Casados en caos.

Capítulo 17: Sorpresa.

Mi padre entró en la suite sin llamar, con una maleta de cuero, un sombrero panamá y la sonrisa de un hombre que lleva semanas esperando este momento.

—¡Mis hijos! —exclamó, abriendo los brazos.

Brunce y yo estábamos plantados en medio del cuarto, él con la camiseta del revés y yo con la bata del hotel anudada hasta la barbilla, intentando parecer dos adultos responsables que no habían pasado la noche compartiendo una cama de tres metros. Detrás de Oliver entraron dos botones, un hombre de traje gris con una carpeta y el gerente del hotel, que no se atrevía a mirarme a los ojos.

—Papá, ¿qué haces aquí? Estabas en Ginebra.

—Estaba. Ahora estoy en Venecia. Es un milagro de la aviación.

—Dijiste que no podías venir.

—Dije que *no podía venir a la firma*. Vengo a otra cosa.

—¿A qué?

Recorrió la habitación con la mirada. Se detuvo en la cama, un campo de batalla de mantas, cojines desperdigados y una almohada que seguía flotando en el balcón. Se detuvo en el camisón de patitos, tirado junto a la puerta del baño. Se detuvo en la trenza de ajos, que asomaba de mi bolso con descaro. Asintió despacio, con una expresión de ternura que me puso los pelos de punta.

—Veo que la guerra va bien.

—No hay guerra —dije.

—Hay mucha guerra —dijo Brunce, al mismo tiempo.

—Hay una guerra *de cojines* —precisé.

—Hay una guerra *de amor* —corrigió mi padre, con los ojos húmedos—. Hijos míos, tengo algo que deciros. Me hago viejo.

—Tienes cincuenta y ocho años —dije.

—Me siento viejo. Mi espalda lo sabe. Mi rodilla lo sabe. Y lo que más sabe es que llevo años mirando una casa enorme sin ningún niño corriendo por el pasillo.

Silencio.

—Papá...

—Quiero nietos.

—¡Papá!

—Quiero cuatro. Cinco, si hay buen clima.

—¿Hay buen clima para tener nietos?

—Tu madre y yo lo planeamos por estaciones.

—No quiero detalles.

—Es información valiosa.

Brunce, a mi lado, tosió con tanta fuerza que tuvo que sentarse. Estaba rojo desde el cuello hasta las orejas y miraba el techo como si hubiera descubierto en él una verdad fascinante. Su mano se había cerrado sobre el brazo del sillón con una firmeza sospechosa.

—Oliver —logró decir—, es una conversación... delicada.

—Lo sé, hijo. Por eso he tomado medidas.

—¿Qué medidas? —pregunté, con un mal presentimiento.

Mi padre sonrió con la dulzura de un lobo bien educado, hizo un gesto con la cabeza y los botones salieron de la suite. Con ellos salió el hombre de la carpeta. Con ellos salió el gerente, que murmuró algo parecido a «lo siento, señora» y se santiguó.

La puerta se cerró.

Se oyó un clic. Después, un golpe metálico, seco, definitivo. Y después, el inconfundible sonido de un cerrojo corriendo por el exterior.

Fui la primera en llegar a la puerta. Giré el pomo. Empujé. Tiré. Golpeé con el hombro. Pateé con el pie. Nada.

—¡Papá!

Desde el otro lado, amortiguada por la madera, llegó la voz de Oliver McGinigar, tranquila, feliz, como quien anuncia el menú del día:

—Hija, os he encerrado.

—¡Eso lo veo!

—El gerente me ha instalado un cerrojo exterior. Es una puerta histórica. El arquitecto original la diseñó así.

—¡No es verdad!

—Es verdad en espíritu.

—¡Ábrenos ahora mismo!

—No.

—¡Papá!

—Hasta que me prometáis nietos.

Brunce se acercó con paso lento y apoyó la oreja contra la madera, como un médico que escucha un pulmón enfermo.

—Oliver —dijo, con una voz educadísima—, entiendo su entusiasmo. Pero esto raya en el secuestro.

—Es un retiro conyugal.

—Es un delito federal.

—Es un regalo de bodas retrasado.

—Es... —Brunce miró al techo, buscando paciencia en el cielo raso— ...es una manera creativa de plantear la cuestión.

—¡Gracias, hijo!

—¡Brunce, no lo animes! —siseé.

—No lo animo. Lo negocio.

—¡No se negocia con secuestradores!

—Gissel —dijo mi padre, desde fuera, con tono paternal—, he dejado una bandeja de comida en el montaplatos. Hay pasta, pan, vino y tiramisú. También hay una nota con las condiciones.

—¿Qué condiciones?

—Léela.

Giré la cabeza. En la pared junto al armario había una portezuela de madera, apenas visible bajo el papel pintado. La abrí de un tirón. Dentro, sobre una bandeja de plata con un mantel de lino, humeaba un plato de pasta con almejas, había una botella de vino tinto, dos copas y, en el centro, un sobre cerrado con lacre rojo y mi nombre escrito con una caligrafía temblorosa de abuelo emocionado.

Lo abrí con los dedos crispados.

*«Queridos hijos: Esta puerta se abrirá cuando oiga las palabras mágicas: "Papá, estamos esperando". Mientras tanto, os deseo una estancia placentera. El minibar es gratis. Os quiere, Oliver.»*

—¡Esto es una locura! —grité, arrugando la nota.

—Es un plan brillante —dijo la voz de mi padre, a través de la puerta.

—¡No se pueden hacer nietos por decreto!

—Los McGinigar siempre hemos sido eficientes.

—¡Estás loco!

—Estoy enamorado de la idea.

Escuché pasos que se alejaban. Después, silencio. Un silencio largo, pesado, que se instaló en la suite como un tercer huésped incómodo. Me volví lentamente. Brunce estaba de pie en medio de la habitación, con las manos en los bolsillos y una expresión indescifrable. Sus ojos oscuros brillaban de una manera extraña, mezcla de diversión, ternura y un deseo mal contenido.

—Brunce.

—Dime.

—No pienso hacerlo.

—Lo sé.

—Ni ahora ni nunca.

—Entendido.

—Ni aunque nos quedemos encerrados cien años.

—Cien años es mucho tiempo.

—Pues que sea lo que sea.

—Gissel —dijo, con una sonrisa lenta, peligrosa, deliciosa—, ¿por qué estás tan roja?

—¡No lo estoy!

—Tienes la cara como un tomate de la huerta de mi abuela.

—¡Es la furia!

—Claro. La furia.




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