Casados en caos.

Capítulo 30: El plan de Damián.

El primer estornudo de Brunce apagó tres velas, derribó una pila de naipes y le arrancó el sombrero de papel al médico dormido.

El segundo hizo volar una botella de coñac por los aires. El tercero lo dobló en dos, con las manos en las rodillas y los ojos llorosos, mientras el haz del faro barría la sala como un reflector de cárcel.

—¡ACHÚ! ¡ACHÚ! ¡Gis... ACHÚ!

—¡No mires la luz! —grité.

—¡No la miro! ¡Me la tira en la cara! ¡ACHÚ!

—¡Cierra los ojos!

—¡Los tengo cerrados! ¡Estornudo igual! ¡ACHÚ!

Desde la galería superior, Damián Vex contemplaba la escena con los brazos abiertos, como un director de orquesta ante su sinfonía favorita. Había perdido el abrigo camello, pero llevaba una camisa de seda con las mangas arremangadas, la nariz con una venda nueva (más pequeña, más elegante) y, colgado del cuello, un mando a distancia del tamaño de una tostadora.

—Es perfecto —susurró—. Es perfecto, es perfecto, es perfecto.

—¡Damián! —grité—. ¡Apaga esa luz!

—Imposible, querida. Forma parte del Plan.

—¿Qué plan?

—Siéntate. Voy a explicártelo con diapositivas.

Lo de las diapositivas no era una metáfora. Con un clic del mando, el haz del faro se apagó, una pantalla enrollada bajó del techo con un chirrido, un proyector antiguo escupió una luz amarillenta y apareció, en letras blancas sobre fondo azul, el título:

**OPERACIÓN BODA INEVITABLE™ (Versión 7.2, definitiva)**

—Tiene un copyright —observó Fabián, sin inmutarse.

—Y una versión —añadió Teodoro, impresionado.

—Silencio en la sala —ordenó Damián, y pasó a la segunda diapositiva.

Era una lista con viñetas, escrita en tres colores y salpicada de erratas:

*1. Secuestrar a los papás (HECHO).*
*2. Esperar a que Gissel venga a rescatarlos (HECHO, ¡qué buena puntería!).*
*3. Neutralizar al vampiro con luz fotográfica (EN PROCESO).*
*4. Casarla conmigo ante un obispo (PENDIENTE).*
*5. Obligar a los suegros a firmar la cesión de la fusión como regalo de bodas (PENDIENTE).*
*6. Vivir felices y comer perdices (PENDIENTE, pero con muchas ganas).*

—Espera —dije—. Ya estoy casada.

—Con una anulación exprés se arregla.

—¿De dónde la vas a sacar?

—Del mismo obispo.

—¿Qué obispo?

Damián esbozó una sonrisa de villano de opereta y, con un nuevo clic, abrió una puerta lateral. Por ella entró, escoltado por dos guardias con cara de remordimiento, un hombre de sotana morada, mitra torcida y gesto de eterna paciencia, con unas pocas plumas de paloma todavía pegadas al hombro.

—Otra vez usted —murmuré.

—Otra vez yo —suspiró el obispo—. Es mi cruz.

—¿Qué hace aquí?

—Me secuestraron a la salida de una confirmación. Me prometieron un donativo para el seminario y un bocadillo.

—¿Y el bocadillo?

—Era de atún. Soy alérgico.

—Qué mala suerte.

—Es lo que dice siempre mi madre.

Brunce, que había conseguido recuperar la compostura y se secaba la cara con la manga, miró al prelado con la solidaridad de un compañero de trincheras.

—Excelencia, lo lamento.

—Hijo, no es tu culpa. Pero la próxima boda que me toque bendecir, que sea sin palomas, sin pasteles voladores y sin cazavampiros.

—Haré lo que pueda.

—Eso dijiste la otra vez.

La siguiente diapositiva mostraba una fotografía de un poni blanco con una corona de flores y un lazo rosa, bajo el título «EL INVITADO DE HONOR».

—Les presento a Gisselita —anunció Damián, con voz temblorosa de orgullo.

—¿Está aquí? —preguntó Tormenta, o al menos eso interpreté de su orejas.

—Subiendo.

Un golpeteo de cascos retumbó en la escalera de caracol. Abajo, entre el eco y los resoplidos, se oyó un grito agudo de mariachi: «¡Empuje, don Ramón, empuje!». Un minuto después, atascado en el último rellano, con la grupa encajada en el marco de la puerta y la cabeza erguida con una dignidad ofendida, apareció un poni blanco, enjaezado de gala, con una corona de margaritas ladeada sobre la oreja.

—Gisselita —sollozó Damián—. Mi niña.

Gisselita dio un paso. Soltó un relincho. Y con una naturalidad pasmosa, depositó una montaña humeante sobre el parqué recién encerado.

—Es un poni con carácter —dijo Oliver, desde su silla, con admiración sincera.

—Se parece a Gissel —añadió Augusto.

—¿En qué? —pregunté, indignada.

—En el mal genio.

—¡Papá!

—Es un cumplido, hija.

—Ya basta —dije, poniéndome en pie—. Damián, esto es una locura. Suelta a mi padre, deja al obispo en paz, apaga ese proyector y vete a casa.

—¿A casa? —repitió, con los ojos muy abiertos—. ¿Qué casa? Mi madre me ha desheredado. Mi dentista me ha dado de baja. Mi deportivo tiene una pegatina de un gato peligroso. Vex Industries cotiza por debajo de una pastelería. ¡No me queda nada! ¡Solo esto!

—¿El qué?

—¡El amor!

Dejó caer el mando. Se llevó una mano al pecho, con los ojos húmedos, y por un instante tuve un lejano, absurdo, inexplicable ramalazo de compasión. Pero antes de que pudiera sentirlo del todo, Damián sacó un anillo de una cajita de terciopelo, se arrodilló sobre el parqué, resbaló con la caca del poni y cayó de bruces, con el anillo volando por los aires.

—¡Mi anillo! —gritó.

—¡Mi pie! —gritó el obispo, al que el diamante acababa de aterrizar encima.

—¡Un rubí de quince quilates! —gimió Damián.

—¡Es de plástico! —dijo Teodoro, que lo había recogido con mano de entomólogo.

—¡Es la intención lo que cuenta!

—¿Y cuánto vale la intención? —preguntó Augusto, entre hipos.

—¡Ochenta euros!

Fue entonces cuando Damián, humillado, sudoroso y fuera de sí, recogió el mando del suelo y apretó un botón rojo.

—¡Que se haga la luz!

El faro rugió. La lámpara de lo alto se encendió de golpe con una potencia de mil bombillas, y el haz volvió a barrer la sala con una violencia cegadora. Los guardias dormidos se taparon la cara con las manos. Colmillo, con el pelo erizado, se escondió en mi chaleco. Pepito soltó un chillido aterrado. Y Brunce, que acababa de levantar la cabeza, recibió la luz de lleno, abrió la boca...




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