Casados en caos.

Capítulo 27: Tormenta.

La cabaña de Isadora y Teodoro tenía un techo de hojas de palma, paredes de madera y una capacidad máxima de tres personas. Éramos cinco humanos, un husky mojado y un gato con la dignidad dañada. En diez minutos, aquello olía a lluvia, a pelo húmedo y a una conspiración del destino.

—Que nadie se mueva —ordenó Teodoro, buscando cerillas a tientas.

—Me estoy moviendo poco —dijo Fabián, desde algún rincón.

—Estás sentado sobre mi pie.

—Perdón, señor Brunce. Creí que era un cojín.

—Es mi pie.

—Un pie con mucha personalidad.

Se encendió una vela. Después otra. La luz amarilla dibujó en las paredes sombras temblorosas: Isadora, descalza, con el pelo empapado, repartiendo mantas. Teodoro, de rodillas, tapando con un trapo una gotera sobre la mesa. Fabián, rígido como un maniquí, abrazado al megáfono. Tormenta, bajo la mesa, con el gorro de lobo chorreando y los ojos de quien acaba de entender que los truenos existen. Y a mi lado, pegado a mi hombro porque no había otro sitio, Brunce, con la camisa mojada y esa sonrisa que ya se había instalado en mi vida como un inquilino sin contrato.

—Qué casualidad —susurró.

—No empieces.

—No he dicho nada.

—Tu sonrisa ha dicho muchísimo.

—Mi sonrisa es independiente.

Un trueno sacudió la isla. Tormenta aulló. Colmillo, que había trepado a mi cabeza para ponerse a salvo, me clavó las uñas en el cuero cabelludo con la ternura de un amigo en apuros. Isadora nos tendió una manta de lana a rayas, enorme y pesada.

—Compartid. Solo tengo tres.

—Tres mantas para cinco personas —calculó Fabián—. Es un problema de logística.

—Se resuelve fácil —dijo Brunce, y desplegó la manta sobre nuestros hombros con una inocencia criminal.

Lo miré de reojo. Él miró el techo, silbando bajito. Por debajo de la lana, su brazo se había colado detrás de mi espalda con una naturalidad de arquitecto, sin llegar a tocarme del todo. Un centímetro. Dos. Podía sentir el calor que desprendía, igual que se siente una estufa a través de un abrigo.

—Brunce.

—Dime.

—Tu brazo.

—¿Qué le pasa?

—Está donde no debería.

—Es por el espacio.

—Es por la picardía.

—Es por las dos.

Dejé el brazo donde estaba. Que conste en acta que fue por razones diplomáticas, de supervivencia térmica y de no armar un escándalo delante de una pareja de biólogos.

La primera vez que intenté decírselo fue a los diez minutos.

Esperé a que Isadora y Teodoro se enfrascaran en una discusión sobre si el pescado se cocinaba antes o después de la tormenta, aproveché la penumbra, me acerqué a su oreja y susurré con toda la valentía que pude reunir:

—Brunce, yo...

El mundo explotó.

Un trueno brutal, de esos que parecen venir de dentro de la tierra, hizo temblar la cabaña. Tormenta, aterrado, salió disparado de debajo de la mesa y se me lanzó encima de un salto, aplastándonos a los dos contra la pared. Colmillo voló de mi cabeza y aterrizó en la bandeja de papayas. Fabián soltó un grito agudo, nada propio de un mayordomo. Y yo quedé con la boca abierta, el husky en el regazo, una rodaja de papaya en el pelo y las palabras congeladas en la garganta.

—¿Qué ibas a decir? —preguntó Brunce, con la cara aplastada contra mi hombro.

—Nada.

—Dijiste «yo».

—Dije «ay».

—Dijiste «yo».

—Tormenta me ha aplastado el «yo».

Intentó contener la risa. Fracasó con una elegancia admirable.

La segunda vez fue peor, porque tuvo público.

Habíamos acordado jugar a las adivinanzas para pasar el rato. Fabián, con la solemnidad de un maestro de ceremonias, lanzó la primera:

—Cuatro letras. Empieza por «A». Hace que el mundo sea mejor.

—Agua —aventuró Teodoro.

—Alba —dijo Isadora.

—Amor —murmuré, sin pensar.

Se hizo un silencio denso. Cinco pares de ojos se giraron hacia mí. Colmillo, desde la mesa, abrió un párpado. Tormenta ladeó la cabeza. Brunce se quedó muy quieto, con la cara medio iluminada por una vela y una expresión que ya no tenía nada de burla.

—Era «Amor» —confirmó Fabián, con la voz ahogada.

—Qué casualidad —dijo Isadora, mordiéndose el labio.

—Es una adivinanza —aclaré, roja hasta las pestañas—. Una adivinanza *neutral*.

—Muy neutral —asintió Teodoro, con una solemnidad adorable.

—Sin segundas intenciones.

—Ni terceras —remató Fabián.

—¡Siguiente!

Pero antes de que nadie pudiera seguir, algo suave y diminuto cayó del techo, rebotó en mi frente y aterrizó sobre mis rodillas con un chillido agudo. Grité. Todos gritamos. Brunce encendió una linterna y la apuntó hacia mi regazo.

Era un murciélago. Un bebé, del tamaño de una nuez, con las alas húmedas, la cara arrugada y unos ojos negros como botones.

—¡Pepito! —exclamó Teodoro, abalanzándose.

—¿Pepito?

—Se había perdido. Es el más pequeño de la colonia.

—¿Es un vampiro?

—Es un *Desmodus*. Pero es un bebé. Come leche con jeringuilla.

—Qué ternura —murmuré, derretida.

—Qué asco —murmuró Fabián, retrocediendo.

—Qué suerte —murmuró Brunce, y me miró de una manera que me dio vértigo.

Pepito, que no entendía de protocolos, trepó por mi brazo con sus patitas diminutas, olisqueó mi cuello, se metió entre mi pelo y se instaló sobre mi coronilla como un sombrero vivo.

—Le caes bien —dijo Teodoro, emocionado.

—Le caigo bien a todos los vampiros —comenté, sin pensar.

—Me doy por aludido —murmuró Brunce.

—No lo decía por ti.

—Claro que sí.

—Estoy hablando con el murciélago.

—Y yo estoy celoso del murciélago.

Se me atragantó la risa. Pepito, desde mi cabeza, soltó un chillido que sonó a «ya era hora».

La tercera fue la peor. Y la culpa la tuvo la gotera.

Había pasado una hora. La tormenta rugía fuera con un entusiasmo operístico. Isadora cocinaba pescado en un fogón de leña, con Fabián de pinche y un delantal de flores que le sentaba como un guante. Teodoro, en el rincón, alimentaba a Pepito con una jeringuilla, hablándole en susurros. Yo, envuelta en la manta, con el murciélago dormido en mi pelo y el gato sobre las rodillas, contemplaba las llamas de la vela.




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