Amaneció con una luz demasiado bonita para ser verdad.
No dormí. Pasé la noche mirando el techo, con Colmillo ronroneando sobre mi estómago y Tormenta roncando en la alfombra, repasando cada detalle que había ignorado desde el primer día. Que Brunce llegaba a las once de la noche a las galas. Que rechazaba el pan de ajo con elegancia sospechosa. Que jamás se había asomado al jardín antes de las cinco de la tarde. Que había estado a punto de morderme el cuello en el spa, en el jardín, en la gelatina...
—No es un vampiro —le susurré al gato.
Colmillo abrió un ojo, me miró con la compasión de un psicólogo y volvió a dormirse.
A las siete, cuando por fin me incorporé, descubrí que la cama estaba vacía. En la almohada de Brunce había una nota con letra apresurada: *«Operación Humano. Jardín, mediodía. Trae paciencia y una sombrilla. No la necesitaré, pero a ti te va a hacer falta para no matarme de risa.»*
—Qué raro —murmuré.
Bajé las escaleras todavía en camisón y encontré la mansión convertida en un hormiguero. Margot arrastraba un espejo de cuerpo entero por el pasillo. Rosario cargaba con una cesta de ajos como si fuera un cadáver. Lupe llevaba un termómetro, un bote de crema solar y una bandeja con cuarenta pañuelos de papel. Fabián, con la solemnidad de un juez, caminaba detrás de todos con una carpeta que ponía «Prueba Pericial».
—Señora —dijo, al verme—, el señor la espera en el jardín.
—¿A estas horas?
—Quiere asegurarse de que el sol esté en su cénit.
—¿Para qué?
—Para el juicio.
A las doce en punto, el jardín de la mansión Hartwood parecía un tribunal de cuento. Habían montado un estrado con una mesa de caoba, un mantel blanco y tres sillas: una para mí, una para Eleonora y otra para Augusto, que había llegado a las diez con un barril de whisky, una cara de sueño atroz y la certeza de que lo iban a regañar. Detrás, en filas de sillas plegables, estaban sentados Oliver (castigado, vestido de gris, con el termo de manzanilla), el servicio completo, los cuarenta y siete vampiros de la noche anterior (todos con gafas de sol por la resaca) y, en la primera fila, con los brazos cruzados y la mirada altiva, Damián Vex.
Se había vendado la nariz, peinado el mechón perdido y estrenado un traje nuevo, color crema. Sostenía una cámara profesional. A su lado, tres periodistas con libretas y un fotógrafo de prensa se removían, entusiasmados.
—¿Qué hace él aquí? —susurré, sentándome.
—Lo invité yo —dijo la voz de Brunce a mis espaldas.
Me giré. Estaba de pie, en el centro del jardín, bajo el sol más brillante del mediodía, vestido con una camisa blanca remangada, unos vaqueros claros y una sonrisa de condenado a muerte que ha decidido divertirse. Tenía la piel, ya de por sí pálida, casi translúcida bajo la luz. Se había puesto crema solar factor cincuenta en la cara, el cuello, los brazos y, por precaución, en las orejas.
—Brunce —dije—, estás blanco como un queso.
—Es el protector.
—Estás brillando.
—Es la luz natural.
—Das miedo.
—Es un look.
Un murmullo recorrió las sillas. Damián se puso en pie con teatralidad.
—¡Señoras y señores! ¡Hoy desvelaremos la verdad sobre Brunce Hartwood!
—Siéntese —ordenó Eleonora, golpeando la mesa con el remo de góndola.
—Pero...
—Siéntese, o lo mando al estanque.
Damián se sentó. Eleonora, solemne, se alisó la falda.
—Declaro abierta la sesión. Fabián, lea los cargos.
Fabián se aclaró la garganta, desplegó la carpeta y leyó con voz de tenor:
—Se acusa al señor Brunce Hartwood de ser, presuntamente, un vampiro. Pruebas de cargo: uno, no aparece en las fotografías. Dos, rechaza el ajo. Tres, no sale de día. Cuatro, ha intentado morder el cuello de su esposa en múltiples ocasiones, según informes del servicio.
—Eso último es una calumnia —dijo Brunce.
—Es un testimonio de Margot.
—Es una exageración de Margot.
—Yo no exagero, señor —replicó Margot, impasible—. Hay trece incidentes documentados.
—Eso no cuenta como mordisco.
—Fue un «acercamiento bucal con intenciones».
—Es lo mismo —murmuré, y se oyeron risitas.
Brunce alzó las manos con una sonrisa serena.
—Acepto los cargos. Y los voy a desmontar uno por uno. Lupe, el espejo.
La primera prueba fue el espejo. Lupe y Rosario colocaron el espejo de cuerpo entero frente a Brunce, con tanta ceremonia que parecía un altar. Todos nos incliamos hacia delante. Brunce se plantó delante, respiró hondo y miró su reflejo.
Se vio. Perfectamente. De los pies a la cabeza, con la camisa, los vaqueros y el brillo de crema solar en la nariz. Hizo una mueca. El reflejo hizo la mueca. Sacó la lengua. El reflejo sacó la lengua. Se tocó la punta de la nariz con un dedo y el reflejo, fielmente, se tocó la nariz.
—Reflejado —anunció Fabián, apuntando en la carpeta—. Prueba número uno, superada.
—Eso no demuestra nada —protestó Damián—. Hay espejos trucados.
—Es un espejo de mi abuela —dijo Eleonora.
—Podría estar hechizado.
—Mi abuela era muy aburrida. No hechizaba nada.
—Pase a la siguiente —ordenó Augusto, bostezando.
La segunda prueba fue el ajo. Rosario se acercó con una cestita, cubierta por un paño blanco. Retiró la tela con ceremonia. Había una cabeza de ajo, grande, redonda, perfecta, con un olor que se esparció por el jardín como una bomba.
—Brunce —dije, en voz baja—, no hace falta.
—Hace falta.
—Eres alérgico.
—Lo sé.
—Te vas a poner fatal.
—Lo sé.
—Entonces, ¿por qué...?
—Porque quiero que veas que no me convierto en polvo.
—Te convertirás en moco.
—Es un riesgo que asumo.
Tomó un diente de ajo con dos dedos, lo contempló como a un viejo enemigo y, con la valentía de un héroe romano, se lo metió en la boca. Masticó. Tragó. Se hizo un silencio absoluto. Diez segundos. Veinte. Treinta. Brunce permaneció inmóvil, con los ojos muy abiertos, la nariz arrugada y una expresión de intensa concentración.
Editado: 08.10.2026