Los celos tienen un defecto de fábrica: no se apagan con la razón.
Llevaba veinte minutos sentada en la roca, con la escritura en una mano y un gato filosófico en el regazo, repitiéndome que no estaba celosa, que Isadora Valdivia era una mujer encantadora y que sus piernas no tenían la culpa de ser tan largas. Cada argumento sonaba más falso que el anterior. Al quinto, Colmillo se levantó, me miró con lástima profesional y se tumbó de espaldas, enseñándome la barriga como quien dice «yo ya he visto de todo».
—Tú no ayudas —le dije.
Ronroneó. Me miré las manos. Tenía mango seco hasta los codos.
—Qué dignidad —murmuré.
Fue entonces cuando volví a ver al hombre del abrigo oscuro. Salió de la cabaña con una caja de madera bajo el brazo, miró a ambos lados con un sigilo exagerado y se perdió por un sendero que bajaba hacia una cala escondida entre las rocas. Llevaba el sombrero tan calado que no se le veía la cara.
Lo siguiente que pensé no fue muy racional. Fue algo como: *si tengo que investigar algo, mejor que sea a este señor y no el pelo de Isadora.* Me guardé la escritura en el bolsillo número doce, metí a Colmillo en el chaleco y bajé por la ladera con el sigilo de una elefanta con botas de goma.
Seguí al hombre durante diez minutos, escondiéndome tras palmeras que no escondían nada. En un momento dado me agaché detrás de un arbusto de flores rosas, que resultó ser una colonia de hormigas de fuego, y tuve que morderme el puño para no gritar. Colmillo, desde el bolsillo, observaba mis esfuerzos con la mirada de un crítico de teatro ante una función desastrosa.
—No digas nada —susurré.
El hombre llegó a la cala. Dejó la caja sobre una roca, se quitó el abrigo, lo colgó de una rama y se quedó en mangas de camisa, de espaldas a mí. Tenía los hombros anchos, el pelo castaño revuelto y una forma de moverse tímida, casi disculpándose con el aire. Abrió la caja, sacó unos prismáticos, una libreta y una linterna, y se tumbó boca arriba sobre la arena, mirando el cielo vacío de mediodía.
Mirando el cielo vacío de mediodía.
—Qué raro —murmuré.
—*Muy* raro —susurró una voz a mi espalda.
Pegué un salto de un metro, solté un grito ahogado y casi me caigo de cabeza en el arbusto de hormigas. Brunce estaba agachado junto a mí, con la sombrilla de playa cerrada como un bastón, el pelo lleno de arena y una sonrisa de criminal feliz.
—¡Me has asustado!
—Te seguía desde la colina.
—¿Desde cuándo?
—Desde que saliste huyendo con cara de homicida.
—No tengo cara de homicida.
—Tienes cara de «voy a clavarle un mango a alguien en el ojo».
—Es una cara muy natural.
—Muy tuya.
—¿Y la ex?
—Se ha quedado con Fabián y Tormenta. Le está enseñando a ladrar en tres idiomas.
—Qué bonito.
—Sigues celosa.
—Nunca he estado celosa.
—Gissel.
—Estoy *investigando*.
—Claro. Investigando.
Se acomodó a mi lado sobre la hojarasca, sin una pizca de vergüenza, con las rodillas dobladas y la espalda apoyada en una palmera, como si estuviéramos en un picnic. Señaló con la barbilla al hombre tumbado en la arena.
—¿Lo conoces?
—No. Pero salió de la cabaña de Isadora con llave propia.
—Interesante.
—Isadora dijo que vivía sola.
—Dijo «con mis plantas».
—Es un truco de abogados.
—Es un truco de botánicos.
—Brunce, ¿tú crees que...?
—No creo nada. Me divierte mucho verte deducir.
—Te voy a morder.
—Prometes mucho.
Le lancé una piña. La esquivó con elegancia, y el movimiento hizo crujir una rama. El hombre de la arena se incorporó de golpe. Miró hacia nuestro arbusto. Se llevó una mano a los ojos, para protegerse del sol, y nos descubrió.
Hubo un silencio largo y mortificante.
—*Buenos días* —dijo, con una voz suave, vacilante, y un acento difícil de situar.
—Buenos días —respondimos al unísono, saliendo del arbusto con la dignidad de dos gatos pillados en la despensa.
Se llamaba Teodoro Ibarra, y era, según sus propias palabras, «biólogo, marido y cobarde, por ese orden».
—¿Marido? —repetí, sin disimular el alivio.
—De Isa. Desde hace cuatro años.
—¿*De Isa*?
—Isadora. Mi mujer. La de las orquídeas.
Brunce, a mi lado, empezó a temblar con una risa silenciosa que le recorría los hombros. Me giré hacia él, lentamente, con la mirada de un verdugo.
—¿Tú lo sabías?
—Sospechaba.
—¿Y no dijiste nada?
—Quería ver hasta dónde llegabas con el mango.
—¡BRUNCE HARTWOOD!
—Te juro que fue un experimento científico.
—¡Voy a empalarte con una palmera!
—¡Es una frase preciosa!
—¡Cállate!
Teodoro nos miraba con la boca ligeramente abierta, sin entender nada, pero con cierta ternura. Se rascó la nuca, avergonzado.
—Perdonen, no quería... Isa me dijo que vendría un amigo y no quise molestar. Me escondo cuando hay visitas. Soy un poco... —buscó la palabra—. Nocturno.
—¿Nocturno? —pregunté.
—Estudio murciélagos.
Un silencio sobrenatural cayó sobre la cala. Brunce, con una sola mano, se tapó la cara. Yo me quedé inmóvil, con el corazón dando un salto doble mortal.
—¿Qué clase de murciélagos?
—Hematófagos.
—¿Eso es...?
—*Desmodus rotundus*. Los llamamos vampiros.
Me giré despacio hacia Brunce. Él alzó las manos, riendo con los ojos cerrados.
—Yo no he organizado esto. Te lo juro. Por tu lunar. Por Colmillo. Por todo.
—Teodoro —dije, con una voz que no reconocí—, ¿puedo preguntarte algo?
—Claro.
—¿Duermes de día?
—Sí.
—¿Sales de noche?
—Siempre.
—¿Te asusta el ajo?
—Me da urticaria.
—¿Tienes colmillos?
—Solo los molares.
—¡Pues ya sabes lo que eres! —grité, y señalé a Brunce con un dedo acusador—. ¡Eres un vampiro de verdad y mi marido es un fraude!
—Gissel —dijo Brunce, con la voz rota de risa—, creo que le estás dando un susto.
Editado: 08.10.2026