Casados en caos.

Capítulo 24: Persecución en yate.

—¡Fabián! —grité, aferrada a la borda mientras el muelle se alejaba—. ¿Sabes pilotar un yate?

—Tengo la licencia de patrón desde 1992, señora.

—¿De yates?

—De pedalós. Pero la filosofía es la misma.

Desde el puente de mando, con el megáfono en una mano y el timón en la otra, Fabián parecía un almirante de ópera cómica. Había sustituido su gorra de mayordomo por una de capitán que encontró en un armario, con una ancla bordada y una mancha de salsa en la visera. El motor rugió, el casco dio un bandazo y *La Señora Caos* salió del puerto dejando atrás una estela blanca y un coro de pescadores aplaudiendo con las sardinas en alto.

—¡Rumbo a mar abierto! —anunció Fabián.

—¿Sabes dónde está mar abierto?

—Lo vi en una película.

Brunce, sentado en un banco de cubierta con el mantel de lino anudado a la cintura y la peluca de rizos ladeada, soltó un suspiro de felicidad. Había dejado de temblar apenas pisó el yate. Su piel, roja como un cangrejo, brillaba con una capa espesa de aloe, y sus ojos, tras las gafas de culo de botella, miraban el horizonte con una calma sorprendente.

—¿Estás bien? —pregunté.

—Estoy fenomenal.

—Hace diez minutos te desmayabas en un helicóptero.

—Los barcos son distintos. Van por el suelo. El suelo me gusta.

—El mar no es suelo.

—Es un suelo muy grande y muy líquido.

—Eres un caso perdido.

—Soy un caso feliz.

Colmillo salió del chaleco con una elegancia de gato que pisa su territorio, se estiró sobre la cubierta, olfateó el aire salado y se tumbó al sol con aire de propietario. Tormenta, con el gorro de lobo hacia atrás, corría de proa a popa ladrando a las gaviotas, que lo miraban con una indiferencia ofensiva.

Durante tres minutos, creí que podíamos tener paz.

—¡GISSEL McGINIGAR!

La voz amplificada nos llegó desde atrás, deformada por el viento. Me giré. A trescientos metros, una lancha rápida de casco negro y motor ronco abría el agua como un cuchillo. En la proa, en pie, con el abrigo camello ondeando, un megáfono en alto y una expresión de euforia demente, iba Damián Vex.

—¡NO PUEDES HUIR! —gritó—. ¡TENGO UNA ÚLTIMA OFERTA!

—Dile que no —murmuró Brunce, sin levantarse.

—¡NO! —grité.

—¡NO HAS ESCUCHADO LA OFERTA!

—¡NO HACE FALTA!

—¡ES UNA PROPUESTA DE MATRIMONIO!

—¡¿OTRA?!

—¡LA CUARTA ES LA VENCIDA!

Brunce se atragantó con el aire. Fabián, desde el puente, soltó un «válgame el cielo» con voz de tenor. Tormenta aulló en señal de alarma. Yo cerré los ojos con una resignación infinita.

—Esto no puede estar pasando —susurré.

—Mira detrás de la lancha.

Miré. Atada a la popa de la lancha de Damián, remolcada por una cuerda, flotaba una barcaza de madera, adornada con guirnaldas de flores de papel. Sobre ella, apretados como sardinas, había doce hombres con enormes sombreros, trajes de charro con botonadura de plata, guitarras, trompetas y un guitarrón del tamaño de una puerta.

—Mariachis —dije.

—Es su sello personal —añadió Brunce—. Me lo contaste tú.

—Me estoy muriendo.

—Lo sé. Y me río por dentro.

Los mariachis empezaron a tocar. Una trompeta atravesó el aire, seguida de un coro de voces que entonaron una ranchera de amor eterno, con vibratos tan desgarradores que dos gaviotas se estrellaron contra un mástil. Damián, en la proa, alzó los brazos y gritó:

—¡GISSEL! ¡TE OFREZCO MI CORAZÓN, MI HERENCIA Y MI COLECCIÓN DE RELOJES SUIZOS!

—¡NO ME INTERESAN LOS RELOJES!

—¡Y UNA ISLA EN EL CARIBE!

—¡TAMPOCO!

—¡Y UN PONI!

—¡¿UN PONI?!

—¡LLEVA SU NOMBRE! ¡SE LLAMA GISSELITA!

Brunce se dobló sobre el banco, riendo sin poder respirar. Se le saltaron las gafas. La peluca de rizos le resbaló hasta la oreja. Yo, aunque intenté mantener la compostura, sentí que una carcajada me subía por la garganta como una burbuja de champán.

—Me niego a reírme —dije.

—Ríete.

—Es una falta de respeto.

—Es un poni, Gissel. Con tu nombre.

—¡Es una barbaridad!

—Es una barbaridad *adorable*.

No pude más. Estallé en carcajadas. Me reí con tanta fuerza que tuve que apoyarme en la barandilla, con el estómago dolorido y las lágrimas rodando por las mejillas. Y fue distinto. Lo noté con una claridad extraña, mientras reía bajo el sol del mar, con el viento en la cara y el olor a sal en la piel. Era una risa sin escudo. Sin bufandas. Sin planes de venganza. Una risa abierta, de esas que se dejan salir sin pensar quién las escucha.

Brunce dejó de reír. Me miraba, apoyado en el banco, con la cabeza ladeada y una expresión suave, casi asombrada.

—¿Qué? —pregunté, entre hipos.

—Nada.

—Dime.

—Es la primera vez que te oigo reír así.

—Me has oído reír cien veces.

—Pero nunca así. Sin esconder la cara.

Me quedé inmóvil. El corazón me dio un brinco tonto, un salto de gacela. Él sonrió, con una dulzura que no tenía nada de burla, y desvió la mirada hacia el horizonte, como si hubiera dicho demasiado.

—¡ÚLTIMO AVISO! —tronó Damián—. ¡ACEPTA O ABORDAMOS!

Lo del abordaje fue una amenaza en serio. La lancha aceleró con un rugido, la barcaza de los mariachis se bamboleó hacia un lado, y una trompeta salió volando de las manos de un charro y cayó al agua con un glugluglú de tragedia. En el puente, Fabián apretó el timón con los nudillos blancos.

—¡Señores, tomaré medidas evasivas!

—¿Cuáles? —gritó Brunce.

—¡Zigzag!

—¿Sabes hacer zigzag?

—¡Lo he visto en un documental de submarinos!

El yate giró bruscamente a estribor. Cayó una tormenta de cojines, cubos de hielo y un jarrón de flores. Giró a babor. Brunce rodó por la cubierta con el mantel enredado entre las piernas y acabó a mis pies, riendo.

—¡Esto es una locura!

—¡Levántate!

—¡No puedo! ¡El mantel me ha atrapado!

—¡Quítatelo!

—¡Estoy debajo!




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