Casados en caos.

Capítulo 29: El barco de los suegros.

El código de ajos lo descifró Fabián a las cinco de la mañana, después de tres cafés, dos horas de silencio y una discusión con un cangrejo.

—«Traigan ajos» —leyó en voz alta, con el walkie-talkie en una mano y la libreta en la otra—. Hipótesis uno: es una petición de socorro con simbología medieval. Hipótesis dos: es una amenaza contra el señor Brunce. Hipótesis tres: el señor Oliver tiene hambre.

—Mi padre siempre tiene hambre —dije.

—Es la hipótesis más sólida, señora.

—Es la hipótesis de Oliver McGinigar —sentenció Brunce, rascándose la nuca—. Y la de mi padre, que lleva treinta años diciendo que la pasta sin ajo es un crimen contra Italia.

—Entonces nos llevamos ajos.

—Muchos.

Isadora, con una sonrisa de hada de huerto, apareció cargando una trenza de ajos de metro y medio, tres cestas de tomates, un saco de albahaca y una botella de aceite de oliva que había escondido «para emergencias gastronómicas». Teodoro la seguía con una caja de herramientas, el fueraborda al hombro y un Pepito somnoliento sobre la gorra.

—Te lo prestamos todo —dijo ella—. Menos a Teo. A Teo lo necesito.

—Lo necesitamos nosotros —corrigió Fabián—. Es el único que sabe arrancar el motor.

—Me da miedo el motor —confesó Teodoro, en un susurro.

—Es un miedo respetable.

*La Esperanza Dudosa II* salió de la bahía a las ocho en punto, con una ceremonia de despedida que habría sacado lágrimas a un faro. Isadora lanzó una lluvia de pétalos de hibisco. Margot, que había pasado la noche en una hamaca y despertó con cara de general, entregó a Brunce una cesta de bocadillos «por si el rescate se alarga». Los murciélagos de la cueva, alineados en las ramas, agitaron las alas en lo que Teodoro juró que era un saludo.

La balsa era más grande que la anterior: doce troncos, dos bancos, una sombrilla de mástil, un fueraborda de segunda mano que tosía como un fumador de pipa y un banderín con la calavera de Teodoro, ahora con gafas. Colmillo ocupaba la proa como una figura de barco, con la dignidad ofendida de quien se niega a navegar y navega. Tormenta, con el gorro de lobo y la lengua fuera, ladraba a las olas con el fervor de un general a sus tropas.

—Rumbo norte —anunció Fabián, desde el timón, con el megáfono al cuello.

—¿Cómo sabes dónde está el norte? —pregunté.

—La brújula.

—¿Funciona?

—Se la compré a un señor en el muelle. Dijo que era «nórdica».

Observé el aparato. La aguja giraba en círculos, como un bailarín con vértigo.

—Fabián.

—Es una brújula muy sensible, señora. Siente el amor.

—¿Qué amor?

—El que hay a bordo.

Brunce, a mi lado, tosió con una sospechosa sacudida de hombros. Yo le lancé una mirada fulminante. Él alzó una ceja con inocencia profesional, apoyó la espalda en el mástil y desplegó una sonrisa tranquila, de las que preceden a los problemas.

La primera hora fue una travesía casi pacífica. El mar, aún cansado de la tormenta, se mecía con una calma verde y brillante. El sol subía sin prisa. A lo lejos, una bandada de delfines nos escoltaba en una danza elegante que a Teodoro le arrancó un suspiro («qué bellos»), a Fabián una reverencia («señores») y a Tormenta un ataque de histeria que casi nos hunde.

—¡Siéntate! —ordenó Brunce.

—¡Guau!

—¡Es un delfín!

—¡Guau!

—¡No se come!

—¡Guau, guau!

—Está diciendo que sí —tradujo Fabián, y todos reímos.

Tormenta, humillado, se tumbó en el centro de la balsa con un suspiro de perro incomprendido. Dos minutos después, su cara cambió de color. De un gris saludable pasó a un verde grisáceo. Después, a un verde botella. Después, a un verde que no figura en la carta Pantone.

—Tormenta se marea —informó Teodoro, con alarma científica.

—¿Los perros se marean? —pregunté.

—Los husky, especialmente.

—¿Y qué se hace?

—Se aparta uno.

Nos apartamos todos a la vez. La balsa se escoró hacia estribor. Colmillo, con una mueca de asco, trepó al mástil. Y Tormenta, con la solemnidad de un tenor a punto de dar la nota más alta de su carrera, abrió la boca y devolvió el desayuno sobre la sombrilla.

—¡Mi sombrilla! —gritó Brunce.

—¡Mis tomates! —gritó Isadora, desde la orilla, por si acaso.

—¡Mi dignidad! —gritó Fabián.

—Tu dignidad está intacta —le consolé.

—Gracias, señora.

—Es la sombrilla la que ha muerto.

Al mediodía, la sombrilla fue sustituida por un cartón con forma de visera que Fabián fabricó con la tapa de una caja de bocadillos, y que Brunce, con la piel todavía en carne viva, aceptó con la gratitud de un naufrago.

—Gissel.

—¿Qué?

—Necesito crema.

—Tienes crema.

—No llego a la espalda.

—No es mi problema.

—Es un problema de equipo.

—Es un problema de espalda.

—Es un problema que tú resolviste ayer con unas manos excelentes.

—Fabián.

—Estoy pilotando, señora.

—Teodoro.

—Estoy con un pez, señora —dijo Teodoro, que acababa de sacar de la borda un pez globo, y lo contemplaba con la emoción de un padre primerizo.

—¡Brunce, es un animal venenoso!

—Es un pez con encanto.

—Es un peligro público.

—Como tú —susurró Brunce, a mi oído.

Me puse roja hasta las pestañas. Brunce se quitó la camisa con una lentitud de teatro, sin mirarme, y se sentó en el banco con la espalda hacia mí, esperando.

—No pienso hacerlo —dije.

—No te he pedido nada.

—Lo estás pidiendo con los omóplatos.

—Mis omóplatos no tienen voz.

—Tienen mucha opinión.

—Gissel.

—Voy, voy, voy.

Me coloqué detrás de él, con el frasco en una mano y toda la dignidad que me quedaba en la otra. Extendí el gel sobre sus hombros, en círculos pausados, sintiendo cada músculo ceder bajo mis dedos. Esta vez no hubo risas, ni bromas, ni gritos. Brunce permaneció inmóvil, con la cabeza gacha y la respiración contenida.




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