Casados en caos.

Capítulo 28: Náufragos de lujo.

Amanecí con un pájaro cantándome en la oreja, un gato dormido sobre la cara y una certeza espantosa: todo lo que pasó la noche anterior había sido real.

Mi padre había desaparecido. El padre de Brunce también. Damián Vex navegaba por ahí con un yate, un rencor y, probablemente, una orquesta de mariachis de repuesto. Y yo, Gissel McGinigar, seguía sin haber dicho lo que quería decir.

—Buenos días, señora —susurró Fabián, que dormía sentado sobre un saco de arroz con el megáfono como almohada—. Tengo malas noticias.

—Siempre tienes malas noticias.

—Es mi especialidad. La lancha de Margot ha desaparecido.

—¿Cómo que ha desaparecido?

—Alguien soltó la amarra durante la noche.

Los dos miramos a Tormenta, que estaba lamiéndose una pata con una concentración exagerada, y a Colmillo, que se limpiaba el bigote con la dignidad de un notario. Ninguno de los dos nos devolvió la mirada.

—Interrogatorio cancelado —suspiré—. Son menores de edad.

El consejo de guerra se celebró en la playa, a las ocho de la mañana, con tazas de café, un mapa dibujado en la arena y un murciélago bebé dormido en mi coronilla. Teodoro, con la timidez de siempre, expuso la situación:

—Tengo un motor fueraborda. Y gasolina para veinte kilómetros.

—¿Y una barca? —pregunté.

—Se la llevó la tormenta.

—¿Y una balsa?

—Podemos construirla.

—¿Con qué?

—Con palmeras, cuerdas y esperanza.

—Es poca esperanza para tanto mar —murmuró Brunce.

—Tenemos mucha gente con talento —dijo Isadora.

—Tenemos un mayordomo con megáfono —corrigió Fabián, con modestia.

Lo dijo así, sin pestañear, y nos pusimos manos a la obra.

La construcción de la balsa duró todo el día y merece un lugar en los anales de la ingeniería naval cómica. Isadora y Teodoro cortaban troncos con una sierra de mano. Fabián los medía con una cinta, un transportador y una solemnidad abrumadora. Tormenta los arrastraba por la arena, mordiendo la cuerda con la determinación de un buey. Colmillo supervisaba desde una roca, sin mover un bigote, con la cara de un capataz que cobra por mirar.

Y Brunce y yo, por votación unánime que no recuerdo haber votado, nos encargamos de la cuerda.

Debo explicar un detalle técnico: Brunce llevaba la espalda tan quemada que la piel se le estaba pelando en tiras. Cada vez que levantaba un tronco, soltaba un gemido ahogado, y cada gemido me cortaba la respiración un poquito más.

—Deja de quejarte —le dije, por tercera vez.

—No me quejo.

—Gimes.

—Es un gemido de esfuerzo.

—Es un gemido de lástima.

—Es un gemido de «quién me ayuda con el aloe».

—Fabián.

—Fabián está midiendo.

—Isadora.

—Isadora está serrando.

—Teodoro.

—Teodoro está hablando con un cangrejo.

Miré. Era verdad. Teodoro, en cuclillas, mantenía una conversación seria y afectuosa con un cangrejo ermitaño.

—No pienso hacerlo —sentencié.

—No te lo he pedido.

—Lo estás pidiendo con la espalda.

—Mi espalda es muy expresiva.

—Tu espalda es una descarada.

—Gissel.

—¡Voy, voy!

Lo hice detrás de una roca grande, a la sombra, con el frasco de aloe en la mano y la dignidad en la otra. Brunce se sentó en la arena, de espaldas, sin camisa, con los brazos apoyados en las rodillas, y dejó caer la cabeza hacia delante con un suspiro.

Era una espalda ancha, enrojecida, salpicada de pecas, con la piel descamándose en islas pálidas. Tenía la nuca llena de gotitas de sudor. Cuando respiraba, los omóplatos se movían despacio, como alas contenidas. Tragué saliva.

—Está fría —advertí.

—Lo soportaré.

—Voy a empezar.

—Te lo agradezco.

—No digas nada.

—No digo nada.

—Y no te gires.

—No me giro.

Apreté el frasco. Una cucharada de aloe verde y espeso cayó sobre sus hombros. Brunce soltó un grito, seguido de un gemido, seguido de una risa ahogada.

—¡Está helada!

—Te avisé.

—¡Es un crimen!

—Es medicina.

—Es una venganza.

Extendí el gel con la palma abierta, en círculos lentos, de arriba abajo. Cada vez que mis dedos rozaban un hueso, un músculo, la curva de una pecas, sentía que el aire se espesaba. Brunce había dejado de reír. Respiraba despacio, con la cabeza gacha y los puños cerrados sobre las rodillas, como quien contiene algo que se le escapa por todas partes.

—Gissel.

—¿Qué?

—Tienes unas manos muy... —se interrumpió.

—¿Muy qué?

—Muy hábiles.

—Me lo dicen mucho.

—¿Quién?

—Mi gato.

Rio, bajito, con la voz ronca. Yo sentí cómo la risa le recorría la espalda como una vibración, y por una milésima de segundo tuve que cerrar los ojos. Seguí extendiendo el aloe, más abajo, hacia la cintura, con cuidado de no tocar donde no debía. O con tanto cuidado de no tocar donde no debía que acabé tocando exactamente donde no debía.

—Perdón.

—No pasa nada.

—Fue sin querer.

—Qué lástima.

—¡Brunce Hartwood!

—Era un comentario.

—¡Eras un acosador!

—Era un hombre afortunado.

Le planté la mano abierta en mitad de la espalda con una palmada seca. Brunce soltó un grito de dolor que atrajo a Teodoro, a su cangrejo y a media playa.

—¿Qué ocurre? —gritó Isadora, corriendo.

—¡Nada! —respondimos los dos, al unísono.

—¡Se me ha caído el aloe! —añadí.

—¡Y a mí, el alma! —dijo Brunce, con la voz estrangulada.

Isadora se detuvo, nos miró a uno y a otro con una sonrisa muy lenta, asintió con la cabeza y volvió a su sierra, tarareando una canción de amor.

Fue después de comer, a media tarde, cuando Brunce dijo la frase que cambió el rumbo de la jornada.

—Hace calor.

—Estamos en una isla tropical.

—Hace mucho calor.

—Es la naturaleza.

—Me voy a la laguna.

—Adiós.

—¿No vienes?

—Tengo que atar cuerdas.

—Las cuerdas pueden esperar.




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