entiendo.
—Cuando estás a tres mil metros de altura, sin escape posible, con una azafata cómplice y un champán caro, cualquier cosa puede pasar.
Soltó una carcajada tan cálida que la azafata, al fondo, se sobresaltó.
—Gissel, ¿acaso piensas que he organizado este viaje para secuestrarte?
—No lo pienso. Lo sé.
—Qué mala fama tengo.
—Bien ganada.
—Te prometo que no haré nada que no quieras.
—Eso es lo que dicen los vampiros.
—Y los caballeros.
—Los caballeros no se disfrazan de suecos.
—Los caballeros enamorados, sí.
Me atraganté con la saliva. Se hizo un silencio denso. Brunce, con una calma admirable, pasó una página del periódico y siguió leyendo, mientras yo, roja hasta las orejas, contemplaba las nubes con una intensidad científica.
—Enamorados —repetí, al fin, con un hilo de voz.
—Es una expresión retórica.
—Claro.
—Una figura literaria.
—Por supuesto.
—Como «te amo» en la cocina.
—Brunce.
—¿Sí?
—Cállate y bebe tu café.
Obedeció, con una sonrisa que le curvaba los labios detrás de la taza.
La turbulencia llegó a mitad del vuelo. Fue una sacudida seca, brutal, que hizo temblar el avión de punta a punta. El champán saltó de las copas. La azafata se agarró a un asiento. Yo solté un grito agudo y, en un acto reflejo que lamentaría el resto de mi vida, me lancé al otro lado del pasillo y me aferré al brazo de Brunce con las dos manos.
Editado: 08.10.2026