Casados en caos.

Capítulo 21: El secuestro del gato millonario.

Brunce no dijo una palabra durante cuatro minutos.

Caminaba de un extremo al otro del vestíbulo, con la capa de vampiro arrastrando por el mármol y la nota del secuestrador apretada en el puño. Los invitados ya se habían marchado, ahuyentados por Eleonora con un remo de góndola y una frase lapidaria: «La fiesta ha terminado, por culpa de un malnacido». Los cuarenta y siete vampiros, descapotados de sus colmillos, esperaban en fila junto a la puerta con la cara de niños a los que acaban de quitarles las vacaciones.

-Dos millones de euros -murmuró, al fin.

-Es un precio ridículo -dije.

-¿Ridículo?

-Colmillo vale diez.

-Gissel.

-Es un gato de pedigrí. Tiene un título nobiliario.

-Es el gato que me ha arañado el sofá siete veces.

-Y por eso te importa.

Se detuvo. Alzó la vista. Tenía los ojos húmedos, y no se molestó en disimularlo.

-Lo adopté con tres semanas -dijo, con la voz rota-. Estaba en una caja, bajo la lluvia, con un lazo rojo y una nota que decía «No lo quiere nadie». Lo traje a casa en el bolsillo del abrigo. Dormía sobre mi pecho. Fue la primera cosa que quise después de...

Calló. Yo no le pedí que terminara. Me acerqué, le quité la nota del puño con delicadeza y le tomé la mano.

-Lo vamos a recuperar.

-La nota dice que nada de policía.

-Entonces nada de policía.

-¿Y qué hacemos?

-Lo que mejor sabemos hacer los dos.

-¿Qué es eso?

-Causar un desastre.

Brunce soltó una risa breve, entrecortada, que le salió casi como un hipo. Me apretó la mano con fuerza.

-Eres mi persona favorita -susurró.

-Ya lo sé.

-Y lo repito.

-Y yo te lo permito.

-Señores -interrumpió una voz solemne.

Fabián estaba plantado frente a nosotros, vestido de mayordomo fantasma, con la sábana colgándole del brazo y una carpeta bajo el otro. Detrás de él, Lupe, Margot y Rosario formaban una línea con las manos a la espalda.

-Hemos preparado un dispositivo de rescate.

-¿Un qué? -pregunté.

-Un protocolo. Lo redacté hace dos años, por si alguna vez secuestraban a un miembro de la familia felina.

-¿Hay protocolo para eso?

-Tengo protocolos para todo, señora. Incluso para una invasión de flamencos.

La mesa de operaciones fue la del comedor, convertida en cuartel general en cuatro minutos. Margot desplegó un plano de la comarca. Rosario, con un rotulador rojo, marcó los posibles escondites. Lupe repartió seis walkie-talkies de juguete que había comprado para el sobrino y que, por una casualidad insólita, funcionaban.

-Sospechosos -anunció Fabián, con una varita de puntero.

-Damián Vex -dijimos Brunce y yo, al mismo tiempo.

-¿Por qué?

-Porque pisó la trampa de lavanda y juró vengarse -expliqué.

-Porque lo dejamos sin zapatos y sin abrigo -añadió Brunce.

-Porque la nota está escrita con la letra de un hombre que lleva gemelos de oro -concluyó Margot, examinando el papel con una lupa.

-¿Cómo lo sabes?

-La tinta tiene un brillo particular. Y huele a colonia de cuatrocientos euros.

-Es él.

-Es él.

-¿Y dónde está?

Nos miramos. Nadie tenía la menor idea. Vex Industries tenía dieciocho propiedades en tres países. Podían haberse llevado al gato a una oficina, a un yate, a un garaje o a una isla privada. Fabián carraspeó con discreción.

-Quizá el perro podría ayudar.

Todos nos giramos hacia Tormenta, que estaba tumbado en el suelo con el gorro de lobo torcido, royendo la pata de una silla.

-¿Tormenta?

-Tiene un olfato extraordinario.

-Es un husky, no un sabueso.

-Es un husky *motivado*.

-¿Con qué?

-Con un zapato.

Fabián, con la solemnidad de un mago que saca un conejo, abrió un armario y extrajo, envuelto en una bolsa de plástico etiquetada como «prueba», un mocasín de cuero color caramelo, ligeramente mordisqueado.

-¡El zapato de Damián! -exclamó Brunce.

-Lo guardé por si acaso.

-Fabián, eres un genio.

-Soy un hombre con previsión, señor.

Pusimos el mocasín bajo el hocico de Tormenta. El husky lo olfateó con los ojos entrecerrados. Una vez. Dos veces. Alzó la cabeza, ladeó las orejas y soltó un aullido de misión cumplida.

-¡Lo tiene! -gritó Lupe.

-¡Vamos!

Salimos de la mansión en pijama.

Esto no estaba en el protocolo, pero no había tiempo de cambiarse. Brunce llevaba un pantalón de rayas azules, una camiseta gris con un agujero en el hombro y unas zapatillas de felpa con forma de pata de oso, regalo de su abuela. Yo, por mi parte, lucía el camisón de patitos, unas botas de goma amarillas y la chaqueta del cazavampiros de Halloween, con las doce estacas de tutor de tomates aún colgando del cinturón.

-Estás espléndida -comentó Brunce, mientras corríamos hacia el garaje.

-Estoy ridícula.

-Estás espléndidamente ridícula.

-Gracias.

-No era un insulto.

-Lo sé.

Tomamos la camioneta de los jardineros, una vieja Ford verde con la caja llena de tierra, que olía a estiércol y a esperanza. Brunce condujo con las manos crispadas sobre el volante, yo me senté a su lado con la ballesta de juguete en el regazo, y Tormenta, en el asiento trasero, sacó medio cuerpo por la ventanilla, con las orejas al viento y el gorro de lobo volando como una bandera.

-A la izquierda -murmuró Fabián por el walkie-talkie.

-¿Dónde?

-Donde el husky indique.

Tormenta ladró dos veces. Brunce giró a la izquierda. Pasamos por tres pueblos, una gasolinera, un campo de girasoles dormidos y un puente de piedra donde una vaca nos miró pasar con un reproche evidente. A medida que avanzábamos, el husky se ponía más nervioso, con la nariz pegada al cristal, jadeando con una impaciencia contagiosa.

-Está cerca -murmuré.

-Lo noto.

-¿El qué?

-Lo mismo que tú.

-¿Qué?

-Rabia.

Lo miré. Tenía la mandíbula tensa, los nudillos blancos, los ojos fijos en la carretera. Alargué la mano y se la puse sobre la rodilla, sin pensarlo. Brunce se estremeció. No dijo nada. Solo cubrió mi mano con la suya y condujo así, en silencio, durante casi diez kilómetros.




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