Casados en caos.

Capítulo 16: Tormenta y una sola cama.

La tormenta de Venecia no pidió permiso.

Llegó con un trueno que hizo vibrar los cristales de la suite, seguido de un viento que abrió de golpe las puertas del balcón y llenó el cuarto de cortinas voladoras. Yo salí del baño con mi camisón de patitos, el pelo envuelto en una toalla y la dignidad en estado de alerta, justo a tiempo para ver cómo se apagaban todas las luces del hotel a la vez.

—Brunce —dije, a oscuras.

—Dime.

—¿Has sido tú?

—Gissel, ni yo tengo tanto poder.

—Eres millonario.

—Pero no soy Zeus.

Otro trueno sacudió el palacete. Oí un golpe seco, una maldición en voz baja y el sonido inconfundible de un hombre adulto chocando con un mueble antiguo.

—¿Estás bien?

—Perfectamente. Acabo de conocer personalmente la pata de la cama.

—Es una cama muy grande.

—Es una cama *enorme*. Y es la única.

Tragué saliva. Era verdad. La Suite Casanova tenía una cama con dosel, columnas talladas, cortinajes de terciopelo y espacio suficiente para celebrar un congreso. También tenía un sofá, que yo había examinado al llegar con ojo clínico y que resultó ser un diván decorativo del tamaño de una tostadora, apto como mucho para un gato muy flaco.

—Dormiré en la bañera —anuncié.

—Es de mármol.

—Soy resistente.

—Tiene vistas.

—Entonces dormiré con vistas.

—Gissel, es una bañera. No una cama.

—Pues con mantas.

—Con mantas y un tapón. Piénsalo.

Un destello iluminó la habitación. Durante medio segundo lo vi, de pie junto a la ventana, con una camiseta blanca, el pelo revuelto y las manos en los bolsillos de unos pantalones de pijama de rayas. Sonreía de lado, con esa expresión de gato que ha visto un pájaro con las alas atadas.

—Estás sonriendo —acusé.

—No puedes verme.

—Lo he visto con el rayo.

—Estoy sonriendo de forma natural.

—Estás tramando algo.

—Estoy rezando para que dure el apagón.

—¡Brunce Hartwood!

—Es una oración honesta.

Intenté ser práctica. Encontré en un cajón un cabo de vela, una caja de cerillas y un candelabro de plata, lo cual me pareció un milagro hasta que comprendí que todas las suites románticas del mundo tienen exactamente eso en un cajón, por si acaso. Encendí la vela. La llama dibujó sombras suaves sobre las paredes de seda roja, el dosel y la sonrisa insoportable de mi marido.

—Qué ambiente —murmuró.

—Es una emergencia.

—Es *preciosa*, la emergencia.

—No me mires así.

—¿Cómo te estoy mirando?

—Como Colmillo mira el atún.

—Es que huele a lavanda y a lluvia, y estás con ese camisón de patitos y la toalla en la cabeza...

—¿Y?

—Que eres la criatura más adorable que he visto jamás.

Se me subió el calor a la cara de golpe. Para disimularlo, agarré una almohada y la lancé con puntería. Brunce la atrapó en el aire con una sola mano, la sopesó, la miró con curiosidad y, con una lentitud exasperante, la colocó en el lado derecho de la cama.

—Esta será mi frontera —dijo.

—Eso no es una frontera, es una almohada.

—Es un muro simbólico.

—Es un trozo de plumas.

—Respetaré lo que representa.

—No dormiré en esta cama.

—Entonces dormiré yo, y tú te quedas con el diván.

—No cabe un gato en el diván.

—Un gato pequeño.

—Un gato *muy* pequeño.

—Tienes razón. Mala idea.

Un trueno brutal rompió el cielo. El balcón se llenó de rachas de lluvia, y una cortina entera se soltó del riel y cayó sobre mi cabeza como una sábana fantasmal. Grité. Brunce corrió hacia mí. Y entonces tropezó con el cabo de la vela, que rodó por el suelo, y la llama, afortunadamente, se apagó de un soplo.

Oscuridad total.

—Gissel.

—Estoy debajo de una cortina.

—Lo sé.

—No me toques.

—No te toco.

—Me estás tocando el tobillo.

—Es que te estoy buscando.

—¡Busca con las manos en alto!

—Tengo las manos en alto.

—¿Y entonces qué me toca?

—Es mi pie.

—¡Quítalo!

Salí de debajo de la cortina como un pulpo asustado, con la toalla caída sobre un ojo, y huí a gatas hacia lo que creí que era la puerta del baño. No lo era. Era el armario. Entré de cabeza entre un montón de abrigos que no eran míos, cerré las puertas tras de mí y me quedé quieta, respirando como un conejo.

Silencio.

Desde el otro lado de la madera, la voz de Brunce, suave, divertida, sonó muy cerca:

—Gissel.

—No estoy aquí.

—Estás en el armario.

—Es un escondite táctico.

—Es el armario de los albornoces.

—Es un escondite táctico con albornoces.

—Sal, preciosa. Prometo no morderte.

—Los vampiros no prometen eso.

—Los vampiros educados, sí.

—Te conozco. Me vas a tentar con la voz.

—¿Yo?

—Con esa voz de terciopelo. Me la sé de memoria.

—¿Qué voz?

—Esa que pones cuando quieres que me derrita.

—¿Así?

Su voz bajó una octava y se convirtió en un murmullo grave, íntimo, casi un ronroneo, que atravesó la puerta del armario y me erizó la nuca de golpe.

—¿Así, Gissel? ¿Es esta la voz?

—¡Basta!

—Dime que no te gusta.

—¡No me gusta!

—Tu voz tiembla.

—¡Es el frío del armario!

—Hay veintiséis grados.

—¡Es un armario con corrientes!

Oí su risa. Una risa baja, deliciosa, que sonó como una caricia detrás de la puerta. Me tapé las orejas con las manos, cerré los ojos y me pregunté qué clase de mujer se esconde en un armario de albornoces para huir de un hombre que, además, tiene razón.

—Gissel.

—¡Qué!

—Estás respirando muy fuerte.

—¡Es la pelusa!

—Es el corazón.

—¡Es la pelusa!

Salí disparada del armario cuando Brunce abrió la puerta de golpe. Pasé bajo su brazo como una anguila, corrí hacia la puerta de la suite, la abrí de un tirón y salí al pasillo. Detrás de mí, oí su voz, divertidísima:




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