Volvimos a casa con tres maletas, un barril de whisky de treinta años, dos padres reconciliados a medias y una suegra que no soltaba el remo de góndola.
—Es un recuerdo —explicó Eleonora, apoyándolo en el recibidor como si fuera un paraguas.
—Señora, es un remo.
—Un remo con historia, Fabián.
Fabián lo contempló con la solemnidad de quien tasa un objeto para una subasta. Margot nos esperaba en la puerta con los brazos cruzados, una sonrisa de Gioconda y a Tormenta pegado a sus piernas, que al vernos soltó un aullido de reencuentro tan desgarrador que dos criadas volvieron a llorar. Me arrodillé en el suelo y el husky me derribó de un salto, lamiéndome la cara con una devoción que ni Brunce habría conseguido en cien años.
—Yo también te eché de menos —dije, entre babas.
—Tengo celos de un perro —comentó Brunce, a mi lado.
—Es un perro con criterio.
—Es un traidor con pelo.
Colmillo apareció en lo alto de la escalera, con la cola en alto y esa mirada de duque que regresa de un viaje oficial. Bajó los escalones uno por uno, se acercó a mí, me rozó la pierna con el lomo, soltó un maullido de reproche («tardaron mucho») y se sentó sobre mi bolso para que no me levantara.
—Tiene razón —admití—. Perdón.
—Señora —dijo Margot—, tengo una noticia.
—¿Mala?
—Depende de su opinión sobre los disfraces.
La noticia se llamaba Eleonora Hartwood. Mientras nosotros dirigíamos la fusión en Venecia, mi suegra, con una eficacia militar, había organizado a distancia el Baile de Halloween de la familia Hartwood. Era una tradición de cuarenta años, interrumpida solo en 2003 por un incendio y en 2011 por un escándalo con un loro.
—Doscientos invitados —enumeró, con la libreta en la mano—. Cuarteto de cuerdas, orquesta de jazz, servicio de bruja en la cocina, una fuente de ponche con hielo seco y una sala de espejos para el concurso de disfraces.
—¿Concurso de disfraces? —pregunté, con un mal presentimiento.
—El mejor disfraz de la noche gana un premio de diez mil euros.
—¿Y el peor?
—Lava los platos.
—Tengo experiencia —murmuré.
—Brunce lleva ganando desde hace cuatro años —dijo mi suegra, con orgullo.
—¿De qué se disfraza?
—De vampiro.
Me giré hacia Brunce muy despacio. Él contemplaba el techo con una paz sospechosa.
—¿Cómo de vampiro?
—De vampiro clásico.
—¿Con capa?
—Con capa.
—¿Y colmillos?
—Con colmillos.
—¿Y te disfrazas de vampiro?
—Se llama arte conceptual.
—Se llama una burla.
—Se llama un homenaje a mi esposa, que me bautizó.
Entrecerré los ojos. Sabía lo que significaba esa sonrisa de oreja a oreja. Era la sonrisa de un hombre que ha encontrado la excusa perfecta para tentarme durante toda una noche, con permiso social y capa de terciopelo.
—Muy bien —dije, con una calma peligrosa—. Yo también concurso.
—¿De qué te disfrazarás?
—Es un secreto.
—Dame una pista.
—Lleva ajo.
Brunce soltó una carcajada tan limpia que Colmillo, ofendido, se bajó de mi bolso y se marchó con la cola erguida.
Pasé los tres días siguientes encerrada en el desván con Lupe, Rosario y una máquina de coser. Salió una obra maestra. Me disfracé de cazavampiros: botas altas de cuero, chaqueta larga de terciopelo marrón, un sombrero de ala ancha, un cinturón con doce estacas de madera (de las de tutor de tomates), un crucifijo del tamaño de un abanico y una guirnalda de cuarenta cabezas de ajo que me daba tres vueltas alrededor del cuello. En la espalda, una ballesta de juguete. En la mano, un frasco de agua bendita que, por seguridad, había llenado con agua de grifo y una gota de lavanda.
—Señora —dijo Lupe, contemplándome con los ojos brillantes—, es usted la mujer más aterradora que he visto.
—Gracias.
—Huele como una pizzería.
—Eso es lo que quiero.
Colmillo, sentado en el baúl, me contempló con aire crítico. Tormenta, a mis pies, estornudó dos veces y se alejó con las orejas gachas.
—Vale, los animales también necesitan disfraz —decidí.
A Colmillo le puse una capa roja diminuta y un par de colmillos de cartón. Se los quitó con la pata en cuatro segundos, me miró con un desprecio abismal y se lamió el lomo hasta que dejé de insistir. A Tormenta le puse un gorro de lobo, que aceptó con una dignidad conmovedora, y una etiqueta en el collar que decía: «Hombre lobo, sí, pero amable».
La noche del baile, la mansión parecía una escena de película de terror escrita por un humorista. Telarañas de algodón en cada esquina, calabazas con velas en los escalones, murciélagos de cartulina colgando de los candelabros, un esqueleto sentado en el piano tocando una melodía automática y una nube de hielo seco que ondulaba por los salones como un fantasma tímido.
Doscientos invitados llegaron en carruajes, limusinas y una motocicleta con sidecar. Había brujas, momias, piratas, esqueletos, un Napoleón con tres cabezas, una pareja disfrazada de huevo frito con panceta y un señor de bigote con un disfraz de paraguas que nadie pudo descifrar. Mi padre llegó vestido de abeja gigante, con antenas de resorte y un aguijón de goma que ya había clavado a dos personas.
—Papá, ¿de qué vas?
—De abuelo.
—Eso no es un disfraz.
—Es una declaración de intenciones.
—Estás castigado.
—Estoy vestido de insecto.
—Hasta aquí llegó la conversación.
Augusto Hartwood, vestido de pirata con parche y loro de peluche, se paseaba entre los invitados con una copa en la mano y una expresión radiante. Eleonora, de bruja elegante, con sombrero puntiagudo y escoba de plata, supervisaba el servicio con la autoridad de una general. Fabián, vestido de mayordomo fantasma (es decir, de mayordomo con sábana), recorría el salón con una bandeja de aperitivos y una dignidad inalterable.
Yo bajé la escalera a las diez en punto, con mi disfraz completo, el sombrero ladeado y la ballesta a la espalda. Un murmullo de asombro recorrió el vestíbulo. Una señora vestida de Cleopatra se santiguó. Un niño de seis años, disfrazado de dinosaurio, se escondió detrás de su madre.
Editado: 08.10.2026