Casados en caos.

Capítulo 23: La gran fuga.

Abrí la puerta del dormitorio de un tirón y bajé la escalera corriendo, con el camisón de patitos, las botas de goma amarillas (que no me había quitado desde el rescate) y a Colmillo colgado del hombro como un chal de lujo.

—¡BRUNCE!

Él ya estaba en el vestíbulo, con una toalla en el cuello, la espalda roja como una langosta y el teléfono pegado a la oreja. Fabián, a su lado, sostenía una bandeja con tres teléfonos más, todos sonando a la vez. Margot atrancaba la puerta principal con un aparador. Lupe, subida en una escalera, tapaba las ventanas con sábanas. Rosario repartía palos de escoba al servicio como si fuéramos a defender una fortaleza medieval.

—¿Has visto las luces? —grité.

—Las he visto.

—¿Son fans?

—Son fans, periodistas, un autobús turístico y, según Fabián, una procesión de la parroquia de San Eustaquio.

—¿Una procesión?

—Se confundieron de camino.

—¿Y ahora qué hacemos?

—Señora —dijo Fabián, impasible, alzando la carpeta—, existe un protocolo.

—¿Otro?

—El número cuarenta y tres: «Asedio mediático con helicóptero».

—¿Cuántos protocolos tienes?

—Doscientos once, señora. El más reciente es para una plaga de flamencos.

—¿Y qué dice el cuarenta y tres?

—Que debemos huir.

—¿Adónde?

—Al yate.

Brunce y yo nos miramos. En la pantalla de uno de los teléfonos aparecía, en directo, la fachada de la mansión, rodeada por una multitud con pancartas. Una decía: «Gissel, eres nuestra heroína». Otra: «Brunce, estornuda por nosotros». Una tercera, enorme, pintada a mano: «¡Que se besen!».

—Dios mío —murmuré—, ya hay una pancarta con tu nombre.

—Y con el tuyo.

—Y con mi lunar.

—Eso no lo veo.

—Está en la esquina. Es un dibujo de mi cuello con una flecha.

Brunce soltó una carcajada ronca, interrumpida por un estornudo, que le arrancó un gemido de dolor por la quemadura.

—Ay.

—¡No te rías!

—Es que me duele hasta el alma.

La fuga se organizó en veintisiete minutos y fue un modelo de eficacia militar con toques de comedia involuntaria.

Lupe empaquetó dos maletas con lo imprescindible: un termo de café, tres paquetes de galletas, la trenza de ajos, el aloe, las cuarenta y tres notas del reglamento (que ya había guardado en una caja de zapatos) y un cojín en forma de cisne. Rosario, con la determinación de una sargento, repartió disfraces. A Brunce le tocó una peluca de rizos castaños, un delantal de cocinera y unas gafas de culo de botella. A mí, un bigote postizo, un sombrero de pescador y un chaleco con cuarenta bolsillos que parecía sacado de una película de aventuras.

—Soy una cocinera —dijo Brunce, mirándose en el espejo.

—Eres una cocinera sospechosamente alta.

—Soy una cocinera nórdica.

—Con acento escandinavo-mediterráneo.

—Con mucha clase.

—¿Y yo? —pregunté, ajustándome el bigote.

—Eres un pescador con ideas propias.

—Parezco el tío Gerald.

—Con mejor porte.

Tormenta, con su gorro de lobo, esperaba junto a la puerta, vibrando de emoción. Colmillo, en mis brazos, observaba el caos con la serenidad de un monarca en el exilio. Margot sacó del armario una jaula de transporte, que el gato miró con un desprecio abismal.

—No —dije.

—Señora, es por seguridad.

—Colmillo no viaja enjaulado.

—Los reporteros...

—Colmillo viaja dentro de mi chaleco.

Abrí uno de los cuarenta bolsillos. El gato, tras un instante de evaluación, saltó dentro con la elegancia de un buzo, se acomodó con las patas cruzadas y asomó solo la cabeza, con los ojos entrecerrados. Parecía un canguro peludo y muy ofendido.

—Perfecto —sentenció Brunce, con un suspiro—. Pero tenemos un problema.

—¿Cuál?

—La salida.

Por las ventanas tapadas se colaba el resplandor de los focos. Se oían gritos, bocinas, el murmullo de la multitud. En el aire, entre el zumbido de los drones, sonó el ruido inconfundible de las aspas de un helicóptero.

—Hay un helicóptero —dijo Lupe.

—Hay tres —corrigió Fabián.

—Son de la prensa —murmuró Brunce.

—Pues necesitamos uno nuestro.

—Tenemos uno.

—¿Dónde?

—En el tejado.

—¿Desde cuándo?

—Desde hace dos años. Mi padre me lo regaló y nunca lo he usado.

—¿Por qué?

—Porque me da miedo volar en cosas con hélices.

—¿Te dan miedo los helicópteros?

—Es una fobia moderada.

—¿Y los jets privados no?

—Esos tienen alas. Dan más seguridad.

—Brunce Hartwood.

—Dime.

—Subimos al helicóptero.

—Me lo temía.

Para llegar al tejado, había que atravesar el ala oeste, subir tres tramos de escalera de caracol y salir por una trampilla escondida tras un tapiz de caza. Fabián, armado con un megáfono de plástico rojo, abrió la marcha con una linterna en la boca.

—¡Por aquí, señores! ¡Rápido! ¡Con elegancia!

—¿Para qué el megáfono? —susurré.

—Para dar órdenes al piloto.

—¿Hay piloto?

—Soy yo, señora.

—¿Tú?

—Tengo la licencia desde 1987.

—¿Has volado alguna vez?

—Una. En una feria de pueblo.

—¿Y qué tal?

—Aterricé sobre una tómbola. Pero sin heridos graves.

Brunce soltó un gemido ahogado y se agarró a la baranda. Tormenta, que subía las escaleras de tres en tres, ladró con entusiasmo. Colmillo, desde mi chaleco, bostezó con indiferencia. Yo, con el bigote torcido y las botas de goma resbalando en cada peldaño, pensé que mi vida se había convertido en una película de espías dirigida por un loco.

En el último tramo, la escalera se estrechaba tanto que Brunce, con su metro noventa, su peluca de rizos y su delantal de cocinera, quedó atascado en la curva.

—No cabo —dijo.

—Contén la respiración.

—Estoy conteniéndola.

—Contén el estómago.

—Estoy conteniendo todo.

—Empuja con el hombro.

—Es el hombro que se me quemó.




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